capítulo 11

Zero no recordaba la última vez que había caminado hacia la mansión de su infancia. Cada paso lo llenaba de rabia y desagrado. Aquel lugar era sinónimo de todo lo que detestaba: poder abusivo, opresión y un desprecio que aún ardía en sus venas. Sin embargo, si quería salvar a Adrián, no tenía opción. Sabía que debía recurrir al único aliado en esa casa que alguna vez había mostrado un mínimo de humanidad: el mayordomo de confianza de la familia.

Al llegar frente a la majestuosa puerta principal, inspiró profundamente. Estaba lejos de sentirse bienvolvido, pero era una visita necesaria. Tocó con fuerza, y la puerta se abrió con rapidez. El rostro severo del mayordomo apareció al instante, su expresión impenetrable.

—Señor Zero —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿A qué debo el honor de esta visita?

Zero apretó los dientes. Odiaba ese tono formal. Pero sabía que no podía perder el tiempo con resentimientos.

—Necesito tu ayuda —declaró sin rodeos, su voz firme—. No tengo tiempo para explicaciones innecesarias. Alguien que me importa está en peligro, y tú eres la única persona que puede darme acceso a los recursos de esta casa sin que mis padres lo sepan.

El mayordomo entrecerró los ojos, evaluando sus palabras.

—Sabe que esto puede traerle problemas, ¿verdad? Si sus padres se enteran, podrían tomar represalias contra ambos.

—No me importa —respondió Zero con frialdad—. Lo único que me importa es sacarlo de las garras de ese lunático. No me falles.

El mayordomo asintió con seriedad y, sin más palabras, le hizo un gesto para que lo siguiera. Lo condujo a un despacho privado, lejos de las cámaras de seguridad y los oídos indiscretos.

—¿Qué necesita, señor? —preguntó mientras cerraba la puerta detrás de ellos.

—Información sobre Estefano y su familia. Sé que tienen influencia, pero necesito saber hasta dónde llegan sus contactos. También quiero saber dónde puede estar escondido Adrián.

El mayordomo tomó asiento frente a un escritorio y encendió una computadora. Mientras buscaba en sus archivos, su rostro reflejaba una mezcla de cautela y urgencia.

—Esto no será fácil, señor Zero. La familia de Estefano es extremadamente poderosa. Su padre tiene contactos en la policía, en el gobierno, incluso en medios de comunicación. Si intentamos algo sin precaución, podríamos ponernos en peligro.

—No me importa el peligro —gruñó Zero, golpeando la mesa con los puños—. Solo quiero encontrarlo. Y rápido.

Antes de que el mayordomo pudiera responder, alguien abrió la puerta del despacho. Una joven de cabello oscuro y ojos penetrantes entró sin previo aviso. Su actitud denotaba confianza, casi arrogancia.

—¿Así que has vuelto, Ezequiel? —dijo, enfatizando el nombre con una sonrisa burlona.

Zero se tensó al instante. Odiaba que lo llamaran por su nombre real, y ella lo sabía. Sus ojos destellaron con furia al mirar a la intrusa.

—No vuelvas a llamarme así —responsió con su voz lleno de veneno—. ¿Qué estás haciendo aquí?

La joven ignoró su enojo y se apoyó casualmente en el marco de la puerta, como si estuviera disfrutando de la situación.

—Escuché que necesitabas ayuda. Tal vez pueda serte útil. Pero claro, todo tiene un precio.

—No estoy interesado en lo que tengas que ofrecer —replicó Zero con dureza—. Esto no tiene nada que ver contigo.

Ella alzó una ceja, desafiante.

—Oh, pero creo que sí. He oído rumores sobre Estefano y sus... caprichos. Sé que alguien que te importa está involucrado. Y sé cosas que tú no. Pero si no quieres mi ayuda, está bien.

Zero apretó los puños. La situación ya era suficientemente tensa, y la aparición de esta joven solo complicaba más las cosas. Pero no podía permitirse ignorar cualquier posible ventaja, por más irritante que ella fuera.

—Habla —dijo finalmente, aunque su tono seguía siendo hostil.

—Con una condición —respondió ella, sonriendo con malicia—. Me dejas acompañarte. Quiero ver cómo resuelves este desastre, Ezequiel.

Zero inhaló profundamente, intentando contener su ira. El mayordomo, que había observado el intercambio en silencio, decidió intervenir.

—Señor Zero, quizás deberíamos escuchar lo que tiene que decir. Podría tener información útil.

Zero asintió con visible desagrado. No le gustaba la idea, pero no podía arriesgarse a perder una oportunidad de encontrar a Adrián.

La joven sonrió triunfante y se acercó al escritorio.

—Estefano no está actuando solo. Tiene a varias personas vigilando los movimientos de cualquiera que intente buscarlo. Incluso tiene a un grupo de policías trabajando para él. Si realmente quieres llegar a Adrián, necesitarás ser más inteligente que ellos.

El mayordomo asintió lentamente, procesando la información.

—Podemos usar esto a nuestro favor. Si logramos infiltrar a alguien en el círculo de confianza de Estefano, podríamos obtener pistas sobre dónde lo tiene escondido.

Zero miró al mayordomo y luego a la joven. Aunque odiaba admitirlo, necesitaba toda la ayuda posible. Pero una cosa era segura: no iba a permitir que ella usara su verdadero nombre de nuevo.

—Está bien —dijo finalmente, con los dientes apretados—. Pero no vuelvas a llamarme por mi nombre. Y si haces algo que ponga en peligro a Adrián, te arrepentirás.

La joven solo sonrió, claramente disfrutando de la situación.

El tiempo corría, y Zero sabía que no podía fallar. La vida de Adrián dependía de él, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para traerlo de vuelta. Aunque eso significara enfrentar a sus demonios del pasado y aliarse con alguien que despertaba en él tanta desconfianza como irritación.

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