La mañana siguiente al hechizo, Adrián se despertó con un sentimiento extraño. El hechizo, que había sido su última esperanza para encontrar el amor y ser aceptado, no había tenido el efecto que esperaba. En lugar de sentirse más feliz o tranquilo, Adrián sentía una presión constante sobre su pecho, como si el mundo entero estuviera mirándolo con una atención incómoda. Al principio pensó que solo era su paranoia, pero pronto se dio cuenta de que algo estaba pasando. Todos, en la escuela, parecían mirarlo de una forma diferente.
Al llegar al colegio, no tardó en darse cuenta de que algo había cambiado. Los estudiantes lo miraban con una intensidad nueva, una mirada que parecía hacerle peso a cada paso que daba. Las chicas lo miraban como si fuera una figura deseable, mientras que los chicos lo observaban con celos o incluso con admiración. Pero lo peor era la mirada de Estefano.
Estefano, el chico popular que siempre lo había ridiculizado, ahora lo observaba con una fijación inquietante. Adrián no podía entender lo que estaba sucediendo. Estefano había sido cruel con él en el pasado, y ahora, de alguna manera, parecía estar obsesionado con él. Cada vez que Adrián pasaba cerca de Estefano, sentía una mirada penetrante que lo hacía sentir incómodo, como si estuviera siendo analizado y estudiado. Al principio, pensó que solo era una coincidencia, pero pronto se dio cuenta de que Estefano no lo dejaba en paz.
—¿Te gustaría pasar el rato conmigo?—le dijo una vez Estefano, de una manera que hizo que Adrián se sintiera extraño. No era la clase de invitación amistosa que Adrián esperaba. Era algo más. Algo que lo ponía en alerta. Estefano lo miraba como si lo viera no como una persona, sino como un objeto de deseo, y eso lo aterraba.
Con el paso de los días, las cosas solo empeoraron. Estefano no se conformaba con solo mirarlo desde lejos. Empezó a acercarse más, invadiendo su espacio personal. En los pasillos, en la cafetería, en los pasillos después de clase, Estefano siempre parecía estar cerca. No solo lo miraba; lo tocaba, le susurraba cosas en el oído. Cada vez que Adrián intentaba alejarse, Estefano lo seguía, cada vez más insistente.
Adrián, que antes había tenido miedo de enfrentarse a Estefano, ahora sentía que esa sensación se intensificaba, como si estuviera atrapado en una pesadilla. No sabía cómo había llegado a este punto, ni qué había hecho mal, pero sentía que estaba perdiendo el control de su propia vida. Lo peor era que el hechizo de amor, en lugar de traerle consuelo, parecía haber desatado una fuerza que no podía controlar. La gente a su alrededor, especialmente Estefano, ya no lo veía como un ser humano, sino como un objeto sobre el que podían proyectar sus deseos y obsesiones.
Un día, mientras caminaba por el pasillo, Estefano lo alcanzó y lo empujó suavemente contra la pared, sin que nadie lo viera. Adrián se tensó, el miedo recorriéndole el cuerpo.
—¿Vamos, Adrián? Sabes que tú también lo deseas—susurró Estefano, su voz cargada de algo que Adrián no quería identificar. El chico le tocó el brazo de manera firme, pero Adrián se apartó rápidamente, su corazón latiendo a toda velocidad.
—¡No!—gritó Adrián, alejándose lo más rápido que pudo. No era solo el hecho de que Estefano lo estuviera acosando, sino lo que eso significaba para él: su vida estaba fuera de control, y su seguridad se había visto invadida.
Durante las siguientes horas, la situación empeoró. En clase, sus compañeros ya no podían dejar de mirarlo. Algunos, que antes se habían mantenido al margen, ahora parecían seguirlo, esperando una oportunidad para acercarse. Los susurros, las sonrisas incómodas, los gestos, todo se sentía como una invasión. Adrián no podía pensar con claridad. Sentía que todos lo observaban, como si fuera una pieza de exhibición en un escaparate, y la presión lo estaba consumiendo.
En el recreo, trató de escapar a la zona del jardín, donde a menudo se refugiaba para calmarse, pero allí, de nuevo, se encontró con Estefano. Él lo esperaba, apoyado contra la valla, con una sonrisa que Adrián no podía descifrar.
—Sabes, Adrián—comenzó Estefano, acercándose—, no tienes que seguir fingiendo. Sé lo que quieres. Todos lo sabemos. Solo tienes que aceptarlo.
Adrián no pudo soportarlo más. El miedo y la confusión lo embargaban. No sabía qué había cambiado en su vida, pero todo lo que había querido ahora parecía estar al alcance de alguien que lo trataba como si fuera un juguete, algo que se podía poseer y manipular. Él no quería eso. No era eso lo que había deseado cuando se hizo el hechizo.
Fue en ese momento cuando la figura de Zero apareció, como una luz en medio de la oscuridad. Zero siempre había sido el chico tranquilo, que no se metía en los problemas de los demás, pero Adrián sabía que podía confiar en él. Cuando Estefano intentó acercarse más, Zero se interpuso, mirándolo fijamente con una determinación que hizo que Estefano se detuviera.
—Déjalo en paz—dijo Zero, su voz firme y autoritaria. Estefano, aunque desconcertado por la repentina intervención, no dijo nada y se apartó, no sin antes lanzar una última mirada a Adrián. Zero permaneció cerca de él, sin decir una palabra más, pero Adrián lo miró con gratitud.
—Gracias—murmuró Adrián, su voz temblorosa.
Zero solo asintió y le ofreció una pequeña sonrisa.
—No estás solo—dijo, y esas palabras fueron todo lo que Adrián necesitaba oír. En un mundo donde todo parecía desmoronarse, donde su vida se estaba volviendo cada vez más aterradora, Zero era el único refugio seguro, el único que no parecía mirarlo como algo para poseer o controlar.
Pero Adrián sabía que las cosas no se quedarían así. Estefano no era el único que estaba afectado por el hechizo. A medida que pasaban los días, la escuela entera parecía haber caído bajo el mismo hechizo, como si todos estuvieran observándolo con ojos diferentes, llenos de una necesidad que lo asfixiaba. Lo que había comenzado como una búsqueda de amor ahora se había convertido en una pesadilla, y Adrián no sabía si podría salir de ella.
Cada vez que miraba a Zero, sentía una extraña mezcla de alivio y culpa. Sabía que él lo protegería, pero también sabía que no podía seguir dependiendo de él para siempre. Necesitaba encontrar una forma de controlar lo que había desatado, antes de que Estefano, o cualquiera más, cruzara una línea de la que no pudiera escapar.
La escuela ya no era un lugar seguro. Estaba rodeado de miradas y deseos que no comprendía, y su único refugio era Zero, el chico que siempre había estado allí para él, pero que no podía seguir protegiéndolo de todo. Adrián tenía que encontrar una manera de enfrentar su realidad y recuperar el control de su vida, o temía que, tarde o temprano, perdería todo lo que le quedaba.
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