La cena se realizó en el Carnegie Hall, declarado museo. Llegamos en una limusina y cientos de periodistas, se arremolinaron tomándome fotos y haciéndome videos. Yo les sonreía, majestuosa y señorial . Margot me acompañó. Ella se había puesto un elegante vestido crema, escoteado y con una gran abertura que le llegaba a la cadera. Tenía los pelos alborotados, lucía muy hermosa e imantaba más que yo.
Los reporteros me hacían muchísimas preguntas, sobre todo por la tensión que había vuelto a desatarse en las aguas asiáticas y del que se hablaba de una inminente invasión a un atolón.
-Manden portaaviones, je-, quise hacerme la graciosa pero los reporteros aullaron felices, divertidos, riéndose, celebrando lo que había dicho. Yo pensé que había sido un buen chascarrillo, pero Margot arrugó su carita.
-Ay, Marisol, desatarás la tercera guerra mundial-, chirrió los dientes.
Una anfitriona nos llevó hasta nuestra mesa, en medio de aplausos, hurras y vítores de los casi mil invitados a la gala. Los hombres se ponían de pie y me hacían una venia y las damas no dejaban de aplaudir. El maestro de ceremonia proclamaba una y otra vez, en el micrófono, -With you, the most beautiful woman in the world, Miss Sideral, giving us your charm and beauty, let us welcome Marisol Adamec, Miss Sideral, with great applause-, que no entendía nada. Margot me jaló el brazo.
-Piden muchos aplausos para Miss Sideral-, me detalló.
El actor Karl Muss, presidente de los artistas, me recibió sonriente, haciendo brillar sus ojos. Lucía elegante, majestuoso, con un impecable terno y una graciosa corbata michi.
-Qué honor, su majestad-, me dijo con el vozarrón tan elegante que admiraba en el cine. Le hice una venia virreinal.
-El honor es mío-, no dejaba de reír eclipsada a tanta masculinidad que derrochaba Muss.
Me llevó de la mano al asiento donde me acomodó una silla. Igual hizo con las otras chicas de mi séquito. -Ustedes forman una pléyade de bellezas-, me dijo en perfecto español. Todas estábamos encantadas, derritiéndonos como mantequillas, haciendo brillar nuestros ojitos, suspirando y sollozando por la magia tan varonil de Muss. Vi a Sandra y parecía una antorcha con pelo igual Fanny y Margot que abanicaban sus ojos como adolescentes.
-Calma, muchachas, que van a quedar convertidas en carbón-, reí. Todas también rieron azoradas.
Yo estaba embobada viendo a los grandes artistas del cine, el teatro y el internet. Soñé con casi todos y ahora los veía lindos, besables y acariciables que suspiraba y me sentía inquieta, con las llamas encendidas en mis entrañas. Cada uno era mi héroe, mi amor platónico, mi príncipe azul y aparecían en mis sueños haciendo el amor.
Sullivan, Early, Flanagan, Cooper o Lazarus copaban mis fantasías y anhelos. los veía una y otra vez y me sucumbía a ellos, me volvía un volcán en erupción. Pasaba mi lengua por los labios, mi corazón rebotaba en el busto y no dejaba de golpear mis rodillas.
-Son personas de carne y hueso-, me dio un hincón Jaclyn, pero yo seguía soñando con ellos. Quería lanzarme a sus brazos y dejar que me devoren por completo. Yo estaría encantada sintiendo sus manos recorriendo mis rincones hasta los más lejanos de mi geografía.
Sin querer gemía como una fiera en celo.
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