¿¡Que yo soy qué…!? 2

Si no supiera que son madre e hija, no lo sospecharía a simple vista. Físicamente, las dos no se parecen en nada que no sea su baja altura. Eugenia Morales es blanca sonrosada, de grandes caderas aumentadas por su obesidad, tiene cabello lacio y rubio por debajo de sus canas blancas, y unos ojos verdes impactantes.

Mi madre, María Jesús Segura, es de complexión delgada, morena, de cabello rizado y ojos café. Mientras mi abuela parece haber tomado todos los genes europeos de la familia, mi madre tomó todos los latinos. Yo tengo cosas parecidas de los dos: las facciones de la abuela, pero en un envase más alto y menos obeso; tengo sus caderas, el cabello lacio y su color de piel. Aunque mi pelo y ojos son extremadamente negros y brillantes.

Por las fotos que mi madre me ha enseñado, sé que el color del cabello lo saqué del padre que nunca conocí ni me quiso conocer, pero los ojos siguen siendo un misterio. Son tan negros que juro que no se les ven las pupilas. Y lo tan brillantes no ayudan en nada. He llegado al punto de agachar un poco mis párpados para que la gente no se me quede viendo.

Hay algo más en que no se parecen mi madre y abuela. La abuela es la que lleva los pantalones en la casa. Es estricta y responsable, con una ética de hierro por debajo de modales muy amistosos y generosos. Mi madre también tiene esos joviales modales pero es más espontánea, relajada y alegre con la vida. Tiene una energía casi que infantil para las cosas que le interesan, muchas de las cuales tienen que ver con su muy activa vida social.

La cantidad de amigos y conocidos que tiene es enorme, y siempre que salgo con ella terminamos durando más en conversaciones intrascendentes con personas que ve por la calle, que en la situación por la cual habíamos salido. Su agenda de salidas y reuniones con esos conocidos es simplemente alocada. Sé que todos los sábados ella tiene algo qué hacer. Y que, muchas veces, terminaré yendo con ella porque «será divertido, ya verás». Lo cual es verdad menos veces de lo que ella cree, y más de lo que mi poco entusiasmo espera.

Como mi madre me tuvo a los diecinueve años, mi padre biológico salió corriendo antes siquiera de que yo naciera, y ella seguía estudiando Trabajo Social en la Universidad; fueron el abuelo y, sobre todo, la abuela quienes me criaron los primeros años de mi vida. Por eso, crecí siguiendo sus directrices y yendo de allá para acá con la abuela a sus acontecimientos sociales de la iglesia católica; el segundo trabajo de una muy activa ama de casa.

Sobra decir que la abuela y mi madre solían enfrentarse por sus diferencias. Sin embargo, sus discusiones solo llegaban a acciones pasivo-agresivas en sus peores momentos. El amor que se tenían y su generosidad las hacía siempre seguir acompañándose y ayudándose. Y eso siguió siendo así, aún después de que mi mamá consiguiera un trabajo y nos fuéramos a vivir solas en un apartamento en el centro provincial.

A ambas, mi madre y abuela, les gustaría que yo fuera más: más católica de parte de la abuela, más social diría la otra. Aún así, en cierta medida aguantan que yo no sea ninguna de las dos cosas.

¿A quién me parezco yo en la forma de ser? Creo que al abuelo, que pasó a mejor vida cuando yo tenía nueve años. Al ser el esposo y padre de mujeres con tan fuertes carácteres, él se contentó con ser una fuente de infinita paciencia, tranquilidad y sentido común. En eso soy muy parecida a él, aunque aún me falta tener las respuestas para todos los problemas y tengo algo de la alegría de mi madre cuando el momento lo requiere… Y mis grandes pestañas las saqué de él. Agradezco que no haya sido su bulbosa nariz…

… Pero volviendo a ese día en el hospital en que mi vida cambió.

Al ver llegar a mi madre y abuela, me sentí totalmente aliviada. Al menos hasta que me di cuenta de sus expresiones.

―¡No se preocupen! El doctor dice que mi pierna estará bien. ―«y muchas otras cosas que no voy a repetir para no preocuparlas más» pensé mientras ellas llegaban a mi lado y parecían contenerse de abrazarme ahí mismo. Al menos la abuela, que mi madre sí que lo hizo, y de corazón se lo agradecí.

―¡Ay mi amor! No sabes el miedo que tuve cuando Nela…

―… Y aunque mi jefe me ponía peros, tuve que venir enseguida.

―¡… Es que como es posible que algo así pasara!

―Al menos estabas a dos cuadras del hospital, no quiero ni pensar…

Las dos hablaron a la vez y rápidamente por varios segundos, como si toda su preocupación saliera de su cuerpo a través de sus bocas. Yo quise decirles que estaba bien, pero ninguna de las dos escuchaba más que lo que cada una decía. No al menos hasta que un hombre alto, que no supe cuándo entró, se cernió detrás de ellas y me habló directamente.

―Señorita Segura soy Diego Perrote, investigador de la Policía de Asuntos Sobrenaturales. Me pregunto si usted podría…

Pero no pudo preguntarme nada, porque él también fue interrumpido:

―No, ella no puede hablar con usted por el momento ―dijo cortante la abuela, y supe que era él el que había hecho algo que la enojó antes de entrar a la habitación―. ¿No ve que está convaleciente?

―Sí, claro, solo espere… ―mi madre había empezado pero, cuando oyó lo que dijo la abuela, se dirigió a su madre, con tono de que estaba usando toda la paciencia posible para tratar con ella―: Mamá, que no me parece mal que…

―¿Que venga a molestar a mi niña con sus ideas? ―la abuela se volvió a dirigir al señor Perrote. Aunque era altísimo, moreno y muy fornido, él pareció encogerse frente a la mirada de esa baja y regordeta señora―. No, estoy segura de que usted puede hacer bien su trabajo sin necesidad de molestar…

―¿Qué es lo que quiere? ―pregunté yo de repente, por pura curiosidad.

Lo confieso: si tengo una cualidad que puede convertirse en un defecto, es que soy de lo más curiosa. Además, no todos los días uno veía de frente a la gente de la PAS; algo así como los «hombres de negro» reales. ¿Qué tenía él que ver conmigo? Otra cuestión extraña en ese muy venturoso día.

La abuela y él intercambiaron miradas antes que el señor Perrote me contestara:

―Siempre que un 1,61% es herido en condiciones sospechosas, debemos investigar lo acontecido. ¿Me puede contar todo lo que recuerda de lo que le pasó?

Yo así lo hice. No era mucho, pero a él pareció no importarle que dijera tan poco. Al principio, temía recordar ese momento y el dolor pero, al tener a mi madre y abuela ahí, pude hablar sin problemas. Después de ello, el agente me dio las gracias, dijo que iba a trabajar lo mejor que podía en el caso, se despidió y se dispuso a salir hasta que mi madre le llamó:

―Señor Agente, ¿y lo otro…?

Él le sonrió un instante, y mi «Alarma-de-posible-amigo-especial-de-mamá» se activó al instante.

―Es un trato. Y, en cuanto su hija pase el examen en unas semanas, todo estará en regla y arreglado. Hasta luego.

Hizo un ademán con la cabeza y se fue. Mi madre se giró para encontrarse con una mirada juzgadora en mi rostro. La muy desvergonzada solo se sonrió y comentó:

―¿Es que no viste esos hoyuelos y quijada tan varonilmente cuadrada? Una mujer lo tiene que intentar.

Di un suspiro. Mi abuela, por una vez, no comentó nada al respecto y se giró hacia el doctor:

―Doctor Asquepión, ¿cuándo podemos llevarnos a Elena?

―Mañana por la tarde, queremos tenerla este tiempo en observación.

Y no fue broma, en serio me tuvieron en observación…

―¿Nos deja estar con Elena un momento más? ―preguntó la abuela, con un tono de ruego.

El doctor se levantó del sillón. Me sorprendió la facilidad con que lo hizo. Luego, nos sonrió un poco.

―Pueden quedarse hasta el final de la hora de visita. Un gusto conocerlas.

―Igual ―dijeron las dos a la vez.

En silencio, lo vimos caminar con tranquilidad hasta la salida. Apenas estuvo fuera de vista, mi madre me atacó con un abrazo lleno de besos. Por una vez, no me sentí tan avergonzada por ello.

 

 

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