Capítulo 9

Lo que no sabía la señora Reynods es que, contraviniendo el estricto reglamento de Miss Sideral, tuve intimidad ni más ni menos que con el jefe de seguridad del  concurso, el señor Wilfred Manson, tan solo un día antes de que me eligieran la más hermosa de la Tierra.

  Hicimos un trío con Helga Sparwasser,  la señorita Alemania. Yo le había dicho, en forma reiterada, que me gustaba mucho ese hombre. Lo veía súper atractivo, muy apuesto, encantador y majestuoso en los ensayos que hacíamos para la noche de la coronación. Me deleitaba con su rostro muy varonil, el mentón grande, sus pelos bien cortados, la mirada afilada y el perfil de un hoplita griego. Uffff, me derretía como mantequilla encandilada a sus ojazos varoniles que fulguraban como las estrellas. En las noches soñaba con él y eso me volvía  una antorcha dejándome cenizas, ansiando sus besos y caricias y que se apoderara de todos mis encantos.

A Helga también le gustaba. En realidad,  todas las mujeres que participamos en esa edición del Miss Sideral nos desmayábamos por él. Apenas nos miraba nos despeinábamos y quedábamos como brujas, suspirando, parpadeando y con los corazones rebotando frenéticos en los bustos de cada una de nosotras.

Entonces Helga, que tenía el instinto de una espía, se enteró  todo acerca de Manson. Era casado, con dos hijos, un contrato firmado de matrimonio que lo despojaba de su fortuna en caso de traicionar a su esposa, y que tenía mucha predilección por el fruto prohibido. Después de obtener esa información básica, me dijo muy oronda, mientras nos refrescábamos en la piscina, que "esta noche cae en nuestras redes".

  Para eso hizo un plan muy bien hilvanado, como en las películas. Debíamos escaparnos de los cuartos a las 10 en punto que se apagaban las luces en nuestro piso del hotel. Ella ya había estudiado las cámaras de seguridad y sabía en qué momento giraban, de manera que nos escabullimos a rastras por el pasadizo  y fuimos de prisa hacia el desván. El personal de seguridad rotaba cada diez minutos pues habían más chicas alojadas en el piso de arriba. Eso nos daba un minuto exacto, para llegar al cuarto de Manson, antes que el video siguiera captando imágenes.

Toc, toc, toc, golpeó suavemente la puerta, Helga y Manson que se estaba duchando, preguntó a viva voz ¿quién es?

-Servicio a la habitación-, dijo Helga. Yo no podía contener las risotadas y me tapaba la boca con mis manos.

-Pase y deje todo en la mesa de centro-, dijo él. Helga se había conseguido gracias a una de las mucamas una tarjeta mágica que abría todas las puertas y pues nos filtramos, justo en el momento que la cámara de vigilancia enfocaba el pasadizo donde estaba el cuarto de Manson. Yo cerré bien la puerta.

  Escuchamos, entonces, el agua de la ducha chorreando y a Manson cantando. -¿Qué hacemos?-, pregunté entre dubitativa y entusiasmada  y de repente Helga estaba completamente desnuda.  -A hacer lo que venimos-, dijo ella mordiendo el labio.

Ay, Helga estaba completamente chiflada.  Dudé y pensé en irme, pero tampoco podía dejar a mi amiga con ese hombre. Entonces me quité el top y el short y también quedé desnuda. -Que sea por la causa-, dije divertida.

Manson escuchó nuestros cuchicheos y sacó la cara de la ducha y nos vio allí, con nuestras risitas largas, los ojitos brillando, las caritas de yo no fui y los pechos flotando como globos por la excitación del momento.

Woowwwwww, Manson salió de la ducha entre sorprendido y aturdido y vimos ensimismada sus músculos como cerros, el pecho alfombrado completamente de vellos y su virilidad en su máxima expresión. Y sin querer otra vez estábamos despeinadas, boquiabiertas y con los ojos desorbitados.

Fue sencillamente, maravilloso. Deliramos entre los brazos de Manson, fue un viaje sin escalas hacia la luna y las estrellas y quedamos, en una palabra, obnubiladas. ¡Qué hombre!  Sus brazos eran largos y poderosos, sus bíceps eran de acero y sus piernas parecían troncos de árboles. En un solo suspiro me volví una antorcha, calcinándome por completo. Mis sollozos se hicieron una música sensual y sexy que entusiasmó aún más a Manson, porque, en realidad, estaba completamente excitada.

  Igual ocurría con Helga. Mordía sus brazos, arañaba su espalda, lamía sus hombros y no dejaba de gemir y aullar como una loba, enajenada y febril, rendida a los encantos masculinos de Manson.

  Jamás la pasé mejor que esa noche. Quedé eclipsada mientras él descubría parajes inhóspitos de mi intimidad y alcanzaba mis vacíos convertido en un huracán sin contención, arrasando con todas mis defensas. Imagino que eso mismo pasó con Helga.

  Luego de tan inolvidable faena, Manson nos rogó decir nada. -Tengo mi esposa, mis hijos-, nos imploró con la cara duchada de sudor, parpadeando y exhalando fuego en su aliento. Pero a nosotras no nos importaba sus problemas conyugales. Lo que queríamos es que él no dijera nada de lo que había pasado porque de lo contrario, nos echarían del concurso, je je je.

  Entonces acordamos los tres hacer mutis.

Volver a nuestros cuartos fue también toda una odisea, calculando los tiempos y evitando las cámaras de vigilancia. Y mientras Manson quedó tumbado en su cama, soplando humo hasta por las narices, nosotras salimos riéndonos como mocosuelas traviesas.

A Manson lo volví a encontrar, tiempo después, en la visita que hice a un hospital geriátrico en Boston.

Yo no quería ir, pero la organización me insistió que el contrato estaba firmado y no habían excusas. -Ellos auspician ese hospital-, me dijo Margot. Se había puesto una minifalda demasiado corta y botines.

-¿Quieres matar de un infarto a los cabecitas blancas?-, le dije divertida.

-Ay, les vendrá bien un poquito de emoción-, sonrió ella.

No me gustaba tampoco que me peinaran y me llenaran la cara de pintura. Y aunque Nancy, Fanny Daysi hacían un trabajo estupendo y yo ni siquiera movía un dedo, sin embargo, no era de maquillajes, desde adolescente. Detestaba, por ejemplo, pintarme la boca.

-Parece que dejas tu vida al azar-, se molestó Andrea viéndome remolona, apática y sin colaborar con los afanes de su equipo de trabajo.

-Soy como soy-, le dije. Pero igualito me pusieron muy hermosa.

  Jaclyn también se encargaba de las fotos. Esa mujer era cuatro pulmones y todo terreno. Se movía a todas partes y estaba siempre detrás mío, tomándome fotos y hablando con los periodistas o con las autoridades. Y en el hospital estaba más entusiasta que nunca, pidiéndome un millón de fotos con los pacientes.

   Es que todo era lindo, en realidad. Yo quedé  muy conmovida de la velada.  De las caritas felices de los ancianitos, de sus sonrisitas escapando de sus labios y las luces que se prendían como foquitos, en sus ojos.  Mi mirada se encharcó de lágrimas y hacía fuerza por no llorar cada vez que abrazaba a un paciente, le besaba la frente o le tomaba sus manitas arrugadas.

  -No vayas a ponerte a llorar-, me pedía Jaclyn, sin embargo me era difícil. Mi corazón rebotaba en el pecho conmovido y frenético, viendo ese espectáculo, tan dulce, de los pacientes alzándose sobre sus codos para ver "a la mujer más hermosa del planeta", como proclamó el director del nosocomio geriátrico.

  -¿Marisol?-, entonces escuché una voz, después de tomarme selfies con las enfermeras. Melissa se alzó sobre sus pies y Sandra me tomó del codo.

-Calma, chicas, soy yo, Manson-, dijo él divertido.

Quedé boquiabierta. Estaba más hermoso que nunca. Los vellos escapando de su pecho, las mangas de su camisa remangada, la discreta barbita rodeando su mentón y la mirada altiva de pavo real. Mordí mis labios y el fuego empezó a encenderse en mis entrañas. Golpeé mis rodillas incluso, impactada.

  -Estoy trabajando en el hospital, dejé la organización-, me dijo, después de besarme en la mejilla. A mis guardaespaldas también las besó.

-Te desapareciste después de esa noche-, le increpé.

Era cierto. En la mañana, después de la deliciosa velada en su cama,  Helga y yo buscamos a Manson para desayunar, pero no estaba. Llamamos a su habitación y nadie contestó. Corrimos de prisa a la recepción y la chica que estaba a cargo nos dijo que él se había ido muy temprano.

-¿Y el certamen Miss Sideral?-, nos miramos Helga y yo.

-Creo que el señor renunció esta misma mañana-, nos dijo la recepcionista.

-Me asusté mucho-, me volvió en sí Wilfred.

-¿Pensabas que Helga y yo éramos chicas malas?-, me reí.

-Al contrario, me enamoré de las dos. Sigo amando a las dos. Pienso en ustedes día y noche-, me dijo.

Uffff. La candela me hacía cenizas y tenía ganas de morder sus brazos, saborear su boca y otra vez hundir mis uñas en su espalda de roca. Ardía en deseos que me haga suya. Sandra incluso lo notó.  -Cálmate, mujer-, me susurró, haciéndose la desinteresada.

Pero yo no podía más. Era una gran tea queriendo devorar a ese hombre de pies a cabeza.

Margot interrumpió el idilio. -Nos vamos, Marisol, tienes una pasarela a las siete-, me dijo, jalándome del brazo.

-¡Te veo luego!-, se estiró Wilfred, pero yo ya había desaparecido con mi séquito por los pasadizos del hospital.

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