4. De silencios cargados.
Justo después que el señor se fuera, mi madre se sentó en la cama junto a mí, llena de infantil energía. La abuela ya lo había hecho en uno de los sillones de colores chillones.
―¡Cuando llegué no lo pude creer! ―me exclamó mi madre. Aunque sentí que intentaba aparentar más animosidad de lo que sentía―. Mi niña, salvando una vida…
―Sí, yo tampoco lo puedo creer. ―oí el bufido de tita y la miré.
Sentí cierto miedo. Me di cuenta de que tenía el rosario en la mano. Es una reliquia de la abuela de ella y siempre lo lleva en el cuello. Si se lo quita de allí y lo toma entre sus dedos, solo quiere decir que está muy preocupada o enojada.
―¿Algún problema, tita? ―le pregunté directamente.
Hubo una discusión silenciosa entre la abuela y mi mamá. Al parecer, la tita la perdió y dio un suspiro.
―Nada, mi amor. Solo preocupada de que, por lo que pasó en la tarde, tengas que quedarte más tiempo en observación.
―¿Qué? ¿Por qué? ―después de haber sido el mono del circo por un día y medio, estaba más que lista para salir de allí.
Mi madre me acomodó el pelo con un gesto de cariño. Solo con eso me sentí más tranquila.
―Al parecer, lo de que sostuvieras el collar fue muy pesado para ti ―me explicó con ese tono calmo que me recuerda la trabajadora social en ella―. Por eso te quedarás aquí un tiempo más. Pero los doctores están seguros que en un día podrás volver a tu estado normal.
Fruncí el ceño.
―¿Estado normal? ¡Pero si solo me dormí! Y mi pierna no se siente tan mal como antes…
Otra conversación silenciosa entre mi madre y abuela. Eso sí que no me estaba gustando. Esa vez, le tocó a la abuela ganar.
―No te dormiste mi amor, te desmayaste. ―mi expresión debió ser suficiente pregunta, pues ella continuó―: los doctores dicen que el collar te bajó mucho la carga de… de… de…
―Bosones de Sorensen ―explicó mi madre―. La partícula que hace sobrenatural a los seres vivientes. La que… Ya sabes.
La abuela hizo un ademán con la boca, como si oír esas palabras le hubieran dejado un mal sabor.
―Pero entonces, solo debieron sanarme si “eso” no estaba funcionando.
Mi mamá se encogió de hombros y me movió a un lado de la cama para acostarse a la par de mí. Cogió mi mano, y yo me mandé a no pensar que, en cualquier momento, alguien del hospital vendría y me haría pasar por la pena de ver a mi madre ser regañada por subirse a la cama. Cualquier cosa era mejor que pensar que, por primera vez en mi vida, me había desmayado… Por aplacar una maldición en mis manos, ¡que ni siquiera había sido por algo tan común como una baja de azúcar!
Horas después pensé que, tal vez, eso hasta me hace más normal, por raro que suene.
―Los doctores dicen que no pudieron ―siguió explicando mi madre―. Que lo que pasó es que la habilidad te dejó de sanar rápido y te puso como en… Mantenimiento mínimo. Inconsciente, pero estable. Pero la habilidad siempre se mantuvo… Mmm, ¿cómo decirlo? Con las defensas altas. Aunque al menos, y no sé porqué les pareció tan interesante a los doctores, pudieron sentir la barrera en ti, y no como si no estuvieras. Parecen creer que eso es algo importante, aunque no entiendo porqué…
―Y por ese tipo de cosas es que me quería ir a casa. ―hice un puchero. Mi madre me abrazó de lado.
―Vamos, vamos Mi-lili-mini ―ella y ese sobrenombre―… Mira el lado positivo. Hoy se suponía que era tu limpieza mensual a fondo de tu cuarto.
Eso no me subió mucho el humor. Aunque, cuando después encontré una de mis comedias favoritas en la televisión, sí me sentí un poco mejor.
-o-
Estaba oscuro, en silencio y yo miraba la pantalla del teléfono celular de mi madre como hipnotizada. Ella me lo había prestado antes de irse. Según sus propias palabras, lo hizo porque conocía la relación especial que tiene un adolescente con un teléfono celular. Yo ni intenté contradecirla.
Poco después que lo tuve en las manos, empezaron a llegar mensajes desde el teléfono celular de mi abuela. Eran de mi madre. Luego, también llegaron de otros familiares y conocidos de ella que, realmente, me sorprendí que estuvieran tan interesados por saber de mi salud. Hasta un par de ex-compañeras de la escuela pasaron por allí, chicas con las que me mantenía en relajado contacto cada cierto tiempo.
… Todo eso me hacía sentir mucho más sospechosa de que Nela no hiciera acto de presencia virtual. Además de mandarle algunos mensajes, intenté llamarla una vez, pero me mandó directamente al correo de voz.
Empecé a temer que fuera en serio eso que puso en la tarjeta: que yo le daba envidia. Desde el día anterior había entendido porqué lo sentiría. No era, lógicamente, por haber sido golpeada por un carro. Era por haber terminado siendo (y todavía no me daba a la idea de pensarlo como cierto) una Uno.
Desde siempre, Nela fue de esas personas orgullosas de ser una Dieciséis. De las que añoraban haber podido ser una Uno, irse a estudiar a uno de los misteriosos colegios para gente mágica, luego ir a la Universidad Especial Centroamericana y convertirse en una súper heroína haciendo sus pociones con influencia caribeña… Sueño que quedó arruinado cuando le confirmaron que no era una Uno y que, por más que tenía excelentes notas y se esforzaba, no tenía lo suficiente para ser una de los pocos Dieciséis que conseguían una beca para asistir a uno de los colegios especiales.
Después de que le dieran esa noticia, no sé cuántos accesos de llantos y rabietas de ira tuve que vivir con ella. Solo sé que, para cuando pasó el incidente que volcaría mi vida de arriba a abajo, Nela ya estaba un poco más calmada, pero todavía resentida con la vida por su mala suerte.
Y después de eso su mejor amiga, que nunca estuvo interesada en esa vida, ¿ha terminado siendo una Uno? Mentalmente, pude entender que estuviera envidiosa de mí. Pero, en mi corazón, me sentía totalmente dolida. ¡Si había un momento en que la necesitaba junto a mí, era ese!
Miré la pantalla del celular, y la toqué antes de que se oscureciera del todo, como si al mantenerla prendida y verla fijamente pudiera mandar a Nela a que me llamara. Sonreí amargamente con esa idea.
―Sí, ¿cómo no? Con esta estúpida cosa que ni siquiera me deja ser sanada mágicamente ―me dije de mala manera.
Y me dio mucho enojo. «¿Así que está de malas porque me sucedió lo que me sucedió?», pensé, «¡Con gusto se lo daría, con lo… estúpido e inútil que es!».
Guardé el teléfono celular, diciéndome que yo no iba a ser la que llamara de nuevo. Que yo era la que estaba sola en el hospital, confundida a más no poder y con una pierna enyesada. Si alguien tenía derecho a hacer berrinches, era yo.
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