Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 1: La Rosa que se niega a marchitarse
El salón principal del Ducado Santacruz brillaba como si nada estuviera mal.
Candelabros de oro.
Tapices bordados con hilos de plata.
El escudo familiar colgando orgulloso en lo alto.
Pero el ambiente era asfixiante.
—¡No tienes derecho a decidir mi vida! —la voz de Victoria rompió el silencio como una espada desenvainada.
Su vestido rojo contrastaba con el mármol blanco del salón. Su postura era recta, firme, desafiante. No era la de una hija suplicando. Era la de alguien lista para la guerra.
La duquesa, su madre, la miraba con el ceño fruncido.
—No hables como si fueras una plebeya rebelde. Eres una Santacruz. Tu deber es sostener este ducado.
—¿Vendiéndome? —Victoria dio un paso al frente—. ¿Eso es sostenerlo?
El duque golpeó la mesa con el puño.
—¡Cuidado con tus palabras!
El eco retumbó en la sala.
Victoria no retrocedió.
—He soportado años de humillaciones. Falsas acusaciones. Miradas de desprecio. Y ahora quieren que sonría mientras me entregan como garantía financiera.
Su madre respiró hondo.
—No es una entrega. Es una alianza.
—Es lo mismo —respondió fría.
El duque caminó lentamente hacia ella.
—El Reino de Valdoria nos ofrece estabilidad militar. Sin ellos, los otros reinos nos devorarán. Nuestra economía está al borde del colapso. Los nobles ya dudan de nosotros.
Victoria apretó los puños. Sus guantes negros crujieron.
—Entonces luchen.
—No todo se resuelve con violencia —dijo su madre.
Victoria soltó una risa breve, sin alegría.
—Eso lo dicen quienes nunca tuvieron que defenderse solos.
El silencio cayó pesado.
El duque habló más bajo esta vez.
—Te casarás con Rafael Beltrán. El Santo de la Espada.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Victoria sostuvo la mirada de su padre.
—El arma del reino.
—El protector más fuerte del mundo —corrigió su madre.
—Un hombre que no puede perder —añadió el duque.
Victoria inclinó ligeramente el rostro.
—Entonces no necesita una esposa.
—Necesita legitimidad económica —respondió el duque—. Y nosotros necesitamos su espada.
Victoria sintió algo arder en el pecho. No era miedo. Era rabia contenida.
—¿Y qué necesita Victoria?
Ninguno respondió.
Eso dolió más que cualquier acusación pasada.
La duquesa finalmente habló.
—Necesitas cumplir con tu deber.
Victoria cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, su mirada era distinta.
No suplicaba.
No gritaba.
Se había enfriado.
—Muy bien.
Sus padres se sorprendieron.
—Me casaré.
La duquesa suspiró aliviada.
Pero Victoria añadió:
—Pero no seré una esposa decorativa.
No bajaré la cabeza.
No fingiré docilidad.
El duque frunció el ceño.
—Compórtate como corresponde.
Victoria sonrió apenas.
—Me comportaré como una Santacruz.
Se giró y caminó hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta, habló sin mirar atrás:
—Si el Santo de la Espada cree que puede controlarme… será él quien aprenda lo que significa casarse con la Rosa de Hielo.
La puerta se cerró con firmeza.
En el salón quedó un silencio incómodo.
El duque murmuró:
—¿Hemos hecho lo correcto?
La duquesa observó la puerta por donde su hija había salido.
—No lo sé… pero el mundo jamás olvidará esta unión.
Y en algún lugar lejano, en el reino donde se forjan caballeros, un joven de cabello rojo miraba el cielo sin saber que su destino acababa de sellarse.
Capítulo 1
Parte 2 — El Santo que no puede negarse
El Castillo Real de Valdoria no brillaba.
Imponía.
Muros de piedra gris.
Banderas con el emblema del dragón negro ondeando en lo alto.
Armaduras antiguas alineadas en los pasillos como testigos de siglos de guerra.
En el salón del trono, el ambiente era frío.
—La decisión está tomada.
La voz del rey fue firme. No era cruel. Era absoluta.
Rafael permanecía de pie frente a sus padres, con el uniforme blanco impecable y las manos detrás de la espalda. Su postura era perfecta. Su expresión, serena.
Por dentro… estaba vacío.
—El Ducado Santacruz firmará la alianza matrimonial esta semana —continuó el rey—. Su situación económica es crítica. Nuestra intervención estabilizará el continente.
La reina observaba a su hijo con una mirada difícil de descifrar.
—Es la opción más lógica.
Lógica.
Siempre lógica.
Rafael bajó ligeramente la mirada.
—Entiendo.
Eso fue todo.
No preguntó.
No cuestionó.
No protestó.
Porque sabía la verdad.
Su opinión no era necesaria.
El rey lo miró con atención.
—Rafael, esto no es un castigo. Es estrategia.
Silencio.
—Eres el Santo de la Espada. El símbolo de nuestra supremacía. Tu matrimonio reforzará nuestra posición frente a los demás reinos.
“Símbolo.”
“Supremacía.”
“Posición.”
Ninguna palabra mencionaba “hijo”.
La reina habló con suavidad.
—La princesa Victoria Santacruz tiene reputación… complicada.
Rafael levantó la vista.
—He oído rumores.
—Violenta. Impulsiva. Problemática —dijo el rey sin emoción—. Pero fuerte.
Eso último hizo que algo cambiara en la mirada de Rafael.
Fuerte.
No frágil.
No sumisa.
El rey continuó:
—Necesitamos estabilidad, no escándalos. Tu deber será contenerla si es necesario.
Contenerla.
Rafael sintió un leve peso en el pecho.
—No deseo contener a nadie —respondió con calma.
El rey frunció apenas el ceño.
—No hablo de violencia innecesaria. Hablo de orden.
Orden.
Siempre orden.
Rafael inclinó la cabeza.
—Haré lo que se espera de mí.
La frase perfecta.
El hijo perfecto.
El arma perfecta.
Pero cuando el rey y la reina se retiraron, el silencio del salón se volvió insoportable.
Rafael quedó solo.
Caminó hacia el enorme ventanal que daba a los campos de entrenamiento. Decenas de caballeros practicaban bajo la lluvia ligera.
Todos lo admiraban.
Todos lo respetaban.
Todos lo necesitaban.
Nadie le preguntaba si estaba bien.
Sus dedos rozaron el mango de la Espada Dragón Negro, envainada a su costado.
El arma que solo se desenvaina ante oponentes dignos.
A veces deseaba que nunca lo considerara digno a él.
—Un matrimonio político… —murmuró para sí.
No le dolía casarse.
Le dolía no tener elección.
“Solo soy una espada.”
Su mirada azul se perdió en el horizonte.
Pero una idea cruzó su mente.
Si la princesa realmente era fuerte…
si realmente no se inclinaba ante nadie…
Tal vez no lo miraría como arma.
Tal vez lo odiaría.
Y, extrañamente, esa posibilidad no le molestó.
Porque el odio es más honesto que la adoración.
Rafael cerró los ojos un momento.
—Victoria Santacruz…
Pronunció el nombre como si intentara comprenderlo.
No sabía qué clase de mujer era.
Pero sabía algo con certeza:
No permitiría que la usaran.
Ni siquiera si eso significaba ir contra lo que el mundo esperaba del Santo de la Espada.
El viento agitó su capa blanca.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Sintió curiosidad.