5. Los seis libros de las respuestas.
Mi madre llegó esa misma tarde para encontrarme caminando por el pasillo, muletas bien asidas a mis brazos y en plena misión de encontrar una máquina de café para hacerme con un choco-capuccino. No tenía nada mejor qué hacer. El teléfono celular se había descargado y el televisor estaba en uno de esos momentos en que no hay nada para ver. Por eso, había decidido que un café no estaría mal.
Cuando salí de la habitación, vi como varias de las personas en la sala se quedaron quietos para mirarme. Hasta un tipo, que debía estar de visita porque no vestía como el personal del hospital, me miró fijamente y se acercó a mí un par de pasos. Pero mi enfermera, siempre tan solícita, se interpuso entre los dos y me preguntó si necesitaba algo.
―¿Un choco-capuccino?
―¡Oh, claro! Puedo ir en seguida a…
―¿Puedo ir yo? ¿Por favor?
Ella me miró, a mí y a mi pierna. Luego, se mordió el interior de la mejilla, pensativa y se decidió:
―Te acompaño.
―¡Gracias! ―dije con una gran sonrisa.
Ya estaba más acostumbrada a las muletas y, entre mi poder de sanado rápido y los medicamentos contra el dolor, me sentía lista para la misión. Sin embargo, para cuando mi madre llegó, caminando rápido en sus estruendosos tacones y con un gran bolso a su hombro; yo estaba recostada a una pared, maldiciendo el dolor en las axilas y mi dependencia de esos aparatos de tortura llamados muletas.
Mi enfermera me decía que descansara mientras ella iba por mi café, y que luego nos devolveríamos; cuando oí los taconazos de mi madre. Ella estaba prácticamente corriendo, yendo hacia mí por el pasillo.
―¡Elena Virginia! ¿Qué haces fuera del cuarto? ―su voz era una mezcla de desespero y enojo.
―Nada, solo dar una vuelta ―le contesté, sorprendida.
Cuesta ver a mi madre reaccionar de esa manera. Es una de las personas más relajadas que conozco. Pero, tal vez por eso mismo, cuando finalmente se sale de sus cabales, parece explotar.
Ella me cogió de un brazo y me abrazó de lado para hacerme caminar hacia mi habitación. Las muletas, que cayeron al suelo, hicieron un gran ruido en el pasillo. Eso, junto a las reclamaciones de mi madre porque tenía que estar en cama, («¡Hace solo tres días que te atropellaron!») me hicieron sentir totalmente humillada. ¡Todos nos estaban viendo!
Por alguna razón, mi madre dejó de regañarme para ver con mala cara al tipo que estaba de visita. Luego, me hizo acostarme en la cama. En todo ese tiempo, yo solo me quedé callada y con la mirada baja. Hasta que me calmé lo suficiente para quejarme.
―¿¡En serio era necesario!? ¡Todos nos veían! ―le exclamé.
Ella respiró hondo un par de veces antes de decirme con terquedad:
―No debiste salir del cuarto.
―No es como que me acabaran de operar o algo. Además, que debo hacerme a la idea de las muletas, si no ¿cómo voy a caminar cuando salga?
Tal vez sea injusto para mami, pero nunca he tenido muchos problemas de reclamarle o quejarme con ella. A diferencia que con tita o el abuelo, que en paz descanse.
Mi madre pareció querer decirme algo más, pero no lo hizo. Mientras yo la miraba acusadoramente, jugueteó con su cabello y se sentó a mi lado para darme un abrazo.
―Lo sé, Mi-lili-mini, lo sé. Lo siento. Es que, con todo lo que ha pasado… Un día, te atropellan y eres una Uno. En otro, quedas inconsciente por contener una maldición… No sé, verte fuera del cuarto simplemente me puso en alerta. Fue como «¿Y ahora qué?».
Viéndolo desde su punto de vista…
―O.K… Pero al menos, ¿podrías ir por las muletas?
―No es necesario ―oí la voz de Frosine, antes de verla entrar. Un choco-capuccino en la mano, y dos muletas flotando detrás de ella―. Aquí están.
―¡Muchas gracias! ―dije, mientras ella hacía volar los instrumentos de tortura hasta la pared cerca de mi cama.
Mi madre le preguntó sobre mi condición y Frosine respondió a todo con calma, aunque sus respuestas solo eran diferentes formas de decir que estaba muy bien y que mi ritmo de sanación seguía siendo sorprendente.
Yo le había pedido a mami que me diera el cargador del celular y, apenas éste volvió a prender, me fijé en los mensajes y las llamadas perdidas. ¡Y Nela había dado señales de vida!
«Perdón por el berrinche!!!! Pero grax, grax, grax, grax por hacer de mi sueño una realidad. ¡JUNTAS SEREMOS IMBATIBLES!!!!! T.Q.M» más o menos era el mensaje que me puso. Y, como el anterior, no pude entenderlo totalmente hasta después:
―¡Oh, eso! ¿Recuerdas que el policía guapo hizo un trato conmigo? El trato era que, como vas a ir a un colegio Uno, también le buscará un puesto y beca a Nela para que vayan juntas. ¡Y listo! Las dos tienen un espacio reservado en el colegio más cercano a la casa.
Yo no pude hablar quién sabe por cuántos minutos, organizando mis ideas. «¿¡Cómo es que mi vida sigue, y sigue, y sigue cambiando como si tal cosa sin darme tiempo para nada...!?» Mientras pensaba eso y otras cosas por el estilo, mami seguía hablándome mientras sacaba libros de su gran bolso. Seis libros. Seis libros que, por su tamaño, sabía que eran escolares. Y, cuando los miré detenidamente, me di cuenta de que eran los libros de texto de la materia “Bases de lo sobrenatural” que tanto amaba Nela.
―… perfectas condiciones! ¡También me dio ―y empezó a sacarlos de su bolso― los cuadernos con sus apuntes y estudios para los exámenes! ¿Puedes creer que los ha guardado todos?
―¿Quién? ―pregunté yo, ida.
―¡Nela, por supuesto! ¿Acaso no oíste nada de lo que te dije?
―Eh, sí solo que… ¿Para qué es todo esto? ―en serio que a mi mente le estaba costando procesar las cosas.
―Para el examen de dentro dos semanas y media. ¿No te habíamos hablado ya de eso, Lena?
―Algo oí. ―y, por fin, mi cerebro se reseteó―: ¡Espera, espera! ¿Estás hablando del examen de admisión? ¿El examen para el que Nela estudió por medio año, y que solo los que tienen 85 o más pueden ingresar a los colegios especiales? ¿Ese examen?
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