Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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La noche en que todo encajó
Si alguien me hubiera dicho que esa sería mi última noche, me habría reído en su cara.
No porque confiara en el mundo, sino porque llevaba años viviendo con esa sensación constante de que algo estaba podrido a mi alrededor. Solo que nunca había encontrado el mapa del desastre.
La mansión brillaba como un decorado de teatro caro. Luces doradas, copas de cristal, risas medidas y música suave que flotaba entre los invitados como humo. Todo perfecto. Demasiado perfecto.
Y yo era la única que parecía notar las grietas.
Las miradas me seguían. No abiertamente, claro. Eran sutiles: un segundo de más, un cruce de ojos entre dos personas cuando yo pasaba, una sonrisa que se apagaba demasiado rápido. Caminaba entre ellos con la copa de vino intacta en la mano, el líquido rojo reflejando las lámparas del techo. Me negué a beber. Esa noche no podía permitirme bajar la guardia.
Busqué su rostro entre la multitud por puro instinto. Allí estaba él: mi marido. Elegante, seguro de sí mismo, intocable. Conversaba con un grupo de hombres importantes, sonriendo con esa naturalidad que siempre había envidiado. Cuando nuestras miradas se encontraron, levantó la copa hacia mí en un brindis silencioso.
Esperé que el calor familiar me recorriera el pecho.
No llegó.
En su lugar, sentí una presión fría, como si alguien me hubiera puesto una mano helada sobre el esternón. Sus ojos ya no tenían calidez. Solo calculo. Atención fría. Medida.
Aparté la mirada antes de que él notara que yo lo había notado.
—Eliana.
La voz de mi tía a mi espalda me tensó la espalda. Me giré despacio, componiendo la sonrisa que había perfeccionado durante años.
—Tía —respondí, dejando que me tomara del brazo con esa familiaridad falsa.
—Qué alegría que hayas venido —dijo, inclinando la cabeza—. Últimamente has estado tan… ausente.
Ausente. Así llamaban ahora a mis preguntas, a mis silencios, a mis noches sin dormir.
—Mucho trabajo —mentí con suavidad.
—Claro, claro. Pero ya sabes que la familia debe ser siempre la prioridad.
Familia.
La palabra me revolvió el estómago.
Antes de que pudiera responder, alguien la llamó desde el otro lado del salón. Me lanzó una última mirada larga, evaluadora, y se alejó. La sensación de ser observada permaneció, pegada a mi piel como perfume barato.
Necesitaba aire. Salí a la terraza esquivando sonrisas y conversaciones vacías. El frío de la noche me golpeó la cara y, por primera vez en horas, pude respirar de verdad. Me apoyé en la baranda, mirando las luces de la ciudad a lo lejos. Sentí que algo se me quebraba por dentro. Estaba a punto de llorar y ni siquiera sabía por qué.
—No deberías estar sola aquí afuera.
No me sobresalté. Había sentido sus pasos.
—¿Desde cuándo te importa si estoy sola o no? —pregunté sin girarme.
Se colocó a mi lado. Su perfume, el mismo que antes me hacía sentir segura, ahora me provocaba náuseas.
—Te noto distinta últimamente —dijo en voz baja—. Más distante.
—Tal vez porque ya no me conformo con que me digas que todo está bien.
Giró el rostro hacia mí. Por un segundo, su expresión se endureció. Luego volvió la máscara de paciencia.
—Siempre has sido tan sensible, Eliana. Ves fantasmas donde solo hay sombras.
Ahí estaba otra vez. Esa frase que había usado durante años para desarmar mis dudas, para hacerme sentir loca.
El aire entre nosotros se volvió denso.
—¿Hay algo que quieras decirme? —solté.
Él guardó silencio. No era un silencio de duda. Era un silencio de quien está decidiendo cómo dar la estocada final.
—Hay decisiones que escapan a nuestra comprensión inmediata —respondió por fin, con tono casi profesoral—. Sacrificios necesarios por un bien mayor.
Mi pulso se aceleró.
—¿Qué sacrificios? —pregunté, aunque ya lo sabía.
Me miró directamente a los ojos. Ya no quedaba nada del hombre que me había prometido el mundo. Solo quedaba el contable que evalúa si un activo sigue siendo rentable.
—Confía en mí —dijo—. Siempre lo has hecho.
En ese preciso instante supe que todo había terminado.
Minutos después, me pidió que lo acompañara al despacho. Dijo que necesitábamos hablar con calma, lejos de oídos indiscretos. Todos mis instintos gritaron que no fuera. Aun así, lo seguí.
Siempre había confiado.
El despacho estaba en penumbras. Apenas entré, cerró la puerta y giró la llave. El chasquido metálico sonó como una sentencia.
—¿Por qué cerraste? —pregunté, dando un paso atrás.
—Para que nadie nos interrumpa.
La frialdad en su voz me heló la sangre.
—¿Qué está pasando?
Me observó en silencio unos segundos. Luego habló con la misma naturalidad con la que habría pedido un café.
—Lo siento, Eliana. Era inevitable.
No tuve tiempo de gritar.
El golpe fue rápido y preciso. El dolor explotó en mi costado. Sentí el calor húmedo de la sangre antes de ver la navaja en su mano. Caí de rodillas, luego de lado. El suelo estaba frío.
—Tranquila —murmuró desde arriba—. No durará mucho.
—¿Por qué…? —logré susurrar.
No respondió.
Ese silencio fue más cruel que la herida.
Lo miré por última vez mientras la vista se me nublaba. Esperaba… no sé qué. Remordimiento. Dudas. Algo humano.
No había nada.
—Te amé —susurré con la poca voz que me quedaba.
Él ni siquiera parpadeó.
Y entonces lo entendí: nunca fui su esposa. Solo fui un gasto que ya no le convenía.
La oscuridad me tragó.
De pronto, el aire regresó a mis pulmones con violencia.
Me incorporé en la cama jadeando, empapada en sudor, las manos buscando desesperadamente la herida que ya no existía. Nada. Solo piel intacta.
Miré alrededor, desorientada.
Mi habitación. La de hace diez años.
El reloj marcaba las 6:00 a.m. El calendario sobre el escritorio confirmaba la fecha.
Diez años atrás.
La traición. La muerte. Y ahora… esto.
No lloré.
Algo dentro de mí ya había muerto esa noche.
Me levanté y me acerqué al espejo. La mujer que me devolvió la mirada aún tenía ojos ingenuos, llenos de esperanza. No sabía lo que iba a perder. No sabía en qué monstruo se convertiría.
Me incliné hacia el cristal hasta que mi aliento empañó la superficie.
—No esta vez —susurré.
No iba a confiar.
No iba a amar.
No iba a perdonar.
Si la vida me había dado una segunda oportunidad, la usaría para destruirlos a todos.
Y el amor… el amor no tenía lugar en mi venganza.