Zero estaba en el estudio de la mansión de su infancia, revisando mapas y pistas con Iliana y el mayordomo. Cada nuevo dato lo llenaba de frustración; Estefano parecía estar siempre un paso adelante.
—Zero, deberías comer algo. Te estás agotando—dijo el mayordomo, sirviendo un plato con fruta fresca.
—No puedo pensar en comida ahora. No hasta que Adrián esté de vuelta—respondió Zero, sin apartar la mirada de las notas dispersas en la mesa.
Iliana, quien había estado observándolo en silencio, decidió intervenir. Se acercó a él, cruzando los brazos.
—Zero, entiendo que Adrián es importante para ti, pero no puedes seguir así. Si te derrumbas, no podrás salvarlo—dijo, su tono cargado de una mezcla de preocupación y frustración.
Zero levantó la mirada hacia ella, con el ceño fruncido.
—No necesito consejos, Iliana. Necesito resultados—respondió, cortante.
Ella apretó los labios, dolida por su frialdad, pero se negó a retroceder.
—Tal vez no los necesitas, pero necesitas a alguien que se preocupe por ti. Y yo lo hago, aunque te niegues a verlo—dijo, dando un paso más cerca de él.
Zero suspiró, cansado tanto física como emocionalmente.
—Iliana, esto no es un juego. Adrián está en peligro. No tengo tiempo para nada más—dijo, alejándose de ella.
Pero Iliana no se dejó intimidar.
—¿Y qué hay de mí, Zero? ¿Qué hay de todo lo que he hecho por ti? He estado a tu lado desde que todo esto comenzó. No soy solo una herramienta para que encuentres a Adrián. Yo… yo quiero estar contigo—confesó, su voz quebrándose al final.
Zero se detuvo en seco, sorprendido por la intensidad de sus palabras. Se giró hacia ella, con el rostro endurecido.
—Iliana, no quiero darte falsas esperanzas. Nunca he visto nada entre nosotros más allá de una alianza—respondió, sin suavizar el golpe.
Ella lo miró, sus ojos llenos de lágrimas, pero se negó a rendirse.
—No me importa. Estoy dispuesta a luchar por ti, Zero. Siempre lo he estado. No voy a rendirme, aunque sé que es una batalla perdida—dijo, con una determinación que dejó a Zero sin palabras.
Antes de que pudiera responder, el mayordomo entró al estudio.
—Señor Zero, tenemos una pista. Una propiedad en las afueras de la ciudad ha sido frecuentada por personas vinculadas a Estefano. Podría ser el lugar donde tienen a Adrián—informó.
Zero reaccionó de inmediato, recogiendo sus cosas.
—Prepárate. Nos vamos ahora—ordenó al mayordomo, ignorando por completo la presencia de Iliana.
Ella, sin embargo, no pensaba quedarse atrás.
—Voy contigo—dijo, tomando su chaqueta.
Zero la miró, dudando por un momento, pero finalmente asintió.
Mientras tanto, con Adrián…
Adrián estaba en el salón principal de la nueva mansión, intentando mantener la calma mientras Estefano lo observaba con una sonrisa posesiva.
—Adrián, creo que finalmente estamos comenzando a entendernos—dijo Estefano, acercándose a él.
Adrián forzó una sonrisa, sabiendo que cualquier signo de rechazo podría ser peligroso.
—Estoy haciendo lo mejor que puedo—respondió, con la voz temblorosa.
Estefano lo estudió por un momento antes de reír.
—Sabes, me gusta esta versión de ti. Sumiso, obediente… es encantadora—comentó, inclinándose para acariciar su rostro.
Adrián se estremeció, pero mantuvo su fachada. Cada día era una tortura, pero sabía que debía mantenerse fuerte si quería sobrevivir.
De vuelta con Zero…
Zero conducía hacia la propiedad señalada, con Iliana sentada a su lado. El silencio entre ellos era tenso, pero ella no parecía dispuesta a rendirse.
—Zero, ¿alguna vez te has detenido a pensar en lo que quieres para ti mismo?—preguntó, rompiendo el silencio.
—Ahora mismo, solo quiero a Adrián de vuelta—respondió, sin mirarla.
—¿Y después? ¿Qué harás cuando lo rescates?—insistió.
Zero apretó el volante, sin saber cómo responder. En el fondo, sabía que la respuesta era simple: quería estar con Adrián. Pero decirlo en voz alta era otra cosa.
Iliana lo observó, notando la lucha interna en su expresión.
—Zero, si realmente amas a Adrián, deberías decírselo. Pero si no…—hizo una pausa, tragando el nudo en su garganta—, entonces considera que alguien más podría estar dispuesta a hacerte feliz.
Él no respondió, su mente completamente ocupada por el rostro de Adrián.
Mientras tanto, Adrián seguía luchando por mantener la compostura. Cada día se sentía más atrapado, pero una chispa de esperanza brillaba en su interior. Sabía que Zero no se detendría hasta encontrarlo.
—No te rindas, Zero. Por favor, no te rindas—susurró, mirando al horizonte desde la ventana de su habitación.
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