SEDUCCIÓN EN DOS ACTOS
El espejo devolvía el reflejo de una mujer diferente cada noche. Nina observó con satisfacción cómo el último toque de labial carmesí completaba su transformación. Ya no era la discreta señorita heredera que pasaba desapercibida entre la multitud de Manhattan; ahora era Sofía, la mujer que todos deseaban conocer en el exclusivo Club Artemis.
Sus dedos juguetearon con el dobladillo del vestido negro, deslizándose por la tela como un amante tímido que busca permiso para avanzar. La seda Valentino —genuina, por supuesto; nadie en el Club Artemis toleraría una imitación— se amoldaba a sus curvas con la precisión de un guante de cirujano, revelando lo suficiente para provocar y ocultando lo necesario para enloquecer... a cualquiera.
Nina contuvo una risita coqueta al ver cómo el vestido transformaba su silueta. ¿Quién diría que la misma mujer que esta mañana había estado en jeans y sudadera, comprando café en el Starbucks de la esquina, ahora parecía recién salida de una portada de la revista Vogue? El vestido susurraba promesas indecentes con cada movimiento, como si la propia tela estuviera conspirando para seducir. Un centímetro más arriba y el vestido sería un escándalo; un centímetro más abajo y perdería toda su gracia, toda estaba equilibrado.
—¡Por todos los...! —exclamó, luchando con el cierre lateral que insistía en pellizcarle la piel—. ¿Por qué los diseñadores asumen que todas tenemos un contorsionista personal?
Después de una batalla épica con el cierre que incluyó una serie de posturas que harían sonrojar a un profesor de yoga, finalmente logró dominarlo. El vestido se cerró con un satisfactorio zip, y Nina no pudo evitar hacer una pequeña danza de victoria frente al espejo de su dormitorio.
—Otra noche, otra máscara —murmuró para sí misma, practicando su mejor sonrisa de femme fatale, que se transformó en una mueca cómica cuando casi tropezó con sus Louboutins de doce centímetros—. Y otra noche intentando no matarme con estos instrumentos de tortura.
Sus tacones repiqueteaban contra el mármol del penthouse como el tic-tac de un reloj travieso, marcando la cuenta regresiva para su transformación. Tac-tic, sonaba cada paso, como aplausos diminutos celebrando su metamorfosis. Tac-tic, Nina se desvanecía. Tac-tic, Sofía emergía.
El eco rebotaba en las paredes del que ella llamaba su "refugio nocturno" —aunque "guarida de superheroína sexy" le parecía un nombre más apropiado. Cada clac de sus tacones enviaba pequeñas vibraciones por sus piernas, recordándole que cada paso la alejaba más de la heredera discreta y la acercaba a la seductora que todos creían conocer.
—Al menos —reflexionó, ajustando estratégicamente el escote mientras ensayaba su andar de gacela herida (el truco estaba en parecer vulnerable pero inalcanzable)— estos tacones servirían como arma letal si alguna vez los necesito. "Heredera mata a millonario con zapato de diseñador parisino", puedo ver los titulares.
Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero una última vez, girando para admirar cómo la tela parecía fluir sobre su piel como agua negra en movimiento. El vestido era una obra maestra de la ingeniería textil: lo suficientemente ajustado para sugerir, pero no tanto como para revelar. Era el tipo de vestido que hacía que los hombres olvidaran sus nombres y que sus esposas olvidaran sus modales.
—Definitivamente —susurró a su reflejo, arqueando una ceja en un gesto que había practicado durante horas frente a este mismo espejo—, valió la pena el precio de un auto compacto por este pedazo de tela.
Sus tacones continuaron su sinfonía mientras se dirigía hacia la puerta, cada paso una nota en la obertura de otra noche de engaños y seducción. El mármol bajo sus pies era como un escenario, y ella, la prima ballerina en una función donde el precio de un error podría ser más alto que el de su vestido de diseñador.
El ascensor privado se deslizó silenciosamente hacia el piso sesenta y cinco, sus paredes de cristal ahumado ofreciendo vistas vertiginosas de Manhattan. A medida que los números digitales ascendían en dorado sobre el panel de mármol negro, el aire se volvía más denso, cargado de expectativas y promesas veladas.
El Club Artemis era el secreto mejor guardado de Upper East Side, y también el peor guardado. Todo el mundo sabía de su existencia, pero nadie admitía haberlo visitado. Ocupaba la corona de un rascacielos que se alzaba como una aguja de cristal y acero hacia el cielo de Nueva York, tan alto que las nubes parecían acariciar sus ventanas en los días lluviosos.
Las puertas se abrieron con un suspiro discreto, como si entendieran la necesidad de mantener las apariencias. El vestíbulo era un estudio en claroscuros: paredes de ónice negro veteado con oro que captaban y multiplicaban la luz de las arañas de cristal, creando la ilusión de estar rodeado de estrellas cautivas.
Esta noche, el club había sido transformado para la gala benéfica anual "Salvando el Futuro". Un nombre tan vago como conveniente, pensó Nina, mientras observaba a un conocido magnate inmobiliario escribir un cheque con más ceros que su número de teléfono, todo mientras su mano libre se perdía bajo la falda de su tercera esposa. O tal vez era la cuarta. ¿Quién sabe?
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