Capítulo 4

La organización no quería que volviera a mi apartamento ni a la universidad y que debía alojarme en Nueva York, durante mi reinado.

-Yo voy a volver a mi vida normal-, alcé mi naricita, frente a Jacqueline Harper y Raquel Reynolds en la oficina de la organización en Lima.

-Firmaste un contrato  y una de las cláusulas estipula que te debes a la organización-, me explicó Harper. Era cierto, pero yo firmé porque ni me imaginaba que podría ser señorita Perú y menos podría ganar la corona de Miss Sideral.

   -La universidad no puede esperar-, le reclamé. Me faltaban apenas dos ciclos para recibirme de abogada.

-Ya hemos hablado con el decano y te darán todas las facilidades para reanudar tus clases el año entrante después que entregues la corona a tu sucesora-, sonrió  Harper.

   Me rasqué los pelos,  entre malhumorada y desconcertada. No sabía qué hacer.

-Tendrás una seguridad permanente, la organización se encargará de tu vestuario, tus joyas y tu arreglo personal, loca-, me siguió diciendo  Harper, detallándome mis compromisos asumidos con la organización. Y entre todos ellos, debía viajar, en efecto, a Europa oriental.

-Es muy peligroso-, renegué poniendo las manos en la cintura.

  -Lo prometió Freddy Schelott-, subrayó Harper, meciéndose en su silla, mirándome divertida, ensanchando su sonrisa, pasando, incluso, la lengua por los dientes.

Schelott era el presidente de la organización del Miss Sideral, como les conté.

No le dije nada de las amenazas, tampoco. En realidad los venía recibiendo desde que los periodistas me proclamaron como la favorita para ganar el cetro máximo de la belleza mundial, en Glasgow. La primera vez me mandaron la imagen de una calavera a mi whatsapp  amenazando con matarme si ganaba y me dio risa porque estaba mal escrito. No es que no tuviera miedo, sino que me parecía muy fantasioso, propio de las películas. Total, decía siempre, yo no podía ganar.

Pero gané, je.

Jonathan pensaba que no iba a verme jamás. -Me he dado cuenta lo mucho que te amo, Marisol-, me dijo cuando me ayudaba a guardar algunos efectos personales que llevaría a Nueva York como una cadena, una pulsera, un reloj y unos aretes, regalos de mis padres.

-Ay, no seas dramático, ni que me fuera a vivir a Marte-, le dije. Él se quedaría en mi apartamento durante mi ausencia.

Me besó con afán, impetuoso y hasta desesperado. Era como si se despidiera de mí para siempre, hasta lloraba mientras me hacía el amor, saboreando mis encantos, conquistando mis rincones, llegando a mis abismos con prontitud y encono. Yo lo disfrutaba, porque Jonathan es súper varonil y desata mis instintos femeninos. Me estremece hasta el último de mis átomos y me encanta arder en las llamas que él enciende en mis entrañas con sus caricias.

  -Estaré yendo y viniendo a Lima-, le dije sumergida en la excitación, exhalando fuego en mi aliento, parpadeando, completamente obnubilada, prendada y extraviada en un universo de fulgores y colores.

-No es lo mismo, soplaba él también mucho fuego, te quiero siempre a mi lado-

Me desparramé a la cama extasiada, sudorosa, con mi corazón latiendo de prisa, despeinada y echando humo hasta de las orejas. -Sabes que te amo-, le dije, pero entre los muchos temores que tenía Jonathan estaba el que yo conociera algún millonario  que me ofreciera el oro y el moro y me desposara. Me hundí agotada en las almohadas parpadeando eclipsada.

  -No seas tonto,  solo me importas tú-, renegué.

-Pero conocerás a empresarios, príncipes, reyes, acaudalados comerciantes, yo apenas soy  un despensero en un súper mercado-, me recordó. También se desplomó sobre las almohadas agotado.

Era cierto. Johnathan trabajaba llenando estantes en una conocida cadena  de establecimientos y me enamoró su forma de ser distendida, sus ojos destellantes, su porte muy masculino, igual a un jinete persa, y su barbita incipiente que me despeinó a primera vista.

Ni sé por qué lo miré. A veces pienso que el destino es más chiflado que los seres humanos. Para empezar, nunca iba a ese súper mercado, pero esa tarde se me ocurrió pan de molde porque quería tomar un lonchecito diferente en mi apartamento, con un delicioso café con leche. Yo estaba con un leggins demasiado pegado, zapatillas de tenis rosadas, tenía mi pelo completamente alborotado y una blusa floreada y destellante. Fui, de frente a la sección panadería, tomé el paquete de pan de molde, miré el precio, me pareció muy caro, pero decidí llevarlo y al levantar la mirada, lo vi a lo lejos acomodando latas de leche en los estantes.

  Su espalda grandota me encandiló, también sus brazos y la risa pintada en los ojos. Recuerdo que me dije "qué lindo es ese hombre",  y me acerqué curiosa, para verlo más de cerca porque me parecía demasiado hermoso, muy varonil y hasta apetitoso.  Junté mis dientes y me detuve frente a él mirándolo y admirándolo como una boba.

  Él vio primero mis zapatillas rosadas, luego mis pantorrillas,  mis muslos bien pincelados en los leggins y finalmente se chocó con mis ojos hipnotizados a su encanto.

  -¿Alguna cosa, señorita?-, se azoró, pero yo estaba más turbada que él.

- ¿Ese cuerpo es suyo?-\, fue la pregunta más idiota que hice en toda mi vida y Jonathan estalló en carcajadas.

-No, es de mi vecino, se lo pedí prestado por unas horas-, me dijo riéndose de mi bobería.

-Idiota-, me contagiaron sus risotadas.

Una hora después estábamos besándonos con euforia, gimiendo, encandilados y prendados, convertidos en una inmensa tea, incendiando todo lo que teníamos cerca de nosotros.

  Más que sus bíceps majestuosos o su pecho maravilloso,  del tamaño de un tractor, me gustaba que Jonathan fuera tan divertido. Cualquier cosa le daba risa, improvisaba chistes y me hacía reír. Y también me besaba como los dioses. Sus manos me provocaban  fortísimas descargas de electricidad, remeciéndome por completo y me hacia perder la conciencia  haciéndome suya, tanto que me aferraba con mis uñotas en su espalda y lo mordía más que una fiera enjaulada.

  Un año después pensábamos en casarnos y tener muchos hijos. Yo ya trabajaba en un staff de abogados y había ingresado a la recta final de la carrera de derecho. Me pagaban mucho dinero y nos propusimos comprar una casa grande con jardín y cochera, pero se me metió participar en el certamen señorita Perú.

  La culpa fue de Janeth,  una amiga que trabajaba para la organización del Miss Sideral pero que renunció, cuando yo viajaba a Glasgow, porque Jacqueline Harper la molestaba mucho, la hostigaba y le hacía la vida a cuadritos.

  -Tú eres muy hermosa, Marisol, ¿por qué no compites?-, me preguntó esa tarde que disfrutábamos de un lonche en un restaurante exclusivo.

-¿Yo? ¿En esos concursitos frívolos? ¿Te has vuelto loca?-, me molesté.

-Claro, estoy segura  que ganas-, sorbió su café.

-Ya me falta poco para ser abogada-, le recordé.

-¿Y? Casi todas las chicas que compiten son profesionales-, me miró resoluta.

Me enumeró los premios que podría ganar, clasificando, al menos, entre las cinco finalistas, y eso me convenció. Los sueños con Jonathan de casarnos, comprar una casa y todo lo demás, coincidían a la perfección con esas recompensas del concurso. Pensé, incluso en un cuarto lugar al final del certamen.

   Pero, como les digo, gané. Ni idea de qué me vieron los jueves para proclamarme señorita Perú porque en la fase de talentos, canté horrible, tanto que el público que colmó el auditorio donde fue la coronación, me endilgó sonoras silbatinas.

  Y con el cetro de señorita Perú y viajar con destino a Glasgow para el Miss Sideral descubrí que Jonathan era muy celoso, obsesivamente celoso.

-Todos los hombres te van a mirar-, emitía él atemorizantes bufidos cuando le dije que debía viajar a Glasgow.

  -Solo unos cuantos, me verán quizás mil personas-, le dije besándolo para amenguar la furia que destellaba en los ojos.

  Obviamente lo engañé. La noche que fui coronada Miss Sideral fue vista por 900 millones de personas en todo el mundo, je je je.

Viajé  un domingo por la noche a Nueva York, con la señora Raquel  Reynolds. Pensé que Harper vendría pero ni se apareció. Jonathan lloraba como una criatura y estaba aferrado a mi codo.

-¿Por qué no puedo vivir contigo en Nueva York?-, me recamaba con sus ojos remojados en lágrimas.

-Los organizadores dicen que podría salir embarazada y se arruina todo-, mordí mis labios divertida.

-Tú sabes cuidarte bien-, me insistió enojado.

-Sé valiente-, le pedí molesta.

-¡Es injusto!-, se tumbó sobre mi regazo llorando. Las personas en tránsito por el aeropuerto nos miraban asombrados y hasta tomaban fotos y hacían videos.

-La gente nos mira-, me molesté, pero Jonathan no dejaba de llorar, aterrado por perderme.

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