Freddy Schelott ordenó suspender el viaje a Europa Oriental. Eso me molestó. Lo encaré en la terraza del piso donde estaba alojada.
-Fue una falsa alarma, no había tal bomba-, le dije cruzando los brazos y alzando mi naricita.
Margot no dijo nada. Se sentó en una banca.
-¿Y si era cierto? No voy arriesgarte a ti ni a tu séquito a que mueran despedazadas-, se molestó él arrugando la boca.
-Pero estás cayendo en el juego de esos sujetos, lo que quieren es crear una psicosis, frustrar mi reinado-, le insistí molesta.
-No es la primera vez que nos amenazan, anteriores reinas también fueron intimidadas-, me aclaró.
-Yo quiero ir a Europa oriental. Debes cumplir tu promesa-, le recalqué.
Schelott no quería dar su brazo a torcer. -Sandra y Melissa me dijeron que recibiste amenazas de muerte-, me recordó.
-Por eso mismo, Freddy, debo demostrarles que no les tengo miedo-, dije resoluta.
Al final yo gané. Viajamos, en secreto, en un vuelo de la Fuerza Aérea que gestionó Schelott, primero a Alemania y luego hacia la zona de conflicto, acompañadas, esta vez, de un numeroso pelotón de cascos azules.
Margot Hart no dejaba de brincar en el asiento. -Siempre me gustó viajar en avión, es divertido-, decía, frenética como una adolescente. En cambio Nancy, una de las maquilladoras, tenía hundidas sus uñas en el asiento de cuero, y estaba petrificada. -¿Y si nos disparan un misil?-, decía aterrada.
-No seas tonta, nosotras no estamos en guerra con nadie, llevamos un mensaje de paz para el mundo-, le dije, limando mis uñas.
-Tú crees que esto es un juego ¿no?-, se molestó Sandra. Me miraba con el rostro fruncido.
-No, no es un juego y por ello que estamos desafiando al peligro-, le sonreí.
-Has visto muchas películas de Bond-, seguía furiosa Sandra. Acerqué mi naricita a la suya. -No te preocupes, yo te cuido, bebita-, le dije y todos, hasta los soldados, estallaron en risotadas.
Las autoridades de gobierno de uno de los países beligerantes que tenía el respaldo de occidente, nos esperaban en la rampla de salida. Schelott solo había conseguido que estuviéramos, exactamente, diez minutos en Europa Oriental. Yo quería visitar el frente, estar con los soldados, tratar de llegar a una línea congruente entre los dos enemigos, pero ninguno de los estados en conflicto lo autorizó.
-Está bien, rebelde sin causa, llegas, hablas, das un mensaje de paz, y nos volvemos-, me detalló Jaclyn Majors.
-Viajar tan lejos para estar solo diez minutos me parece un disparate-, protesté.
-¿Por qué demonios eres tan cabeza hueca?-, renegó Reynolds. Seguía fastidiada por las catástrofes que hice durante el concurso que precedió a mi coronación. No me perdonaba las tantísimas canas que le provoqué.
Nancy y Daysi me pusieron encima de mi vestido, un chaleco antibalas, y allí colgaron la banda de Miss Sideral. También me pusieron un casco azul grandote donde acomodaron mis pelos. Andrea Monroe se encargó de pintarme la boca. -Pero si apenas se ve mi cara-, seguía yo de malhumor.
-Al contrario, señorita, usted está muy hermosa-, dijo uno de los soldados que no dejaba de mirarme.
-Le falta su fusil-, se empinó otro.
-Con ustedes, la generala belleza-, remató un tercero y todos volvieron a reírse. Me contagié de sus risotadas.
-Creo que enlistaré en los cascos azules a partir de ahora-, y todos volvieron a reír.
La noticia de mi sorpresiva visita al frente en la guerra de Europa oriental, recién la soltó Jaclyn, faltando cinco minutos para descender al aeropuerto, aunque las autoridades ya lo sabían. Vi el revuelo desde la ventanilla del avión apenas aterrizamos. Los periodistas llegaban en sus unidades, precipitadamente, amontonándose en la zona de embarque.
Al abrirse la escotilla de la nave, saludé con la mano y los reporteros me tomaron un millón de fotos, me hicieron videos y me ametrallaron en preguntas, sin embargo, de acuerdo al protocolo hecho entre Schelotto y las autoridades de ese país, solo debía dar el mensaje de paz.
Me instalé en un tabladillo, rodeada de los cascos azules y las autoridades de la nación en guerra.
Durante el vuelo lo garabateé con Margot y Jaclyn. Se hizo difícil hilvanar un buen discurso porque Margot se reía de todo y siempre hablaba en doble sentido.
-Desde muchos años atrás peleamos por erradicar esa violencia que está frente a nosotros y enfrentamos las diferencias absurdas que han provocado dolor y muerte, sufriendo desventuras y la pérdida, incluso de familiares, pero no pensamos que esa violencia engendra más odio que al inflarse como globo provoca guerra. Y la guerra trae más dolor y más muerte. ¿Acaso no aprendemos de nosotros mismos? Entonces ¿por qué somos hipócritas y queremos erradicar las diferencias entre los seres humanos si lo único que hacemos es ahondarla con resentimientos y más odios que lleva consigo la guerra? Siempre he pensado que la paz es un derecho y no un deber. Y si no somos capaces de respetar los derechos de nadie, no somos entonces capaces de convivir como especie-, dije en tres idiomas, español, inglés y de Europa oriental.
-¿Qué hemos aprendido de Cervantes, Poe o Shakespeare? ¿Para que nos esforzamos en admirar a ellos, si no somos capaces de hablar ni dialogar y dejamos que las armas hablen por nosotros? No, señores, el odio no debe ser el idioma universal de la gente, sino la buena voluntad-, rematé.
El presidente del país en conflicto me besó en la mejilla admirado y me dio un gran ramo de flores.
-Usted señorita es la embajadora de la paz-, me dijo en su idioma y los cientos de hombres de prensa estallaron en aplausos y vítores. Una edecán del mandatario nos alcanzó vasos de champán y brindamos para que se acabe el conflicto.
-Lástima que deba irse, esto es muy peligroso. Me hubiera gustado conocerla más-, me dijo el mandatario esta vez en un correcto español.
-Que sea una promesa que estaré con usted firmando la paz-, le aseguré. Melissa Slone chirrió los dientes. No le gustaba nadita la idea de volver.
Diez minutos exactos después, volábamos hacia Alemania.
-Me hiciste llorar-, me confesó Fanny. Andrea también estaba muy conmovida. Los soldados igualmente decían que había sido un discurso vibrante.
-Paralizaste al mundo, chilló, entonces, Jaclyn, quinientos millones de personas te vieron en todo el mundo y los videos son virales-
-Ay y yo con ese feo casco-, dije y todos estallaron en estruendosas carcajadas.
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