Zero estaba sentado en el salón principal de la residencia de su infancia. El lugar, aunque lujoso, siempre le había parecido frío y vacío. Frente a él, Iliana, quien había insistido en acompañarlo, revisaba en su tableta la lista de propiedades registradas a nombre de la familia de Estefano. Ella parecía absorta en su tarea, pero cada tanto levantaba la mirada hacia Zero, estudiándolo.
—Zero, deberías descansar un poco. No has dormido en días—dijo, su tono más suave de lo habitual.
—No puedo descansar hasta que Adrián esté a salvo—respondió Zero sin apartar los ojos del mapa que había desplegado en la mesa.
Iliana suspiró, dejando la tableta a un lado.
—Siempre hablas de Adrián. ¿Es solo un amigo para ti?—preguntó, su tono cargado de curiosidad y algo más que Zero no quiso interpretar.
Él levantó la mirada, confundido por la pregunta.
—Claro que es mi amigo. Es la única persona que me importa en este mundo—respondió, con una sinceridad que sorprendió incluso a Iliana.
Ella sonrió, aunque había un atisbo de tristeza en su expresión.
—Debe ser alguien muy especial. No cualquier amigo mueve cielo y tierra para rescatar a otro de un loco como Estefano—comentó, inclinándose un poco hacia él.
Zero volvió a centrar su atención en el mapa, pero su mente se llenó de imágenes de Adrián. Recordó su sonrisa, su risa contagiosa, y la manera en que siempre parecía iluminar cualquier lugar al que llegaba. Su corazón latió con fuerza al darse cuenta de que Iliana tenía razón: Adrián no era solo su amigo.
Antes de que pudiera procesar ese pensamiento, Iliana se acercó más.
—Zero, sé que esto no es el momento ni el lugar, pero creo que deberías saberlo. Me importas, y no solo como un amigo o un aliado. Me importas de verdad—confesó, tomando su mano.
Zero la miró, sorprendido por sus palabras. Quiso responder, pero su mente seguía atrapada en el rostro de Adrián. Era como si su corazón le gritara que solo había espacio para una persona en él, y no era Iliana.
—Iliana, yo…—comenzó a decir, pero fue interrumpido por el sonido del teléfono del mayordomo.
El hombre entró al salón con una expresión tensa.
—Señor Zero, tenemos noticias. Parece que Estefano ha movido nuevamente a Adrián. Pero esta vez, su destino es mucho más difícil de rastrear. Los registros fueron completamente borrados, y los guardias están actuando con más cautela—informó.
Zero se levantó de golpe, su determinación renovada.
—¿Qué significa eso? ¿Es un callejón sin salida?—preguntó, apretando los puños.
—No exactamente. Estefano está confiando en una red de contactos muy peligrosa. Si seguimos presionando, corremos el riesgo de alertarlo y que desaparezca por completo con Adrián—explicó el mayordomo, con una mirada de preocupación.
Iliana se acercó, colocando una mano en el hombro de Zero.
—Entonces tenemos que ser más inteligentes que él. Si Estefano cree que tiene todo bajo control, podemos usar eso a nuestro favor—sugirió, su tono lleno de confianza.
Zero asintió, pero su mente seguía centrada en Adrián. Sabía que cada minuto que pasaba era una tortura para él.
Mientras tanto, con Adrián…
Adrián estaba sentado en el sofá de la nueva mansión, con Estefano a su lado. El hombre había ordenado una cena lujosa para celebrar su "amor", pero Adrián apenas podía tragar un bocado.
—¿No te gusta la comida, cariño?—preguntó Estefano, colocando una mano en su pierna.
Adrián forzó una sonrisa, sabiendo que cualquier signo de rechazo podría ser peligroso.
—Es deliciosa. Solo estoy un poco cansado—respondió, bajando la mirada.
Estefano lo observó por un momento antes de sonreír.
—Tal vez necesitas algo de aire fresco. Mañana daremos un paseo por los jardines. Estoy seguro de que te encantará—dijo, como si todo esto fuera completamente normal.
Adrián asintió, aunque su mente estaba muy lejos. Pensaba en Zero, en cómo estaría, y en si realmente podría salvarlo. La idea de que nadie viniera por él lo llenaba de un terror indescriptible.
—Te necesito, Zero—murmuró para sí mismo, mientras fingía prestar atención a Estefano.
De vuelta con Zero…
Zero estaba revisando las nuevas pistas con Iliana y el mayordomo, pero no podía dejar de sentir la presión del tiempo. Cada segundo que pasaba, Adrián estaba más lejos, y eso lo volvía loco.
—Zero, ¿estás bien?—preguntó Iliana, notando la tensión en su rostro.
—No. No estoy bien hasta que Adrián esté de vuelta conmigo—respondió, sin detenerse a mirar los papeles frente a él.
Iliana lo observó en silencio, dándose cuenta de lo profundo que eran los sentimientos de Zero por Adrián. Por primera vez, entendió que nunca podría competir con lo que él sentía por su amigo.
—Si lo amas tanto, ¿por qué no se lo dices?—preguntó, su voz cargada de sinceridad.
Zero se detuvo, sorprendido por su pregunta.
—Porque ahora no importa. Lo único que importa es salvarlo—respondió, con una convicción que dejó sin palabras a Iliana.
Ella asintió, tragándose su propio dolor.
—Entonces, hagámoslo. Lo encontraremos, cueste lo que cueste—dijo, decidida a ayudarlo, aunque eso significara renunciar a sus propios sentimientos.
Adrián, por su parte, seguía luchando por sobrevivir. Fingir amor por Estefano era cada vez más difícil, pero sabía que era su única opción. Aunque estaba rodeado de lujos, se sentía más atrapado que nunca.
—¿Dónde estás, Zero?—susurró, mirando la luna desde la ventana de su habitación.
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