Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Florence
Ella pasaba las páginas en la tablet con un gesto casi automático, como si sus dedos conocieran de memoria el ritmo de su lectura. Era Año Nuevo y, aunque afuera todavía resonaban algunos fuegos artificiales tardíos y risas que se perdían en la distancia, ella estaba en el sofá de su departamento, envuelta en una manta suave. No es que no le gustara compartir con otras personas.. de hecho, sabía disfrutarlo cuando estaba de ánimo, pero nada podía competir con la tranquilidad de su hogar, la compañía silenciosa de sus gatos dormidos enredados entre los cojines y un helado de vainilla que iba derritiéndose lentamente en el pote.
Le encantaba leer. Y esa noche, especialmente, esperaba con ansias el último capítulo publicado de su novela favorita.. una historia ambientada en un mundo mágico, de época, lleno de conspiraciones, magia antigua y romances imposibles. Sin embargo, su ceño estaba fruncido. Estaba molesta. No podía creer lo que estaba leyendo.
[¿Pero cómo puede aceptar eso?]
mientras indignada, llevándose una cucharada de helado a la boca.
La protagonista.. aceptaba sin cuestionar que su esposo hubiera fingido su muerte… y la hubiera abandonado. ¿Cómo era posible? ¿Qué clase de amor era ese? ¿Qué clase de héroe desaparecía así?
[Qué mala novela… espero que al menos ella recapacite en los próximos capitulos]
aunque sabía que volvería a leerla igual.
Justo entonces, la tablet vibró con una notificación nueva, pero fue opacada por un sonido más real y cercano.. tocaron la puerta.
Ella parpadeó, desconectándose del mundo ficticio. Miró la hora. Claro, debía ser su pedido de comida que, por algún motivo, había decidido llegar tarde esa noche.
—Por fin —murmuró mientras dejaba la tablet a un lado y se levantaba, caminando descalza sobre el piso frío.
Sus gatos ni siquiera se molestaron en moverse.
Fue hasta la puerta sin pensarlo demasiado. No sintió miedo. No había razón para sentirlo. Giró la manilla.
Y entonces todo cambió.
La puerta se abrió apenas unos centímetros y, en lugar de una bolsa de comida colgando de una mano amable, lo primero que vio fueron unos ojos oscuros. No eran simplemente negros.. había en ellos algo intenso, duro… y lo peor, llenos de odio. Eran unos ojos que no la miraban como si fuera una desconocida, sino como si fuese alguien a quien detestaban profundamente.
Ni siquiera alcanzó a ver el resto del rostro. Una mascarilla cubría la mitad inferior, ocultando cualquier expresión adicional.
Su mente tardó demasiado en reaccionar.
Su cuerpo, aún más.
Sintió que algo se movía, un impulso rápido, un destello de peligro… y luego, el mundo se volvió borroso. Un golpe seco. Una presión. Un mareo repentino.
Todo se apagó.
El sonido de los fuegos artificiales en la distancia fue lo último que alcanzó a percibir antes de que la oscuridad la tragara sin darle oportunidad de entender qué estaba pasando.
Cuando volvió a abrir los ojos, lo primero que sintió fue una punzada aguda en la sien, como si su cabeza hubiese sido aplastada entre dos mundos. Parpadeó varias veces, confundida. La luz era diferente, más suave, filtrada por cortinas pesadas y elegantes que no reconocía. El techo, alto y ornamentado, tampoco pertenecía a su departamento. No había ruido de tránsito, ni gatos saltando del sillón, ni el eco lejano de fuegos artificiales.
Solo silencio.
Intentó incorporarse y entonces lo notó.
Sus manos.
Las levantó frente a su rostro. Eran blancas, largas, de dedos finos y elegantes. No eran sus manos. Ella conocía perfectamente las suyas.. con pequeñas marcas, uñas cortas, piel más morena. Estas, en cambio, parecían sacadas de un retrato antiguo.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Se sentó de golpe en la cama.. una cama enorme con telas suaves.. y miró a su alrededor. Una habitación amplia, muebles de madera oscura pulida, un gran espejo antiguo apoyado contra la pared. Se levantó lentamente, sintiendo el peso de una falda larga y pesada que rozaba el suelo. El crujido de la tela sonó tan real que la asustó.
Con pasos torpes, se acercó al espejo.
Y cuando vio el reflejo… lo supo.
El aire pareció desaparecer de sus pulmones.
La mujer del espejo no era ella. O, al menos, no la que había sido hasta hace unas horas. Frente a ella había un rostro delicado, de piel clara y labios suaves, ojos grandes y claros que contenían una tristeza silenciosa que ella ya conocía… porque había leído sobre ella demasiadas veces.
—No… no puede ser… —susurró, pero la voz que salió fue suave, dulce, ajena.
Florence Evenson.
La protagonista de la novela.
La mujer que ella más había odiado en toda la historia.
Florence, la esposa abandonada. Florence, la que había vivido cinco años creyéndose viuda mientras su esposo fingía su muerte. La misma que, al regresar él sin una explicación justa, lo perdonaba como si nada. La misma que había soportado humillaciones, burlas, miradas de desprecio por parte de la nobleza… por ni siquiera haber consumado su matrimonio antes de quedar “viuda”.
Y ahora… ella era Florence.
Una oleada de recuerdos ajenos.. pero vívidos.. atravesó su mente.. la boda solemne, el esposo distante, la noche de matrimonio fría y silenciosa… y después, la noticia devastadora de su muerte. El luto. La soledad en la enorme mansión. Los cuchicheos en los pasillos. Las risas escondidas detrás de abanicos.
“Ni siquiera pasó una noche con su esposo.”
“Seguro él prefería morir antes que tocarla.”
“Pobre, y aun así lo llora…”
Frases que se repetían como ecos afilados.
Sintió una presión en el pecho. No era solo la tristeza de Florence… era rabia. Su rabia.
Porque ella sabía lo que vendría.
Sabía que el hombre que la había dejado sola cinco años, fingiendo su muerte, regresaría como si nada. Sabía que Florence lo perdonaría. Sabía que la historia estaba escrita para justificarlo.
—No —murmuró, apretando los puños delicados que ahora tenía—. Esta vez… no.
Miró de nuevo su reflejo.
Florence Evenson ya no estaba sola en ese cuerpo.
Y la mujer que había despreciado la historia… estaba dispuesta a reescribirla.