Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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El funeral
La lluvia caía con una paciencia cruel, como si el cielo supiera exactamente cuánto debía doler. No era una tormenta violenta, sino una llovizna constante, insistente, de esas que se meten en la ropa, en los huesos… y en la conciencia.
El ataúd estaba al frente de la iglesia, cerrado, brillante, rodeado de coronas blancas que olían a despedida falsa. Mi despedida.
Desde la última fila, casi fundida con las sombras, observé mi propio funeral. El paraguas negro ocultaba la mitad de mi rostro, pero no podía esconder el temblor de mis manos. Aun así, nadie miraba hacia mí. Nadie espera ver a una muerta respirando.
Valeria Montoya había muerto.
Eso decía el acta.
Eso repetían los murmullos.
Eso necesitaban creer.
Mi nombre flotaba en el aire con una solemnidad que me daba náuseas. El sacerdote hablaba de descanso eterno, de voluntad divina, de paz. Palabras bonitas para una historia podrida.
Mis ojos se movieron, buscándolo.
Adrián Ferrer estaba de pie, a unos metros del ataúd. No llevaba paraguas. La lluvia empapaba su cabello oscuro y marcaba el contorno de su rostro, endurecido por un dolor que no se permitía mostrar. Vestía el traje gris que yo misma había elegido para él meses atrás, cuando todavía creía en futuros compartidos.
Ese detalle me atravesó el pecho.
No lloraba.
No hablaba.
Solo miraba el ataúd como si, de alguna manera inexplicable, pudiera romperlo con la mirada.
Tragué saliva. Él era el único al que no podía mirar sin que todo dentro de mí se desmoronara.
Un sollozo exagerado rompió el silencio.
Isabella Montoya se aferraba al brazo de Don Rafael, con el rostro inclinado y los ojos rojos en el ángulo perfecto para que todos notaran su sufrimiento. Su llanto era impecable. Demasiado. Yo la conocía mejor que nadie.
—Era una joven llena de vida… —decía mi padre con voz firme—. Una pérdida irreparable para nuestra familia.
Familia.
Mis labios se curvaron en una sonrisa amarga. Preferían una hija muerta antes que una hija que incomodara sus secretos. Apreté los dedos con fuerza. Si alguien se acercaba lo suficiente, podría notar que estaba viva. Que respiraba. Que el ataúd frente a ellos estaba demasiado vacío.
El sacerdote hizo una señal. Era el momento de las palabras finales.
Adrián dio un paso al frente.
El murmullo cesó.
—Valeria no era frágil —dijo, con la voz quebrada pero firme—. No era alguien que se rindiera… y no merecía morir así.
Un nudo me cerró la garganta. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas que no podía permitir caer. Si lloraba, si bajaba la guardia, todo podía terminar ahí.
Por un segundo eterno, creí que iba a girarse. Que iba a mirar hacia atrás. Que iba a encontrarme.
Pero no lo hizo.
Bajó la cabeza.
Derrotado.
Roto.
El ataúd fue cerrado por última vez y llevado al exterior. La gente comenzó a dispersarse entre murmullos, pésames y abrazos vacíos. Yo retrocedí un paso, luego otro, perdiéndome entre los cuerpos y los paraguas.
Mientras me alejaba, una certeza se clavó en mi mente con la fuerza de un juramento:
Si descubren que sigo viva… esta vez no fallarán.
Aun así, sonreí.
Porque Valeria Montoya había muerto ese día, bajo la lluvia, entre mentiras y flores blancas.
Yo ya no era ella.
Ahora me llamaba Emilia Cruz.
Y había vuelto del silencio…
no para ser perdonada,
sino para cobrar cada traición.