Alexander

A medida que pasaban los días, la relación entre Alexander y Natalia se volvía cada vez más intensa. Pasaban horas y horas en la cafetería, compartiendo historias de sus vidas, sueños y aspiraciones. A menudo, intercambiaban libros y música que consideraban que el otro disfrutaría.

Alexander admiraba la pasión de Natalia por la música y cómo podía transformar las emociones en hermosas melodías. A menudo la escuchaba tocar el piano en la pequeña tarima de la cafetería, mientras sus dedos danzaban sobre las teclas, creando música que llenaba el ambiente de magia.

Natalia, por su parte, encontraba en Alexander una mente creativa y apasionada. Le fascinaba cómo podía plasmar sus pensamientos en palabras con tanta facilidad. A menudo, lo veía escribir en su cuaderno.

Una tarde, mientras la cafetería estaba especialmente tranquila, Alexander se sentó frente a Natalia. El suave murmullo de los otros clientes proporcionaba un telón de fondo relajante. Alexander miró a Natalia con una sonrisa juguetona y dijo: —Natalia, ¿alguna vez has soñado con hacer algo completamente espontáneo e inesperado?

Natalia arqueó una ceja, intrigada. — ¿A qué te refieres, Alexander?

Alexander continuó: —He estado pensando en esto últimamente. Estamos atrapados en una rutina: la cafetería, nuestras charlas, nuestras risas. Y aunque todo eso es increíble, ¿qué tal si hacemos algo que ninguno de los dos espere?

Natalia sonrió, cautivada por la idea. — ¿Y qué tienes en mente?

Alexander se inclinó un poco más cerca, mirando profundamente a los ojos de Natalia. — ¿Qué tal si nos tomamos un día libre juntos, sin planes ni expectativas? Podemos ir a algún lugar que ninguno de los dos haya visitado antes, solo explorar y disfrutar el tiempo juntos.

Natalia estaba emocionada por la idea. Había algo liberador en la espontaneidad propuesta por Alexander. Asintió con entusiasmo. —Me encantaría, Alexander. Un día libre suena perfecto.

Al día siguiente, sin hacer ningún plan previo, Alexander y Natalia se aventuraron en un viaje sin destino fijo. Fue una mañana soleada cuando comenzaron su aventura. Decidieron comenzar con un paseo por el centro de la ciudad, descubriendo rincones que nunca antes habían notado.

Su primera parada fue un pequeño parque escondido entre los altos edificios del centro de la ciudad. Encontraron un banco bajo la sombra de un árbol y se sentaron juntos. Alexander miró a Natalia y le preguntó: — ¿Recuerdas cuándo hablamos por primera vez en la cafetería?

Natalia asintió con una sonrisa. —Claro, cómo podría olvidarlo. Ese fue el comienzo de todo.

Alexander asintió, recordando ese día con cariño. —Fue un día que cambió mi vida. Y hoy, estamos aquí, disfrutando de este día juntos, lejos de las rutinas y las preocupaciones.

— Sí, Alexander, es increíble cómo la vida nos ha llevado hasta aquí.

Después de un rato en el parque, decidieron visitar un museo de arte cercano. Se perdieron entre las pinturas y las esculturas, compartiendo sus pensamientos sobre las obras de arte y las historias que podrían estar detrás de ellas. Era como si el arte se convirtiera en un lenguaje que profundizaba su conexión.

La siguiente parada fue un mercado callejero, donde exploraron puestos de comida y disfrutaron de platos exóticos. Compartieron risas y sabores, creando nuevos recuerdos juntos.

Por la tarde, encontraron un sendero que los llevó a un hermoso mirador con vistas a la ciudad. Se sentaron en un banco allí, admirando la vista panorámica mientras el sol comenzaba a ponerse. Era un momento tranquilo y especial.

El sol lanzaba destellos dorados sobre los edificios de la ciudad mientras Alexander y Natalia disfrutaban de la vista desde el mirador. Las luces de la ciudad comenzaron a encenderse una a una, creando un espectáculo de destellos brillantes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Natalia miró a Alexander y le sonrió. —Alexander, este día ha sido increíble. Nunca imaginé que un día sin planes previos pudiera ser tan especial—.

Alexander asintió, mirando a Natalia con ternura. —Cada momento contigo es especial, Natalia.

El viento suave soplaba a su alrededor, llevando consigo risas distantes y el murmullo de la ciudad. Alexander se puso de pie y extendió la mano hacia Natalia. — ¿Bailarías conmigo, Natalia?

Natalia aceptó su mano y se levantó con gracia. Los dos comenzaron a bailar lentamente en el mirador, como si estuvieran en su propia burbuja de amor. La ciudad seguía su ritmo frenético a su alrededor, pero para ellos, solo existían el uno para el otro.

Durante ese baile, compartieron historias, risas y miradas profundas. Hablaron sobre sus sueños y deseos. La conexión entre ellos creció con cada momento compartido.

Con el tiempo, la noche se cerró completamente y las luces de la ciudad brillaron como un océano de estrellas. Alexander y Natalia siguieron bailando, sin apuro, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

Finalmente, cuando el cansancio los alcanzó, regresaron a la ciudad. Decidieron terminar su día en la misma cafetería donde se conocieron. Tomaron asientos cerca de la ventana y compartieron una taza de café humeante.

Natalia miró a Alexander y le dijo con cariño: —Gracias por este día, Alexander. Ha sido inolvidable—.

Alexander le tomó la mano y respondió: —No, gracias a ti, Natalia, por traer tanta luz a mi vida.

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