Partimos a la mañana siguiente a El Vaticano. Margot me puso un vestido oscuro, de mangas largas, entallado hasta las rodillas. Todo mi séquito estaba vestido casi igual. Me pareció extraño. Parecíamos una congregación religiosa. Me senté con Melissa y Margot, al lado de la ventanilla, queriendo pasar desapercibida, pero todos los pasajeros querían que me tomara selfies con ellos o hacerme videos, incluso las azafatas y los pilotos me llamaron a la cabina, en pleno vuelo, para tomarse un centenar de fotos que mandaron, de inmediato, a sus hijos, familiares y amigos. Me dolía la quijada de tanto reírse.
-¿Te habías imaginado toda esa locura?-, le dije a Margot, cuando, al fin, pude sentarme. Me dolía la cabeza.
-Eres mi segunda Miss Sideral, ya me estoy acostumbrando-, sonrió ella. Se limaba las uñas.
-Es difícil disfrutar los viajes con tanto alboroto-, estaba yo fastidiada.
-Bueno, en tu caso hay mucha tensión por las amenazas-, sonrió mordiendo su lengüita.
-¿Por qué hay rusos que quieren que me muera?-, arrugué mi naricita.
-Imagino que no les gustó que ganaras-, seguía ella oronda, distendida.
-Entonces podrían volar el avión en pleno vuelo-, intenté asustarla.
-O lo secuestren je je je-, parecía de acero esa mujer.
-¿Sabes por qué le digo avión a mi novio?-, me dio risa su indiferencia. Margot arrugó su boquita. -¿Es muy rápido, ronca cuando duerme, le gusta viajar siempre?-, intentó adivinar.
-Porque me lleva a las nubes cuando soy suya, je je je-, estallé en carcajadas.
Sandra me escuchó y rompió en carcajadas. Margot me jaló el pelo riéndose. -idiota-, renegó y siguió riendo.
La estadía en El Vaticano debía ser cortísima, pero yo me rebelé y me escapé de la comitiva. Fue un error y la pagué muy caro. Apenas llegamos al aeropuerto de Roma y tomarme un millón de fotos con el doble de personas y posar para los periodistas, nos trasladó, de inmediato una inmensa caravana hacia la Santa Sede. Delante iba una flota de diez motociclistas y nos seguían patrulleros e infinidad de camionetas, motos y autos de periodistas y paparazzis. Toda una locura.
No es que mortificara todo ese caos, sino que yo quería conocer Roma. Siempre había soñado con estar en la Ciudad Eterna y pasearme por sus calles históricas, pero Jaclyn me dijo que debíamos volver de inmediato a Nueva York porque había una cena de gala con muchos artistas de Hollywood y de Broadway.
El Vaticano está a solo veinte minutos de Roma. Daisy se apuró en peinarme y Andrea me pintó casi de inmediato. Jaclyn repartió notas de prensa entre los periodistas. Me tomaron fotos en la Plaza San Pedro.
-Es hermosa-, le dije admirada a Nancy, ella me sacaba las pelusitas de la blusa pero también quedó boquiabierta con toda esa magia.
Sandra no quiso que permanezcamos mucho tiempo allí. -Es muy abierto y peligroso-, desconfiaba ella hasta de su sombra. Me jaló del brazo y la comitiva enrumbó de inmediato hacia el palacio apostólico. ¿Se imaginan? Yo caminaba hecha una tonta, entumecida, completamente eclipsada de tan magno momento.
Los periodistas no entraron al palacio apostólico. Renegaron, gritaron, se molestaron, pero al final se impuso la formalidad.
Jaclyn se encargó de los protocolos. Un hombre muy elegante y formal salió de un despacho y nos dijo que las mujeres deben usar mangas largas, ropa formal oscura y un velo para cubrir su cabeza, antes de poder ver al Papa. Entonces Fanny nos puso a todas un gran velo negro, cubriendo nuestras cabelleras.
Entonces el mismo hombre elegante, anunció en correcto español, -su santidad-
Y lo vi boquiabierta, obnubilada e impactada, maravillada y absorta.
*****
Me escapé cuando la comitiva se detuvo en el Palazzo Senatorio en la colina Capitolina, la sede de la alcaldía, para almorzar y recibir un homenaje de las autoridades edilicias romanas. Ese fue el peor error de mi vida, lo reconozco. No solo asusté a mis amigas, sino que viví la peor experiencia de mi reinado.
Cuando la caravana se detuvo frente a la Piazza del Campidoglio, aproveché el caos que hicieron periodistas y paparazzis por querer entrar donde el alcalde y hacer fotos y videos de la ceremonia, y me escabullí entre los policías. Quería conocer el coliseo de Roma. Cuando Sandra y Melissa reaccionaron en medio del tumulto, yo ya no estaba.
Riéndome fui por una avenida amplia, muy transitada, de grandes tiendas y edificios. No llevaba la banda, así es que se me hizo fácil pasar desapercibida. Atrás escuchaba el laberinto, los gritos y el caos por mi desaparición, pero eso no me importaba. Yo me sentía libre.
-No debiste ganar, perra-, escuché entonces, en un español clarito. Espantada me detuve y miré a todos lados. Veía caras, sonrisas, miradas y escuchaba más y más voces. De repente estaba envuelta en una marejada de rostros tensos, pupilas encendidas, risas tétricas y tuve un pánico descontrolado.
-YMepeTb cyka-, escuhé no una sino un montón de veces, martillando mis sesos, estallando como bombardas dentro de mi cabeza. Aterrada como estaba rompí a llorar.
Y fue que un tipo muy alto, casi como un cerro, se vino hacia mí embistiéndome como un búfalo dando bufidos, echando humo de las narices, con sus ojos inyectados de rabia, los labios partidos, apuntándome con un enorme cuchillo y diciéndome una u otra vez, -vas a morir perra, vas a morir-
Grité, grité, grité con todas mis fuerzas, me jalé los pelos presa del pánico y ¡pum! estalló un petardo, reventando cerca de mis tímpanos.
Sandra había derribado al sujeto con un certero balazo que le reventó en mi pedazos la cabeza.
Margot llegó corriendo y me abrazó. Yo no dejaba de llorar a gritos, escondida entre sus brazos.
-Ya, bebita, ya pasó, todo está bien-, decía ella, pero yo seguía llorando aterrada.
*****
-¿Qué disculpa nos va a dar, señorita?-, estaba furiosa Melissa. Tamborileaba el piso con su pie, estaba delante mío con los brazos cruzados y soplaba su cólera. Nancy me alcanzó un vaso de agua.
-Lo siento-, fue lo único que pude decir, avergonzada de lo que había hecho.
-Ya no eres una niñita, Marisol, también estaba iracunda la señora Reynolds, podrían haberte matado-
Me sentía humillada.
Lo peor es que Sandra estaba metida en problemas con la justicia italiana. Permaneció detenida en una comandancia policial mientras se extendían las investigaciones. Schelott me llamó hecho una furia.
-¡¡¡¿Por qué demonios te escapaste?!!!-, me gritó. Jaclyn y Margot lo escucharon, incluso y se pusieron pálidas. Yo, avergonzada, me puse a llorar otrra vez.
Ni fuimos al ágape que nos había preparado el alcalde y perdimos el vuelo de regreso a Nueva York. Reynolds nos consiguió alojamiento en un elegante hotel, muy cómodo, en la Vía del Corso.
Mientras se instalaban las chicas de mi séquito, salí a la terraza y me puse a contemplar, desde allí la Plaza del Popolo y de Venecia, la puerta Flaminia y el Campidoglio. ¡¡¡Tanto quería verlos y ahora lloraba como una chiquilina!!!
Melissa me acarició los pelos. Yo me recosté en su pecho.
-Lo siento-, le dije, sin poder contener mi llanto.
-A mí también me aburre estar de un lugar a otro, depender de programaciones, de agendas, a no tener decisión sobre mi vida, pero es lo que aceptaste, debes aceptarlo-, reflexionó ella, sin dejar de acariciar mis cabellos.
-Sandra estará llorando-, pensé en ella.
-No, ella es fuerte, sabe a lo que está expuesta, es parte de nuestro trabajo. Yo ya he estado detenido muchas veces, igual ella, hemos tenido que disparar una infinidad de ocasiones, estamos curtidas-, intentó darme ánimo.
No pude dormir. Tiraba puñetazos a la cama, me arranchaba el pelo, maldecía mi suerte y me sentía morir. Me ahogaba incluso. Llamé a Jonathan.
-¿Qué pasa mi amor?-, se asustó.
Le conté todo, llorando, completamente turbada.
-No, bebita, no hiciste mal, ellos te están tratando como un juguete, una muñeca, quieren lucirse contigo y tú eres una persona de carne y hueso-, intentó justificar mi absurda actitud, sin embargo yo sabía que hice mal y que todo ese embrollo era mi entera culpa.
Por la mañana, después de ducharme, me puse leggins y una camiseta blanca. Melissa me esperaba en la puerta y aguardamos unos minutos que Margot terminara de ducharse y bajamos a desayunar. Allí ya estaban Andrea, Fanny, Nancy, la señora Reynolds y Daisy.
-¿Donde está Jaclyn?-, me sorprendí.
-Trata de arreglar tu metida de pata-, fue cruel conmigo Reynolds.
Me tiré fastidiada a la silla y pedí un jugo, pero Reynolds había decidido que desayune ensalada. -No me gusta-, me molesté.
-Aquí estás para obedecer, señorita-, me miró con el rostro fruncido.
-Estás exagerando Raquel-, le reclamó, entonces, Andrea.
-Tú cállate-, perdió los papeles Reynolds.
-No eres mi jefa para que me calles-, se enfureció Andrea y se puso de pie.
Me puse mal y empecé a llorar otra vez, a gritos.
Fue un acierto, sin embargo. Andrea y Reynolds se sorprendieron con mi llanto y bajaron la guardia. Los comensales que colmaban ya el comedor del hotel, voltearon a verme y los mozos empezaron a murmurar entre sorprendidos y asustados.
-Vuole che le porti un bicchiere d'acqua, signorina?-, preguntó un mozo. Ni sabía lo que decía. Asentí con la cabeza.
Luego de un rato volvió. -Non sei Miss Sideral?-, preguntó si yo era la reina de belleza.
-Sí-, sorbí mis lágrimas.
-Sei molto bella, ho il PC e il cellulare con tante tue foto-, adiviné que se refería a que tenía muchas fotos mías.
-Pues, suma un selfie más, a tu colección-, le dije, secándome las lágrimas y me tomé un selfie, estampándole un besote en sui mejilla. Sus amigos lanzaron un larguísimo ohhhhh y los comensales aplaudieron eufóricos.
De repente todos querían un selfie conmigo. Yo me reía encantada.
Al rato llegó Jaclyn apurada. -Ya, ya, ya, decía, brincando, Sandra está libre. El hombre que atacó a Marisol era un francés, de apellido Leclerc, integraba una mafia dedicada a apuestas clandestinas. Hay un tal Dzodzvashvili, ruso, que maneja eso, es un mafioso-, decía apurada, en forma atropellada.
-¿Apuestas?-, desorbité mis ojos.
Fanny se dio cuenta. -¿Qué tiene que ver Marisol con las apuestas?-, parpadeó.
-Yo les hice perder millones de dólares cuando gané el Miss Sideral-, dije con la voz trémula y fantasmagórica.
Todas mis amigas quedaron en silencio.
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