PRIMERA PARTE
LA HABILIDAD INDETECTABLE
1. … Y nada pasó.
Nela dio un suspiro exageradamente lastimero y se sentenció:
―No me quedará otra que hacerme monja o sacerdotisa.
Conozco a Marianela Santos desde que estaba en primero, pero no nos hicimos amigas hasta que estuvimos juntas en cuarto de escuela, cuando ella supo que yo existía. Yo siempre supe que ella existía. Los que iban a esa clase eran conocidos por todos en la escuela, y Marianela se distinguía entre ellos. Su cabello salvajemente rizado y libre se puede ver a cientos de metros de distancia. Su altura más grande de la media y su figura curvilínea, que a los diez años había empezado a insinuarse, ya eran suficiente para remarcarla, como que usara vestimentas coloridas y tuviera ojos café sorprendentemente claros en contraposición con su piel oscura. Aun así, lo que más resaltaba de ella era su personalidad. Aunque era una de las personas más inteligentes que he conocido (su memoria para lo que le interesa no tiene comparación) también era tan vital, que a veces llegaba hasta un dramatismo que hasta a mí me sacaba de mis casillas.
Siempre supe que cuando Nela entró a mi sección y decidió ser mi amiga, lo hizo porque yo era algo así como un proyecto para ella. Las dos no podíamos ser más opuestas. Yo no era especialmente tímida, más bien reservada y podía ser pasada por alto con facilidad si lo deseaba. Y aun así llamé la atención de Nela, porque según sus palabras: «es como si fueras calma, y necesito un poco de eso en mi vida, ¿sabes?…» Y se rio con esa gran carcajada suya. Yo nunca entendí bien qué quiso decir con eso, pero me imaginé que era como un «polos opuestos se atraen».
Desde que Nela entró al grupo de mis amigas, las cosas se volvieron más alegres, divertidas y animadas. Ella tiene una gran manera de hacerte ver las cosas buenas y maravillosas de la vida, entre esas, las que están en uno mismo. En apoyar a los que quiere, Nela Santos es toda una artista.
Pero ser amiga de ella tiene sus altibajos, como el oír esa misma idea de ser monja o sacerdotisa por enésima vez. Tomé un respiro y me demandé a recordar lo tanto que mi mejor amiga había sufrido en esos meses antes de contestar:
―Es una opción ―le dije por comentar algo.
Pero ella me miró con sus grandes ojos y hasta pude ver como sus orificios nasales, ya grandes por su ascendencia africana, se abrieron un poco más.
―¿¡Pero como puedes decir eso, Lena!? ―exclamó tan fuerte que muchas personas de la calle la miraron. Acostumbrada a eso, le pedí que bajara la voz con un movimiento de mano y ella lo hizo―. Los católicos están bien y eso, que creo que el Dios de los monoteístas es el más poderoso de todos, y que ellos solo dejen a los Dieciséis ser parte de sus religiosos es de lo más conveniente para mí…
―Sin embargo, no puedes empezar a serlo hasta que tengas dieciocho años… ―empecé a decir mientras parábamos en una esquina, para esperar que la luz del semáforo se pusiera en rojo; Nela no me escuchó por estar diciendo, por enésima vez, los inconvenientes de esas profesiones:
―¡Pero es que sabes que las monjas no pueden ponerse pantalones, tienen que tener el cabello corto y, los dioses no lo permitan, no pueden usar maquillaje…! Eso sin añadir su necedad de que nada de pareja ni familia propia… Pero en cuanto a ser sacerdotisa, ¿de cuál deidad? Aquí están los greco-romanos, con los cuales sabes que no comulgo mucho. Y las pequeñas religiones voodoo de mi corazón están en los países islas del Atlántico, ―me alejé un poco de ella y su repetitiva conversación apenas se puso la luz en rojo―, pero es que ellos están tan atrasados en… ¡LENA, CUIDADO…!
Ese grito agudo de mi amiga siempre lo recordaré junto al sonido chirriante de los frenos al fondo, el que se acercaba inexorablemente hasta donde yo estaba. Y luego sentí el tirón de Nela que me había cogido del antebrazo para moverme hacia atrás, y el impacto del auto contra el lado de mi muslo. Caí al suelo estrepitosamente… El dolor me hizo gritar y desesperar al instante. Me había quebrado el fémur y dislocado la rodilla en ese instante… Una experiencia que jamás quiero volver a sentir.
No recuerdo mucho de lo que pasó después. Para mí, fueron momentos terribles de llanto, lágrimas y gritos. Es uno de esos recuerdos que, cuando vienen a mi mente, siento un escalofrío y tengo que menear la cabeza en un rotundo «No», espantarlo de dentro de mí.
Por lo que me contó Nela, ella me abrazó mientras gritaba a voz en cuello por ayuda y, luego, me trataba de tranquilizar. Las personas se agruparon a mi alrededor y, algunas de ellas, evitaron que el conductor del auto que me había golpeado se diera a la fuga.
No sé cuánto tiempo pasó cuando se oyeron las sirenas de la ambulancia. Nela dice que fue rápido, pero la cantidad de dolor que sentí me lo hace difícil de creer. Sé que grité como niña pequeña a la que le quitan su cobijita cuando uno de los paramédicos alejó a Nela de mí. Una mujer de unos cincuenta y algo obesa tomó su lugar y, con voz calmada, me dijo algo como «tranquila, todo va a estar bien. Ya se irá el dolor. Solo tienes que ser valiente por unos momentos más…» y yo le creí. Recuerdo que sentí algo así como paz, una alegría mientras me repetía mentalmente «ya termina, ya termina». Pero, para mi desesperación y frustración, el dolor siguió.
―¡Debe tener una protección defectuosa! ―dijo de repente una persona. Y, además de estar en gran dolor, también empecé a ser asaltada por las manos del tipo, que buscaba algo que no iba a encontrar por mi cuello y brazos y luego por debajo de mi ropa―. Tiene que estar por aquí, solo eso puede explicar…
Nela y la paramédico le gritaban a la vez algo como:
―¡No tiene nada! ¡Ya déjala en paz!
―¡Deja eso y ve por las medicinas de una vez!
Yo solo me quejaba y seguía llorando del maldito dolor.
Las manos me dejaron tan de repente como habían empezado el asalto. Creo que fue Nela la que me lo quitó de encima, porque pronto tomó el lugar de él a mi lado.
―No te preocupes, todo estará bien ―aunque, hasta en mi estado desorientado, oí miedo en su voz. Yo tenía los ojos cerrados, al menos hasta que la paramédico me hizo abrirlos y usó una luz para ver la reacción en mis pupilas. Eso me encegueció por un instante.
Pasaron un par de segundos más en que las dos me intentaron tranquilizar antes de que el otro paramédico regresara y preguntara algo como:
―¿Debo usar la pócima que…?
―¡Usa la medicina de una vez! ―le contestó de mala manera su compañera.
Lo que me puso fue algo muy potente. Sé que, lo que fuera, quitó el dolor y me puso «a volar» al instante. Después de eso, no recuerdo nada hasta despertar en una cama del hospital. Nela dice que estuve cantando una canción infantil entre risas por buena parte del camino hacia el hospital.
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