Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 1: La Rutina del Corazón
El primer sonido de la mañana no fue el de la alarma, sino el de su propio corazón, un tambor lejano y cansado que marcaba un ritmo irregular contra sus costillas.
Valentina Romero abrió los ojos y permaneció inmóvil, escuchando.
Era un ritual diario: despertar y hacer inventario. ¿Latía demasiado rápido? ¿Había una punzada familiar en el pecho? ¿O simplemente era el eco de una pesadilla que ya se desvanecía?
Hoy parecía ser solo el miedo.
Con un suspiro que era más un acto de voluntad que de alivio, se sentó en la cama. La habitación estaba bañada por la luz suave del amanecer que se filtraba por la ventana, iluminando las fotos de sus viajes soñados y los estantes repletos de libros. Un santuario de normalidad.
—Buenos días, Val —se murmuró a sí misma, forzando una sonrisa pequeña pero genuina—. Otro día glorioso.
La rutina era su armadura.
Movimientos medidos, predecibles, que mantenían a raya el pánico.
El ejercicio era ligero: unos estiramientos y diez minutos de yoga suave sobre la alfombra junto a la cama. Sentía el estiramiento de cada músculo, la calma deliberada de su respiración y la absurda ironía de que un corazón que a veces se negaba a latir correctamente exigiera tanto cuidado para seguir funcionando.
En la cocina, el ritual continuó. La taza de café descafeinado —el café de verdad era un lujo que su cardióloga le había prohibido con una mirada que no admitía réplica— y el pastillero semanal con sus siete compartimentos, un arcoíris de pastillas que mantenían su mundo en equilibrio.
Tragó las pastillas con un sorbo de agua, sintiendo el amargo regusto de la beta-bloqueante bajo la lengua. Dulzura amarga, pensó con una mueca sarcástica. La pastilla roja para la presión, la amarilla para el ritmo, la blanca para los fluidos. Un cóctel caro que compraba su derecho a pretender.
Se vistió con cuidado: jeans, una blusa sencilla y una chaqueta ligera. Ante el espejo, la joven que la miraba de vuelta parecía… normal. Ojos grandes y expresivos de un castaño cálido, pelo oscuro recogido en una coleta despreocupada, una sonrisa fácil que llegaba hasta ellos.
Nadie que la viera adivinaría que llevaba un motor defectuoso en el pecho. Era su máscara mejor confeccionada, y se la ponía cada mañana con la misma meticulosidad con la que aplicaba un poco de brillo labial.
El trayecto en metro hacia la librería donde trabajaba era un ejercicio de resistencia: la multitud, el aire viciado, el traqueteo del vagón. Sintió un breve mareo al ponerse de pie para ceder el asiento a una mujer mayor, un ligero velo negro en los bordes de su visión.
Se aferró a un poste, los nudillos blancos, respirando hondo y disimulada hasta que el mundo se enderezó de nuevo.
Solo un bajón de presión, se dijo, nada grave. Sonrió a la mujer, que le agradeció con un gesto. La máscara aguantó.
—¡Val! ¡Llegas justo para la invasión de los niños de primaria! —la recibió Sofía, su compañera de trabajo y amiga, desde detrás del mostrador.
—Perfecto. Adoro el caos controlado —respondió Val con una risa que sonó convincentemente alegre—. ¿Vienen en plan tranquilos o en modo tornado hoy?
—Apuesto a que tornado. La señora Henderson los trae. Eso significa que querrán historias de dinosaurios que se comen a los profesores.
—Clásico de la señora Henderson —dijo Val, colgando su chaqueta—. Yo me encargo. Mi imitación de T-Rex con hipo es imbatible.
Y así fue. Durante la siguiente hora, Valentina fue la versión más vibrante de sí misma. Leyó cuentos con voces exageradas, se rió de los chistes malos de los niños y organizó una búsqueda del tesoro con libros de aventuras.
Se movía entre las estanterías, una sonrisa permanente en el rostro, su energía aparentemente inagotable. Pero por dentro, cada risa exigía un esfuerzo; cada agachamiento para alcanzar un libro en un estante bajo le provocaba un pequeño silbido en el pecho que ahogaba de inmediato. Notaba el peso de su propio corazón, un pájaro agitado y pesado en su jaula ósea.
La hora pasó, y los niños se fueron, dejando a su paso un silencio relativo y un reguero de libros descolocados. Val se apoyó un momento contra una estantería, cerrando los ojos. La fatiga la recorría como una ola, pesada y familiar. Dejó que la máscara se resquebrajara por un instante, solo uno, permitiéndose sentir el agotamiento brutal que trepaba por sus huesos.
—¿Val? ¿Estás bien? —la voz de Sofía, ahora suave, cerca.
Valentina abrió los ojos y la sonrisa volvió a florecer instantáneamente, fácil y brillante.
—¡Perfectamente! Solo estoy calculando cuánto tiempo me llevará reordenar la sección infantil. Creo que ese pequeño llamado Lucas tiene futuro como huracán.
Sofía rió, aliviada, y se fue hacia la trastienda. Val se quedó sola un momento más en el pasillo silencioso. Su sonrisa se desvaneció lentamente, dejando al descubierto la verdad desnuda de su rostro: el cansancio, la sombra del miedo.
Fuerza, Valentina, se ordenó mentalmente, enderezándose. Sonríe. Respira. Sigue adelante.
Eran las palabras que repetía como un mantra, el hechizo que mantenía a raya la vulnerabilidad.
Pero en el profundo silencio de su propio ser, un susurro frágil se abría paso: Todo es tan terriblemente difícil.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!
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