Capítulo 12

  Sandra fue liberada, en efecto, y teníamos tiempo antes de emprender el retorno a Lima, para disculparnos con el alcalde, sin embargo él estaba muy preocupado por el incidente con el tal Leclerc.

-No, signorina, no tiene de qué disculparse, por el contrario, estamos en deuda por lo ocurrido-, nos dijo él, muy solícito, atendiéndonos de maravillas.

Nos llevó a un tour por la ciudad y me tomé muchas fotos en el Coliseo Romano y todos los encantos de la Ciudad Eterna.

  Los medios explotaron, además, en grandes titulares el intento de asesinato a Miss Sideral. Aunque Jaclyn manejó bien las informaciones y ocultó el hecho de que me escapé de la comitiva, lo cierto era que mi vida corría serio riesgo, no solo por la mafia de las apuestas, sino también por razones políticas. Eso me aterraba.

  Ya en Nueva York, Margot tuvo que reestructurar mi agenda.  La cena con los artistas quedó cancelada y tenía una sesión de fotos para una afamada revista de París. Debía  lucir las creaciones de una famosa modista llamada Deschamps.

Schelott me esperaba muy molesto en su oficina, en el hotel.

-Siéntate, Marisol-, me pidió con el rostro ajado. Yo estaba callada, no tenía ganas de hablar. Todos me habían regañado y Sandra no que me quería hablar, muy fastidiada por el incidente en Roma. Me escondí detrás de mis pelos.

-Eres una chica  muy hermosa, dulce, simpática y el mundo te adora, dicen que eres la imagen de la mujer moderna. Deportista, bailas bien, estudias una carrera, tienes muchas ansias de superación, eres distendida y  has invertido lo que ganaste en el concurso en un staff de abogados que defenderá a gente necesitada y pese a los retos de la globalización, acentúas tus encantos, un arte, un talento innato en toda mujer que jamás debe extinguirse-, me fue diciendo, recordando mis logros.

  Seguí en silencio. Me sentía humillada.

-La gente dice que eres la mejor Miss Sideral de la historia, que jamás había ganado una chica tan locuaz y espontánea, dueña de una personalidad tan actual, con muchos sueños pero realistas y comprometida con enfrentar los retos de un mundo que se acelera hacia el caos y el libertinaje-, me advirtió.

-Solo digo lo que pienso y hago lo que creo es correcto-, dije recién.

-¡Exacto!, se alborozó  Schelotto, el mundo actual reclama acciones, llevamos casi treinta años de incertidumbre, dudas, tratando de definir el siglo XXI, queriendo saber a dónde vamos y qué queremos. Tú lo sabes. Tienes tus metas definidas, tu personalidad, tus ideas-

  -Me equivoqué-, acepté.

-Es lo que quiero que entiendas, Marisol. Dices lo que piensas y haces lo correcto, pero te equivocaste y cometiste un grave error que complicó a mucha gente. Es lo que pasa en el mundo. Los errores llevan a los descalabros, a pandemias, a recesión y a guerras. ¿Y qué errores son? Ideas, son las ideas-, estiró él una larga sonrisa.

  -¿Errores?-, arrugué mi naricita.

Schelotto ya estaba más tranquilo, sosegado, soplando naturalidad. -La idea debe ser buscar un mundo en paz, en progreso, de cara a la cibernética, a la robótica. Tú representas a la mujer de hoy, rebelde, capaz, emancipada, firme y resoluta, que no le escapa ni le esconde a los retos, pero no debes equivocarte. En estos tiempos de vorágine, los errores suelen ser fatales-, se puso de pie y me besó la mejilla.

Él tenía razón. Yo ya no era la adolescente traviesa o la chica inmadura sin saber qué hacer con mi vida. Ahora tenía una bandera, el estandarte de las mujeres en estos tiempos de cambios violentos. Y debía ser consecuente conmigo misma, con mis pensamientos y mi propia personalidad.

*****

Manson fue el que me buscó. Yo pensaba que ya no volvería a verlo y es más, incluso pensé que ahora que él estaba desligado de la organización, no sabría más de él, sin embargo, de repente, me pasó la voz en el hotel, cuando estaba tomando un refresco en una de las terrazas. Aprovechó que estaba sola, recostada a una perezosa, tomando sol, con mi sombrero enorme y mis lentes oscuros y una tanga súper diminuta que apenas contenía mis encantos. Yo quería tener un buen bronceado porque me iban a tomar muchas fotos para una revista de enorme demanda mundial y que se publicaba en cuatro idiomas.

  -Pssst, psssst, Marisol-, escuché decir. Pensé que era algún galán interesado en flirtear con Miss Sideral y chasqueé la boca y seguí disfrutando de las caricias del sol.

-Te manda saludos Helga, je je je-, insistió Manson. Entonces lo reconocí. Me sorprendí.

-¿Qué haces aquí?-, hice una pregunta tonta.

  -Quería verte, me impresionaste en el hospital, estás más hermosa que nunca-, fue galante.

  -¿Ya hablaste con Jaclyn o la señora Reynolds?-, seguí pecando de inocente.

-¿Para que me echen?-, echó a reír él.

Manson estaba encandilado con mis pechos que apenas contenía la tanga y emergían sabrosos, palpitando al mismo compás de mi corazón. Me gustó mucho esa mirada hambrienta a mi busto. Mordí mis labios y sentí los fuegos alzándose en mis entrañas. Empecé a golpear, afanosa, mis rodillas. Las llamas comenzaron a  incendiarme por completo, en toda mi vasta geografía.

  -La pasamos muy bien con Helga-, volvió a recordar esa idílica faena, quizás la mejor que haya tenido en la cama. De repente ansiaba sus besos, sus caricias. Crucé las piernas inquieta y él se imantó a mis muslos. Ufff, qué delicia. Me miraba con mucha vehemencia, ardiendo en deseosos, pensando en hacerme suya. Y eso me encantaba:  el fuego chisporroteaba por todos mis poros.

  Como ex jefe de seguridad de la organización, Manson conocía todos los rincones del hotel. Tomó mis manos y sigilosamente, fuimos evadiendo las cámaras de seguridad y fuimos por un pasadizo oscuro, a gachas, culebreándonos por los rincones, evadiendo los videos, y entramos a un desván.

-¿Qué sitio es este?-, me extrañé.

  -Es una despensa  de artículos de limpieza, pero está tan olvidado que todos los químicos, lejías, detergentes y jabones ya vencieron ja ja ja-, no dejaba de reír.

  Aseguró bien la puerta y luego empezó a besar mi cuello, mis brazos y sus manos iban y venían por mis curvas, con mucho afán y descontrol, haciéndome gemir, sollozar y exhalar candela en mi aliento.

  La tanga, en realidad, lo había enardecido tanto que no dejaba de lamerme como un helado, acariciarme, tomar mis posaderas y hacerme gemir. yo estaba obnubilada, por completo, sollozando sin detenerme, meneando la cabeza, con los ojos cerrados, sin atinar a defenderme, sumergida en el placer de sentir sus dedos toscos, convertidos en bólidos recorriendo afanosos mis amplias carreteras.

  Manson conquistó hasta el último pedacito de mi cuerpo, dejando bandera de sus ansias, me arranchó literalmente  mi tanga y me hizo suya entre las sombras del desván. Yo deliraba y ardía en fuego, sin atinar a repuestas, tan solo me limitaba a gemir.

Sentí  invadir mis entrañas como un río caudaloso que se desbordó por completo por todos mis vacíos, estremeciéndome y haciéndome volar junto a las estrellas. Yo seguía mordiendo mis labios febril, sollozando, meneando la cabeza, dominada por sus ansias y deseos.

  Recién reaccioné cuando lo sentí llegar a lo más profundo de mis fronteras. Desorbité los ojos, empecé a chillar estremecida y le mordí los brazos  y el cuello, furiosa, percibiéndolo como un volcán en erupción dentro de mí.

Me derrumbé extasiada, estremecida, exánime y sin fuerzas, sobre los trapos y escobillones del desván, tumbando latas y botellas, sin fuerzas, convertida en una piltrafa, igual a los trapos amontonados en los rincones del pequeño cuarto.

  -Ufff, Marisol, eres deliciosa-, me dijo él estremecido, también, sudoroso, parpadeando muchas veces y su corazón rebotando frenético en el pecho.

Quedamos regados entre las latas y jabones en barra y bolsas de detergentes, soplando fuego, exhalando humo, completamente extasiados de tan inolvidable y excitante faena íntima.

-Rompiste mi tanga-, le reclamé a Manson viendo esas pitas rotas por su desenfreno.

  -Debes tener muchas en tu ropero-, trataba él de desacelerar su corazón, recostado en mi ombligo.

-No seas tonto, ¿Cómo voy a ir a mi cuarto? ¿Desnuda?-, me molesté.

  Manson despintó su cara. -Ponte mi ropa-, sugirió. Eso me enfureció más. -¿Y tú? ¿Irás desnudo a la salida?-, le tiré mi sombrero a su nariz.

  ¿Y ahora? Estaba hecha. El contrato con la organización tiene una cláusula prohibiendo intimidad durante mi reinado. Perdería todo por culpa de Manson y su voraz apetito por mí.  Él me buscó ¿no? Yo era una víctima inocente de su ímpetu, je.

Manson rebuscó afanoso en el desván. Me entretuve mirando y admirando sus músculos, sus piernas, sus posaderas, su espalda. ¡¡Qué hombre!! Me encantaba. Fornido, lleno de vellos. Volví a sentir deseos que me tome.

  -Deja de mirarme y busca algo que te sirva-, me sorprendió embobada.

  Justo encontramos un mandil grande, limpio, que usan las chicas de limpieza en baños, cocina y duchas. Me lo puse. Me quedaba como un overol, tapando hasta mis tobillos y las mangas colgaban. A Manson le dio risa mientras se vestía.

  -Te ves muy graciosa-, me bromeó.

-Gracia te va hacer cuando te metan en la cárcel por meterte al hotel sin permiso-, le advertí.

  Salimos de la misma forma que entramos, a escondidas, esquivando las cámaras de vigilancia, aprovechando las sombras del pasadizo. Me dijo que me metiera a un conducto de ventilación que iba hasta mi cuarto.  -Las cámaras no te verán-, me dijo contento.

-Ay, acaso crees que soy la esposa del 007-, me molesté, pero igual me metí en el conducto y logré avanzar hacia mi cuarto. Con un fuerte golpe tiré las rejas y me metí riéndome, arreglándome mis pelos y tirando mi sombrero y mis lentes a la cómoda. Y al volverme, Margot me miraba molesta, con los brazos y piernas cruzados, sentada en el sillón.

  -Le dijiste a Schellot  que ya no te ibas a comportar como una adolescente-, estaba molesta ella. Nunca la había visto así. Margot siempre fue un cervatillo muy alegre, brincando, riendo y haciendo bromas. Ahora estaba fastidiada.

  -Me dejé llevar por la calentura-, dije la verdad.

  Margot movió la cabeza y se puso de pie, me mostró su tablet.  -La cena va a ser a las seis de la tarde, atiendes a  la prensa a las ocho, a las nueve recibirás al premio Nobel de la paz-, me detalló.

  Le acaricié los pelos. -¿Me perdonas?-, le supliqué poniendo mi carita de dulce gatita.

  -Has desafiado al mismísimo presidente, te enfrentas a mafias poderosas y crueles,  las mujeres del mundo te idolatran, no las decepciones-, alzó ella su naricita.

-No quiero que me idolatren, me basta tu amistad-, fui sincera.

Margot  sonrió con encanto. -Ay ¿por qué me tocó ser la secretaria de una loca de remate?-, suspiró y riéndonos nos abrazamos efusivas. Le conté lo que hice y ella desorbitando sus ojos y tapando su boquita con sus manos, exclamó impresionada, -¡¡¡loca, mil veces loca!!!-,  haciéndome estallar en estruendosas carcajadas.

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