… La otra persona que entró a mi cuarto, por motivo de mi habilidad, fue el doctor Asclepión.
Acababa de pasar de nuevo por la indignante aventura de tener que ir al servicio sanitario con muletas y una pierna enyesada, cuando él ingresó mucho más pálido de lo que lo recordaba. Tenía una mano enguantada en una tela que fue tejida por lana dorada y brillante. De ese puño, salía una cadena de plata gruesa.
―Siento pedir su ayuda, señorita Segura. Pero en este momento no se nos ocurre nada más, y no podemos esperar más tiempo… ―dijo, sin siquiera esperar a que yo terminara de subirme a la cama― Si no fuera porque creo que es usted nuestra última oportunidad, ni le pediría esto.
Yo iba a negarme a lo que creí que era otro experimento, pero al ver su expresión, supe que se trataba de algo urgente. Dejé de intentar subirme a la cama y pregunté:
―¿Qué sucede?
Él me enseñó lo que tenía en su puño: un camafeo negro, con un símbolo en blanco con forma estrellada.
―Éste es un objeto que ha sido maldecido y conectado a una persona inocente que está a punto de morir. No tenemos tiempo para hacer el rito de contramedida porque el muy idiota no vino a tiempo y… ―negó con fuerza― Pero ese no es el punto. Por favor, ¿puede agarrarlo por todo este tiempo mientras alistamos el rito necesario? Tenga confianza de que no le hará nada, ningún daño…
Al ver la expresión de súplica en su rostro, actué por impulso. Tomé el camafeo y su cadena entre mis manos.
Luego sentí una oleada de miedo. ¿¡Estaba tomando un objeto maldito que estaba matando a alguien!? ¡¿Era idiota o qué?!
Pero se me fue pronto cuando no sentí nada. Solo un camafeo de metal liso, y algo caliente. Nada del otro mundo, aunque sé que el doctor sintió algo más. No sé qué fue, ni se lo pregunté, pero pude ver tanto alivio en su postura y el regreso del color de su rostro, que supe que para él sí hubo cambio. Cerró sus manos alrededor de las mías y me dijo con total sinceridad:
―Muchas gracias. ―Y se fue. Esa vez, su caminar era rápido y lleno de energía.
Lo oí decir algo afuera y, poco después, Frosine entró a la habitación, con los mismos guantes dorados que vi antes en sus manos.
―¡Muchas gracias, Elena! Has caído del cielo ―me dijo, antes de sentarse al sillón―: ¿te sientes bien?
―Sí, bien ―le respondí―. ¿En serio estoy ayudando con esto?
―No tienes idea. Es como si la maldición se hubiera ido.
Yo miré hacia mis manos.
―Es tan raro. Yo no siento nada del otro mundo… ―sentí que quería decir algo más al respecto, solo que no sabía qué.
―Un milagro caído del cielo ―repitió ella, aún más sonriente―. Gracias por hacer esto, en serio.
Nunca antes alguien me había agradecido de esa manera. Y, por primera vez, no me molestó tener la habilidad que acababa de descubrir.
-o-
Frosine y, desde que llegó unos minutos después, la doctora Arroyo; se mantuvieron vigilantes por las siguientes horas. Para mi vergüenza, la más joven tuvo que darme de comer porque, según corrieron los rumores, si yo no cubría del todo el objeto con mis manos, éste volvía a afectar al paciente maldito.
… Aún no podía creer que estaba aplacando una maldición mortal al tener un collar en mis manos. ¡Sí lo estaba haciendo mientras veía televisión!
Al parecer no era la única que no lo creía. Casi que todos los funcionarios del hospital lo querían ver con sus propios ojos. Desde poco después que el doctor Asclepión me visitó, empecé a ver como muchos de los doctores, enfermeros y curiosos varios se fijaban en mí cerca de la entrada del cuarto. No me hacía gracia, pero no pude hacer algo al respecto. Ni siquiera las palabras fuertes de Frosine los alejaron totalmente de allí.
Después de almorzar me dio tanto sueño que me dormí entre dos parpadeos. Cuando desperté mi madre, abuela y un señor en silla de ruedas me rodeaban. Éste último me agradeció de todo corazón. El incomodo que sentí por eso no fue del todo negativo. Era de esos que siento cuando se me adula demasiado.
Por la apariencia que tenía el hombre, aún cuando ya se estaba curando, era obvio que había estado al borde de la muerte. Parecía de unos sesenta años, pero luego supe que solo por lo desmejorada de su salud, pues en verdad andaba por los cuarenta. Era muy larguirucho, con piel amarillenta, cabello muy ralo y ojos enrojecidos. No paraba de darme las gracias, aún cuando su voz era tan apagada.
Su enfermera vino por él a los pocos minutos, algo de que tenía que hacerse de nuevo un tratamiento. Yo lo vi irse con una sonrisa en el rostro.
… Aún cuando supe que una de esas personas que me visitó en el hospital fue culpable del atropello y otros incidentes que vendrían después; el recuerdo de ese señor al que le acababa de salvar la vida siempre me hace sonreír.
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