Los seis libros de las respuestas 2

―No seas melodramática, Mi-lili-mini. Eso de los 85 o más en el examen escrito, más 85 o más en el examen práctico, solo es para los Dieciséis. Los Uno, como tú, pasan con 65 en ambos.

De eso yo no tenía ni idea. Pero en ese momento pude entender más porqué Nela hizo tantas rabietas y llantos al respecto. Ella se había sacado un 92 en el examen escrito, pero un 77 en el práctico… Después de toda una vida esperando por poder entrar a uno de esos colegios, y yo, que nunca jamás había pensado algo como eso para mí, ¿puedo entrar con tanta facilidad?

―¿Y si no paso? ―pregunté―. ¿Nela perdería el puesto en el colegio?

Vi a mi madre desesperar de nuevo. Dos veces en un mismo día. Eso no era tan difícil de ver. Bien que mal, si ella se desespera, es porque la situación lo amerita. En ese entonces, creí que la gran noticia de que soy una Uno también la había puesto tan confusa y sorprendida como a mí.

… Bendita niña ignorante que fui.

Pero, justo cuando iba a preguntarle si se encontraba bien, o lo que fuera para alejar ese incómodo silencio, ella respiró un par de veces con los ojos cerrados y, luego, me miró con firmeza:

―Eso no va pasar. Vas a pasar la prueba, vas a ver. ¡Y va a ser algo bueno! Sé que te sentirás a gusto en ese nuevo colegio, más con Nela a tu lado.

«¿Y si no quiero entrar a ese colegio?», pero no lo dije. Sentí desde ese momento que no había otra que ir. Supe que mi madre estaría muy decepcionada de mí si no lo hacía. Y ni qué decir Nela, que su puesto ahí dependía del mío.

―Pero solo tendría dos semanas para estudiar lo que se vio en seis años.

―Bah, Nela me dijo que lo que sale más es de los últimos tres años. Además, con ella a tu lado, no habrá problema. Y como tu poder siempre está activo, es muy posible… ¡No, estoy segura! El examen práctico será un pan comido para ti, mi muy especial Mi-lili-mini.

En ese entonces quise negarme. ¡No quería que mi vida cambiara aún más! Pero una voz muy temerosa dentro de mí, me dijo que si no tenía a mi mejor amiga a mi lado, jamás podría sobrepasarlo. Y, la única manera de volver a ser su amiga, era que entráramos a ese colegio al que ella tanto quería asistir, juntas.

Así que abrí el libro de primero en silencio. Era el menos grueso de todos… Y tan fácil, que me sentí inteligente. ¡Casi que todo lo ponían ahí, ya lo sabía!

-o-

Por fin me dieron la salida a la mañana siguiente. El doctor Asclepión llegó a mi cuarto poco antes de la hora de visita. Llevaba consigo un carrito lleno de artilugios para «revisarme». Por la forma torpe con la que se movía con ellos, me di cuenta de que nunca los usaba. A cada instante se reía de sí mismo cuando se daba cuenta de que estaba siendo lento con alguno de ellos. ¡Hasta con el estetoscopio!

―Todo está muy bien… O eso espero, que estoy tan acostumbrado a solo imponer mis manos para saber cómo están mis pacientes que… ―pareció darse cuenta de que lo dijo en voz alta, y volvió a reír y sonrojarse. Al pobre no le favoreció, sus arrugas en serio que sobresalen cuando hace eso―. ¡En fin! Que aquí está la receta para su pierna y, la cita para vernos dentro de una semana. Me parece que para ese entonces, ya podremos quitar el yeso.

―¡Bien!

―Y te puedes llevar las muletas. Devuélvelas cuando te quitemos el yeso, ¿de acuerdo?

―Sí, gracias ―las vi, ahí contra la pared. ¡Las muy descaradas!―. Ahora mismo no soy una fan de ellas. En una semana, estaré más que lista para deshacerme de esas dos.

―Tal vez no son ellas, si no las almohadillas para las axilas las que no están haciendo su trabajo ―comentó él. Y esa vez su sonrisa sí me gustó por alguna razón. Se puso en pie con un resoplido―. Le diré en seguida a Hestianida, para que pueda hacer algo al respecto antes que se vaya.

―¡Muchas gracias!

―En algún momento de la primera hora de visita le daremos la salida. ¡Hasta luego!

Yo le sonreí mientras él se iba. Luego, me dije que estaba bien prender el televisor. Ya iba por más de la tercera parte del primer libro. Había leído demasiado como para haber ganado el derecho de mirar algún programa.

Dos horas más tarde, la abuela llegó a la habitación seguida de una muy sonriente y gritona Nela (¡Hola Lenushka!), que se tiró a la cama para abrazarme. Algo que a mi pierna no le hizo mucha gracia.

―Oh, lo siento, lo siento… solo daré la vuelta y… ¡Listo! ―volvió a sentarse en la cama, solo que del lado contrario a mi pierna lastimada― ¡Oh, Lena, Lena! Va a ser genial, ¡las dos vamos a ir al Colegio de especiales! ¡Es perfecto, no tienes idea de lo emocionada que estoy! ¡Oh, ojalá que estemos en la misma habitación! ¿Te imaginas? ¡Sería como tener una pijamada tras otra!

«¡Oh, cierto! Que esos colegios son semi-internados. ¿¡Tener que dormir de lunes a jueves en donde estudias!? ¿Por qué a mí?», pensé yo. Pero, como no podía dejar de sentir felicidad y alegría con Nela allí, tan animada, no dije nada. Hasta en el camino al departamento, y el almuerzo que nos hizo tita, Nela siempre estuvo hablando de lo genial que iba a ser nuestra vida colegial.

Las quejas y desesperanzas al respecto salieron pocos días después, cuando prácticamente empecé a vivir estudiando, y donde Nela.

 

 

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