Jonathan me esperaba en el aeropuerto de Lima. Lo vi alzarse entre la muchedumbre que colmaba el terminal aéreo. Raquel Reynolds había sido nombrada oficialmente mi chaperona.
-Por un año te acompañaré a todos lados, así es que te portas como una buena niña-, me advirtió arrugando la frente.
Con ella había tenido muchos incidentes durante el concurso. Yo soy distendida y no me gustan las reglas estrictas y Raquel pretendía que cumpliera los protocolos a rajatabla. Pero yo la desafiaba siempre. Me ponía minifaldas cuando debía llevar vestidos de noche, usaba zapatillas dejando los zapatos, me hacía cola con el pelo, no me maquillaba mucho y me perdí hasta cuatro veces en Glasgow por andar distraída, persiguiendo musarañas.
En esas cuatro ocasiones movilizaron a toda la policía, buscándome y se hizo un gran alboroto en toda la ciudad.
-La peor desgracia de mi vida es que hayas ganado el Miss Sideral-, me dijo ella en el avión.
-Lo que pasa es tú no me entiendes-, le dije divertida, juntando los dientes.
-No, lo que pasa es que te crees una princesa consentida. Los cuentos de hadas ya no existen, Marisol, estamos en el siglo XXI, las mujeres ahora son realistas, maduras y decididas, ya no hay lugar para soñadoras ni frágiles-, me disparó a quemarropa.
No es que sea consentida ni soñadora ni inmadura, sino que tuve una niñez y una adolescencia difícil, privada de muchas cosas, y ahora, de repente, después de la coronación como señorita Perú, tenía todo a los pies, incluso ofertas millonarias para hacer modelaje. Y eso había inflado mi ego.
La organización en Lima había dispuesto que los periodistas me recibirían en las escalinatas del avión y luego recorrería las calles de la ciudad, aclamada por miles de personas que me darían una gran bienvenida, subida en un bus especialmente acondicionado.
En efecto, apenas se abrió la puerta de la aeronave y salí hacia la escalinata, los periodistas y muchísimas personas que colmaban el aeropuerto, me dieron una gran ovación y me aclamaron. Yo alcé el torno y les brindé mi mejor sonrisa. Los saludé moviendo mis deditos, emocionada, incluso hasta las lágrimas.
Jacqueline Harper, la organizadora del concurso de señorita Perú, me recibió al pie de las escaleras. -Bienvenida a casa, loca-, me dijo besándome en la mejilla. Yo sostenía la corona porque el fuerte viento que soplaba quería arranchármelo de la cabeza.
-¿Has visto a Jonathan?-, le pregunté.
-¿Tu novio? No, no lo he visto-, me dijo y me llevó en medio del enjambre de prensa que no dejaba de tomarme fotos y hacer videos, ametrallándome con preguntas.
Y allí estaba Jonathan, confundido con la multitud, saltando, alzando los brazos, queriendo que lo vea.
Me volví a una mujer policía que era una de mis escoltas. -Por fis, jefa, ese chico es mi novio, ¿podrías traerlo?-, le supliqué pellizcando las solapas de su chamarra. Ella estiró su cuello.
-¿Ese de pelo rulo? Está lindo-, juntó sus dientes. Alcé mi hombro coqueta.
Jonathan tenía los ojos encharcados de lágrimas, imagino de felicidad.
-Me he equivocado tantas veces, Marisol, que ya no tengo disculpas-, me dijo.
-Es la última vez que te perdono-, le dije y lo besé en la boca. Aullaron los periodistas, aplaudió la muchedumbre y repicaron cámaras y videos y el laberinto se hizo mayor.
Subimos juntos al bus y me ubiqué en un asiento cómodo, con la forma de un trono, rodeada del séquito de la organización, las chicas policías, Raquel y Jonathan. Ufff, fue emocionante. Miles de personas se apiñaban a lo largo del camino, por donde iba la caravana, me aplaudían me tomaban fotos, me lanzaban rosas, papel picado, globos y habían letreros enormes celebrando el máximo título internacional de la belleza. No lo esperaba, en realidad, y emocionada no pude contener el llanto. Las lágrimas superaron los diques de mis ojos y convertidas en cascadas, ducharon mis mejillas.
La caravana culminó en palacio de gobierno donde me recibió el presidente de la república. La Plaza Mayor estuvo colmado de público y las hurras y vítores remecían el piso igual a un gran tsunami. El alcalde me dio, incluso, las llaves de la ciudad y nos sirvieron en el salón dorado, una cena donde hubo de todo, cada platillo más sabroso que el otro. Comí hasta reventar.
-¿Verdad que tenía un severo cuadro de osteoporosis? Usted es un gran ejemplo de superación-, se interesó el presidente en el vino de honor. Maduro, con los pelos canos, el rostro adusto y de gestos virreinales, era enorme con una espalda amplia y la mirada divertida. Su voz era armónica, como un cantante de ópera.
-Los médicos habían perdido las esperanzas, pero mis padres no se rindieron, pese a sus carencias, los huesos lograron resistir y se empinaron a la enfermedad-, le comenté juntando los dientes.
Jonathan estaba emocionado admirado no solo de los salones de palacio sino también de la comida y las autoridades que colmaban el salón dorado. No dejaba de mirarme tampoco.
-Usted ha prestigiado al país con su belleza, su inteligencia, su afabilidad y su don de ser, señorita Adamec-, hizo una venia virreinal el presidente. Me sentí halagada. -Usted es quien prestigia al país con su acertado mandato-, se me ocurrió decir.
Entonces timbró mi móvil y había un mensaje anónimo, que decía "vas a morir, perra".
Eso me enfureció.
*****
Los periodistas me rodearon al final de la velada en el palacio y me ametrallaron a preguntas.
-¿Tienes novio?-
-¿Cómo te gusta que fuera un hombre?-
-¿Es verdad que estuvo enamorada de Julio Aui (un gran actor de moda en esos días)?-
-¿Qué le parecen los diseños de Madame Florencia, la actual sensación en la moda del país?-
No es que me molestaran las preguntas de los periodistas o algo por el estilo, sino que me parecieron intrascendentes y tontas. Tampoco estaba de mal humor, sino que siempre he sido una mujer convencida que hay muchos problemas no solo en el país sino en el mundo, como para andar pensando en Julio Aui que aunque me parecía muy interesante, jamás se me cruzó en la idea de flirtear con él.
-¿No creen que hay demasiada recesión en el país, el peligro latente de las catástrofes naturales, la delincuencia y la violencia como para andar preguntándome si me gusta Aui o en los vestidos de Madame Florencia?-, me molesté.
-¿Qué opina de los videos que le hicieron en el concurso donde se le ve coqueteando con uno de los miembros de seguridad?-, preguntó otro periodista.
-¿Te gusta ser las mujer más bella del mundo?-, dio un empellón una chica.
-¿Qué sientes siendo admirada por millones de mujeres?-, mordió los labios un muchacho.
Eso me molestó aún más. -Gané un concurso de belleza, no el premio Nobel o el Oscar de la Academia, sigo siendo una mujer común y corriente-, les dije, y me fui moviendo las caderas igual a una lancha perdida en una marejada, haciendo aspas con mis manos, hacia la limusina de la organización y antes de cerrar la puerta dije fastidiada, -la corrupción no es un flagelo, es un cáncer que terminará afectándonos a todos-
Los medios de prensa estallaron con furibundos titulares. "Corrupción aterra a Miss Sideral", "Marisol pide al gobierno acción contra recesión y desastres", "Más bella del mundo se compara con el premio Nobel".
Me dio risa. Estrujé los diarios y riéndome me hice un delicioso omelette para desayunar.
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