Estaba viendo un reality show, de esos que te hacen sentir culpable por su frívola trama pero que no puedes dejar; cuando el siguiente curioso entró en mi habitación. Él tendría alrededor de cincuenta años y una contextura muy muscular, pero en decadencia. Sobre todo por su barriga redonda. Su piel estaba curtida por el sol y su cabello era café claro y canoso. Estaba vestido de cruz-rojista, tenía bigote y un aire a que mandaba y estaba acostumbrado a ser obedecido. De todas las visitas, fue el que me hizo menos me agradó.
―Buenas, señorita Segura. Héctor Cienfuegos. Siento mi visita, pero necesito corroborar la versión del reporte que mis cruz-rojistas dieron sobre el accidente de hoy. ¿Le puedo hacer algunas preguntas?
―O.K. ―dije, por decir algo. Su presencia era tan intimidante que, por más que quería negarme, no pude.
―Usted fue atendida por un atropello temprano este mismo día, ¿es cierto?
―Sí.
―La ambulancia llegó tres minutos después de haber sucedido el percance, ¿verdad?
¿Cómo iba a saberlo?
―Pues, eso parece.
Él asintió y siguió con ese tono de estar leyendo las preguntas de un formulario.
―Fue atendida por Sonia Miranda y el cruz-rojista en entrenamiento Isaac Blanco.
De nuevo, ¿y yo cómo iba a saber eso?
―Me imagino.
―Y no pudo ser sanada por este último.
―Bueno, al parecer…
Pero él me interrumpió, y aceleró el tono como si estuviera enojado conmigo:
―Ni pudo encontrar una causa para ese posible fenómeno.
―Bueno, lo buscó pero…
―… Y tuvo que ser anestesiada por medios médicos, con uno de los fármacos más adictivos que existen.
―¡Hey! ¡Que yo soy así! ―«al parecer», exploté y, aunque estaba enojada con ese viejo desconsiderado, no pude decir nada más porque tuve unas repentinas y vergonzosas ganas de llorar.
―¿Cómo, que usted es así?
La voz del tipo se había suavizado. Por eso pude enfrentármele. Claro, respirando con dificultad y teniendo que parar cada tanto para poder decir las palabras y, también, para controlar el llanto… ¡Qué terrible es ser tan tímida, más cuando quiero decir mis emociones y puntos de vista!
―Nadie hizo nada malo. Intentaron sanarme y no se robaron la droga, o lo que sea que está pensando. ¡Simplemente, no pude ser sanada! ¡La magia no me afecta! ―Y, nerviosa, bajé la mirada para que no viera las lágrimas de frustración y confusión que salían de mis ojos.
Hubo un tiempo de silencio, mientras yo miraba hacia mi cobija y él… ¿Quién sabe qué hacía? Imagino que pensaba sobre lo que le dije.
―Si me permite, señorita Segura. Pero quiero corroborar la historia que usted dice. ¿Cuál es su doctor?
Me mandé a subir la mirada cuando oí su tono aún más amable.
―Mmm, sinceramente, no recuerdo su nombre. Es bajo, delgado y muy mayor ―apenas me refrené de decir «arrugado».
Lo vi abrir mucho sus ojos, sus gruesas cejas levantadas.
―¿Asclepión?
―¡Sí, ese mismo!
Y sin más, el tipo se fue de mi habitación con un paso muy enérgico. Frosine entraba al cuarto mientras él salía. Su sola presencia me tranquilizó un poco de lo incómoda que me sentí con esa visita.
―Pronto vendrá el refrigerio de la tarde ―me dijo ella con una sonrisa. Y se acercó para decirme con tono conspiratorio―: le puedo traer algo extra, si quiere.
Yo me sonreí.
―Un helado no estaría mal, ¿sabe? Hace un poco de calor.
Ella me dirigió una gran sonrisa y yo se la tuve que corresponder. Cuando regresó con el helado, se sentó unos minutos conmigo para ver y comentar sobre lo terrible del reality show que no podíamos dejar de ver.
-o-
Él entró un poco antes del desayuno, cuando estaba entre dormida y despierta. De hecho, fue quien que me terminó de despertar. Yo me senté en la cama, tragué saliva y traté de ordenar mi cabello mientras él me decía qué estaba haciendo ahí. Era joven, delgado, con cabello negro y muy pálido. Con unas gafas y una gabacha que parecía que en cualquier momento se le caerían de lo grande que le quedaban; era el estereotipo andante de un ratón de biblioteca. O de laboratorio, donde su gafete decía que trabajaba.
―… Así que debo sacarle sangre antes del desayuno, espero no molestarla ―me dijo con una sonrisa nerviosa.
No es como si en verdad pudiera negarme, así que le asentí. Él lo hizo rápidamente y con profesionalidad. Yo cerré los ojos todo el tiempo. Que me saquen sangre no es una de esas actividades que necesito presenciar.
―Ya estamos listos ―sacó un refresco de caja y una repostería de su gabacha y me los tendió―. Comáselo de una vez, por favor.
Asentí, cogí lo que me daba y, en un impulso, le dije:
―Gracias por no hacerme preguntas sobre el accidente, o pedirme algo raro para poner a prueba lo que sea que… Ese poder…
Él frunció el ceño y se encogió de hombros:
―Ya sé que los rumores de su habilidad son ciertos. Intenté usar mi propia habilidad sobrenatural con usted en todo este tiempo, y no sirvió.
¡Ese fue un baldazo de agua fría! ¡Yo que lo creía tan considerado y normal…!
―Pero, pero… ¡Hey, si no me pidió permiso!
―Lo siento, pero algunos experimentos deben ser así. Eso corrobora que su habilidad es omnipresente y… Aunque puede que deba intentarlo de nuevo estando usted dormida, puede que…
―¡Patricio! ―oí la voz enojada de mi dulce enfermera, que lo llamó desde el corredor.
Y sin más, él se fue. Pude oír el tono fuerte del reclamo de mi Frosine. No lo creí posible de esa dulce chica. Más cuando ella volvió a entrar en la habitación, hecha la pura imagen de la amabilidad.
―Lo siento por eso, Elena. Me dicen que siempre que lo llaman para hacer una investigación en el hospital, él se deja llevar por su amor por la alquimia. No se lo tome personal, por favor.
―Gracias ―le dije de todo corazón―. Esperemos que pronto se den a la idea y me dejen en paz.
Ella se acercó a mí con una sonrisa, me palmeó alegremente la pierna… O el yeso.
―¡No se preocupe, Elena! ―Frosine se sentó en el sillón naranja fosforescente―, mientras esté aquí, evitaré esas intromisiones. Lo juro.
―¡Lo dice como si te fueras a ir en cualquier momento!
―Pues sí, que sigo con mis prácticas ―ella debió ver mi preocupación―. ¡Pero eso no pasará hasta después de que le den el alta, lo juro! ―Hasta di un suspiro de alivio―. Lo siento por el susto que le di, Elena.
Frosine parecía muy abochornada. Con cierto nerviosismo, como sin saber qué hacer; sacó un naipe del bolsillo de su gabacha y me lo presentó:
―Me traje esto y me encargué de tener un tiempo libre, ¿sabes jugar?
Por supuesto que dije que sí, y le agradecí mucho la compañía y el buen momento que pasamos. Siempre lo recuerdo con cariño, fue cuando me enseñó uno de mis juegos de mesa favoritos.
Lo mejor de todo es que ella mantuvo su palabra. Desde ese momento, Frosine no dejó que nadie más que no fuera un familiar entrara a mi habitación. A excepción de dos personas. Una de ellas fue el conserje del día siguiente, al que estoy segura que vi dividir mi ropa sucia de las otras, y guardarla.
No quise pensar mucho en eso.
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