Al despertar, Adrián no sintió nada diferente. El sol de la mañana se filtraba por las rendijas de su ventana, como cualquier otro día, pero algo en él no estaba bien. Sus pensamientos aún estaban atrapados en la tormenta emocional que había provocado el hechizo de amor. La situación con Magnolia, la traición de su mejor amiga, lo había dejado destrozado. A pesar de que el hechizo prometió cambiar su vida, la tristeza seguía envolviéndolo como una manta pesada.
Se levantó de la cama, miró su reflejo en el espejo y vio sus gafas, las mismas que el brujo había usado en el ritual. El hechizo había comenzado. Debería sentirse diferente, pero lo único que sentía era un vacío aún mayor. ¿Acaso el hechizo realmente traería el amor que tanto anhelaba? ¿O solo traería más sufrimiento?
El día en la escuela comenzó como cualquier otro. Adrián caminó por los pasillos, con la cabeza baja y la sensación de que todos lo observaban. El silencio en torno a él se hacía cada vez más pesado, y no podía evitar preguntarse si realmente había cambiado algo. El hechizo estaba en marcha, pero el miedo y la ansiedad lo consumían. Sabía que la atención de los demás lo acechaba, pero no estaba listo para enfrentar lo que se venía.
Al entrar a clase, un murmullo recorrió el aula. Estefano, un compañero que siempre lo había tratado con desprecio, no dejaba de mirarlo desde su asiento. Adrián intentó ignorarlo, pero la sensación de incomodidad creció. Lo que no sabía era que Estefano estaba experimentando algo completamente diferente. El hechizo de amor había afectado a Estefano de manera mucho más profunda y perturbadora de lo que Adrián podría imaginar.
Estefano nunca había mostrado interés en Adrián, pero esa mañana, al mirarlo, algo cambió en él. La atracción, una obsesión que lo consume, comenzó a apoderarse de sus pensamientos. No podía dejar de mirarlo, sus ojos se clavaron en Adrián como si fuera lo único que importara. Cada vez que Adrián se movía, Estefano lo seguía con la mirada, y sus pensamientos se llenaban de fantasías inquietantes sobre el joven. Esta obsesión se fue apoderando de él, como si fuera una enfermedad que no podía controlar.
El hechizo había hecho algo extraño con Estefano. Ya no era solo un compañero de clase que lo ridiculizaba. Ahora, en su mente, Adrián era todo lo que deseaba, y la atracción era tan fuerte que no podía resistirla. Comenzó a acercarse más y más, buscando excusas para hablar con Adrián, para estar cerca de él, sin entender que lo que sentía era mucho más que simple admiración. Estefano no sabía que la línea entre el amor y la locura se estaba desdibujando para él.
En medio de su tormenta interna, Adrián escuchó un comentario de Estefano mientras caminaba por los pasillos de la escuela. “Es el marica”, dijo con desprecio, haciendo que todos los demás rieran. Pero lo que Adrián no sabía es que Estefano, al decir estas palabras, en realidad estaba intentando acercarse a él de una manera extraña y peligrosa. No podía dejar de mirarlo, y el hechizo lo había arrastrado hacia un mundo en el que la obsesión y el deseo se mezclaban de manera insana.
A medida que Adrián intentaba huir de la situación, un cambio siniestro comenzó a notarse en el ambiente. No solo Estefano estaba afectado por el hechizo, sino que toda la atmósfera en la escuela se volvía cada vez más extraña. Los profesores, que antes eran una presencia neutral, comenzaban a comportarse de manera errática. Algunos se mostraban visiblemente confundidos, otros evitaban el contacto con los estudiantes, como si un manto oscuro los envolviera. El hechizo de amor no solo había afectado a los estudiantes, sino que también había alterado la psique de aquellos que se encargaban de educarlos.
Adrián, al darse cuenta de que la situación estaba fuera de control, se sintió aún más vulnerable. Cada vez que cruzaba una mirada con los profesores, sentía que algo en ellos había cambiado. Algunos lo miraban con una extraña mezcla de simpatía y ansiedad, como si estuvieran atrapados en el mismo hechizo. La tensión en el aula era palpable, y Adrián, incapaz de entender lo que sucedía, solo deseaba que todo terminara.
Sin embargo, había una excepción. Zero, un compañero que siempre había estado en las sombras, parecía ajeno a todo lo que estaba ocurriendo. Mientras los demás estudiantes se veían arrastrados por la locura del hechizo, Zero mantenía su calma. Su mirada hacia Adrián era diferente: no era de obsesión ni de desconcierto, sino de una admiración genuina. Zero siempre había mirado a Adrián con respeto, no por la popularidad, ni por la apariencia, sino por la actitud positiva que Adrián mostraba incluso en los momentos más difíciles. Zero había visto el sufrimiento de Adrián, y su corazón le decía que debía protegerlo.
Era claro que Zero sentía un amor platónico y puro por Adrián, una especie de amor que no buscaba nada más que ver a Adrián feliz. A diferencia de los demás, Zero no veía a Adrián como un objeto de deseo o de ridiculez. En sus ojos, Adrián era una persona digna de respeto y cariño. Y fue Zero quien, al ver que Adrián estaba a punto de ceder ante la presión, se acercó a él en los pasillos.
—No te preocupes, Adrián —le dijo con suavidad—. No todos en esta escuela son como ellos. Yo estoy aquí para ti.
Adrián, con la confusión y el miedo invadiéndolo, miró a Zero. En medio de tanta locura, Zero era su único refugio. El resto de la escuela parecía estar desmoronándose, pero él se sentía algo más tranquilo sabiendo que, al menos, tenía a alguien en quien confiar.
Zero comenzó a proteger a Adrián, impidiendo que Estefano se acercara demasiado, y dándole apoyo cada vez que veía que el hechizo tomaba un giro aún más oscuro. Zero sabía que no podía permitir que Adrián se hundiera en la obsesión de Estefano, ni en el caos generado por el hechizo. El amor que sentía por Adrián, aunque platónico, le daba la fuerza para luchar contra todo lo que estaba ocurriendo.
A medida que pasaban los días, Adrián comenzó a sentirse más atrapado en la red del hechizo. El amor que había buscado con tanto deseo lo estaba desbordando, y la presencia de Estefano, cada vez más acosadora, lo aterraba. Lo que había comenzado como un intento de encontrar el amor ahora lo estaba arrastrando a un infierno emocional del que no sabía cómo escapar.
Y mientras todo se desmoronaba a su alrededor, Adrián se dio cuenta de algo importante: el hechizo no solo afectaba a las personas que lo rodeaban, sino que también estaba cambiando su propio corazón. ¿Realmente quería que el amor llegara de una manera tan destructiva? ¿Acaso había hecho un trato con fuerzas que no podía controlar?
La angustia y la desesperación se apoderaron de él mientras, en su mente, una pregunta surgió con fuerza: ¿sería este el precio del amor?
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