El amanecer llegó y, con él, una pequeña ráfaga de luz atravesó la ventana de Adrián, bañando su rostro. La luz le quemó un poco los ojos y se despertó con una sensación extraña en el pecho. Abrió los ojos lentamente, todavía aturdido, pero en su interior había algo diferente, algo que no podía identificar. Los eventos de la noche anterior seguían rondando en su mente, como si no pudieran irse, como si, en medio de esa oscuridad, una sombra de tristeza lo envolviera.
Se levantó de la cama, se estiró y, al mirarse en el espejo, notó que algo había cambiado en su rostro. Su expresión no estaba marcada por la angustia y el cansancio de antes. Aunque su mirada seguía siendo la misma, había una chispa de algo nuevo, algo que no lograba comprender.
El hechizo… El hechizo debía haber comenzado a hacer efecto, pensó. Recordó la noche anterior, cuando había entregado sus gafas al brujo y cómo, entre la incertidumbre y el dolor, había decidido seguir adelante con la idea de que todo podría cambiar. "Hoy será el día en que todo se arregle", se dijo a sí mismo mientras se dirigía al baño.
Al mirarse en el espejo, no veía nada más que la misma persona que siempre había sido, pero con una ligera sensación de esperanza, aunque velada por la tristeza. Aunque algo había cambiado, algo dentro de él seguía atrapado en el recuerdo de lo que sucedió con Magnolia. Ella, su amiga, la única persona en la que había confiado, lo había traicionado de una manera tan dolorosa que aún le costaba creerlo. ¿Cómo podía haberle hecho eso? ¿Cómo podía haberse alineado con aquellos chicos que lo humillaban? ¿Era todo solo un juego para ella? Se sentó en la orilla de la cama, con la mente llena de preguntas que no tenían respuesta.
Un suspiro pesado salió de su pecho, pero decidió no dejar que esos pensamientos lo detuvieran. Miró su teléfono y vio varios mensajes de Magnolia, pero los ignoró. No quería saber nada de ella. Estaba dolido, demasiado herido para escuchar sus excusas. Aunque el hechizo lo había hecho sentir diferente, su corazón seguía siendo el mismo, y la traición de Magnolia seguía ardiendo como una herida abierta.
Salió de la casa y se dirigió a la escuela, aún con la esperanza de que algo cambiara, aunque una parte de él sabía que, por mucho que el hechizo hiciera que las personas lo vieran de otra manera, su interior seguiría siendo el mismo. La escuela lo esperaba con su cruel rutina: las risas, los murmullos, los chicos populares, y la mirada de todos hacia él. Pero algo parecía diferente, como si el aire mismo estuviera más ligero.
Al llegar a la escuela, sintió que los ojos de todos se volvían hacia él. Al principio pensó que era una casualidad, pero mientras caminaba hacia su clase, notó que la gente lo observaba más de lo habitual. Algunas chicas lo miraban con una sonrisa, y algunos chicos incluso lo saludaban con un gesto amistoso, lo que le pareció extraño. ¿Qué está pasando? pensó, confundido.
Cuando entró al salón, lo primero que notó fue la actitud de sus compañeros. Ya no se reían de él, ya no lo miraban con desdén. Al contrario, algunos incluso parecían interesados en hablar con él. Al principio pensó que era solo una ilusión, pero cuando se sentó en su lugar, notó que un par de chicas se acercaron, sonriendo.
—Hola, Adrián —dijo una de ellas, una chica que nunca le había dirigido la palabra antes—. ¿Cómo estás?
Adrián se quedó callado, sorprendido por la amabilidad de la chica. No estaba acostumbrado a eso. De hecho, era tan extraño que por un momento no supo cómo responder. La chica parecía interesada en él, pero sus pensamientos seguían atrapados en Magnolia, en lo que ella le había hecho. ¿Cómo podía sentirse feliz cuando el dolor por su traición seguía vivo dentro de él?
—Bien, gracias —respondió, intentando forzar una sonrisa.
Las chicas continuaron hablándole, pero Adrián apenas las escuchaba. No podía evitar pensar en Magnolia, en lo que había sucedido. La traición de su amiga seguía pesando en su pecho, como una carga que no podía soltar, aunque las personas a su alrededor comenzaran a verlo de manera diferente.
Mientras tanto, en el pasillo, Magnolia pasaba cerca de él. Sus ojos se encontraron brevemente, pero en ese momento, algo en su expresión cambió. Parecía que quería acercarse, pero se detuvo. Los murmullos de sus amigas, que estaban a su lado, la hicieron dudar. ¿Debería hablar con él? se preguntaba, pero el miedo la paralizaba. Sabía que había cometido un error, pero no encontraba la manera de enmendarlo.
Adrián, por su parte, sintió esa mirada y, por un momento, pensó en acercarse, pero el dolor lo detuvo. Ya no quería que ella lo viera con lástima, ni con esos ojos llenos de arrepentimiento. Ya no quería más excusas. No podía olvidar lo que había hecho, y no importaba cuántos chicos populares lo miraran ahora, el vacío que sentía por dentro era el mismo.
Al final, el hechizo de amor no cambió nada. Aunque las personas comenzaban a verlo con otros ojos, Adrián sabía que la verdadera transformación debía venir de él mismo. No podía esperar que un hechizo lo salvara de su tristeza, ni de la culpa que sentía por haber confiado en Magnolia.
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