Adrián no podía quitarse la sensación de que la oscuridad lo estaba envolviendo. Había pasado días intentando entender lo que estaba sucediendo, lo que Estefano había provocado con su obsesión, y lo que había desatado en su vida con ese maldito hechizo. El miedo era constante, y el peso de la culpa lo aplastaba cada vez más. ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué había caído en la desesperación de querer ser querido a cualquier precio?
Caminar con Zero por las calles vacías de la ciudad parecía una pequeña escapatoria de la prisión mental en la que se encontraba. Sin embargo, había algo que había estado ocultando, algo que sabía que debía compartir, aunque temía las consecuencias. No podía seguir callando. No podía seguir cargando con el peso de su propia impotencia y el miedo a lo que Estefano pudiera hacerle.
Detuvo su paso de repente, su respiración entrecortada por la ansiedad que sentía. Zero, que había estado caminando a su lado, lo miró con curiosidad.
—¿Qué pasa, Adrián?—preguntó, su tono suave pero atento.
Adrián levantó la vista y lo miró a los ojos. La mirada de Zero siempre había sido un refugio para él, algo que lo hacía sentir que no estaba completamente solo. Pero ahora, en este momento, no podía evitar sentir una ola de vergüenza y miedo al confesar lo que había hecho.
—Zero…—dijo, su voz temblorosa. —Tengo algo que contarte. Algo… que nunca pensé que diría, pero necesito que lo sepas. Necesito que entiendas por qué esto está pasando.
Zero lo observó en silencio, percibiendo la tensión que emanaba de Adrián. Podía ver que algo lo estaba atormentando, pero no sabía qué era. Decidió darle espacio, esperando que Adrián pudiera encontrar las palabras.
—Adrián, sabes que siempre estaré aquí para ti. No importa lo que sea—dijo finalmente, su tono sincero y cálido.
Adrián respiró hondo y comenzó a hablar, la verdad saliendo de sus labios con una mezcla de miedo y arrepentimiento.
—Fue un hechizo. Busqué la ayuda de un brujo para… para hacer que las personas me aceptaran. Quería que me quisieran, que me vieran como algo más que una sombra en sus vidas. Estaba tan cansado de ser invisible, de sentir que nadie me importaba… y pensé que, si el hechizo funcionaba, tal vez las cosas cambiarían. Pero no sabía lo que estaba haciendo. No sabía lo que estaba desatando—dijo, su voz quebrándose mientras las lágrimas amenazaban con caer.
Zero frunció el ceño, procesando lo que Adrián acababa de decir. No creía en hechizos ni magia, pero vio el dolor genuino en los ojos de Adrián y comprendió que para él, aquello era una realidad que no podía ignorar.
—Adrián, sé que te sientes atrapado, pero… no creo en esos cosas de los hechizos. Pero lo que sé con certeza es que no eres el único que está pasando por esto. Yo también lo estoy. Y juntos vamos a encontrar una solución—dijo, intentando darle consuelo.
Adrián no pudo evitar soltar un suspiro de alivio al escuchar esas palabras. Aunque Zero no compartía su creencia en el hechizo, el hecho de que estuviera dispuesto a apoyarlo le dio una pequeña chispa de esperanza. Pero aún quedaba la oscuridad dentro de él, el miedo de que todo esto se fuera de control, de que Estefano no lo dejara en paz.
—¿Y si no puedo detenerlo? ¿Y si él sigue… sigue obsesionado conmigo?—preguntó Adrián, su voz quebrada por la angustia.
Zero no dudó. Se acercó a él y lo abrazó, envolviéndolo en sus brazos con una calidez que lo reconfortó al instante. Adrián cerró los ojos, sintiendo el consuelo que le brindaba ese gesto. Sabía que Zero no tenía todas las respuestas, pero el simple hecho de tenerlo allí, de saber que no estaba solo, era suficiente para que el miedo se suavizara un poco.
—No estás solo, Adrián. No tienes que enfrentarlo todo por ti mismo. Yo estaré contigo en cada paso. Si Estefano no puede ver lo que de verdad eres, entonces vamos a mostrarle lo que en realidad importa. Tú eres más que esto, más que ese hechizo y más que la obsesión de una persona—dijo Zero con firmeza, abrazándolo aún más fuerte.
Adrián se aferró a él, cerrando los ojos para dejarse llevar por el consuelo de sus palabras. Por un momento, el peso del mundo se desvaneció, y sintió que tal vez, solo tal vez, podría encontrar una salida a esta pesadilla. Aunque el hechizo lo había puesto en esta situación, sabía que no era el único factor que definía su vida. Su valor, su fortaleza y la gente que lo apoyaba también formaban parte de la ecuación.
—Gracias… gracias por no dejarme solo—murmuró, su voz apenas un susurro.
Zero sonrió contra su hombro, aunque no dijo nada más. Sabía que las palabras no siempre eran necesarias. A veces, lo único que se necesitaba era estar allí, en el momento adecuado, para brindar el apoyo que el otro necesitaba.
Poco a poco, Adrián se sintió más tranquilo. El miedo no había desaparecido por completo, pero se sentía más capaz de enfrentarlo. No sabía cómo iba a resolver todo esto, pero con Zero a su lado, sentía que había una posibilidad. Un resquicio de esperanza en medio de tanta oscuridad.
—Vamos a salir de esto, Adrián. Juntos—dijo Zero, y Adrián asintió, con más determinación que nunca.
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