Olivia
—¡Hola! ¿Lo mismo de siempre, Olivia? —me pregunta Colette, quien ahora está encargada de atenderme cada vez que vengo al bar, es buena en lo que hace, incluso si dude de ella al principio. Asiento y se marcha con una sonrisa, es muy... deslumbrante de una manera que ciega y duele.
Tengo apagado el celular con la intención de que no me llamen y no me busquen, estoy escapándome, es como un momento de rebeldía que necesitaba para que me dejaran en paz. Miro hacia la calle, fuera de este bar, los autos van y vienen y como siempre, llueve. ¿Es temporada de lluvias? Siempre llueve aquí, pero últimamente es diario.
Veo a la gente pasar, algunos abrigados hasta el cuello, odiando la lluvia y otros disfrutando de mojarse y saltar entre charcos. Mocosos.
—Aquí esta tu Manhattan —murmura Colette, concentrada de no dejar caer nada mientras va acomodando mi mesa, se levanta una vez que termina y pega su bandeja a su pecho, me mira como si quisiera decirme algo, así que espero que lo haga.
—¿Tienes algo que decirme?
—Ay, lo siento, ¿fue muy obvio? No quería molestarte —¿qué si fue obvio? Casi me hace un agujero en la frente, suspiro y dejo que hable—. Solo quería preguntarle si se encuentra bien —mi ceño se frunce—. Es que luce preocupada, tal vez enfadada y algo melancólica —arqueo una de mis cejas y ella me sonríe todavía más—. Soy buena leyendo a las personas.
—No estoy segura de eso, Colette —se ríe y ladea su cabeza.
—Olivia, si hay algo que te preocupe, no dudes en hablar conmigo. Seré una estudiante y trabajadora a tiempo parcial, pero tengo experiencia en la vida y suelo dar buenos consejos, eso me lo han dicho mucho —sonrío, es un poco tierna.
—¿Por qué te preocupa? Tu interés en mí, podría confundirlo y creer que quieres salir conmigo, de todos modos, todos aquí saben cuáles son mis preferencias —se sonroja y creo que con eso es suficiente para que mantenga las distancias, pero sus ojos brillan.
—Yo... ¿podría estar contigo?
—¿Qué?
—Tengo una obsesión por las cosas y las personas bellas, no importaría experimentar con una mujer, si eres tú —ahora yo soy la sorprendida, se inclina hasta mí y yo intento retroceder—. Eres hermosa, Olivia.
—Te escuchas como una pervertida, Colette.
—¿No te había tocado escucharla? —Colette y yo miramos a Giselle, quien acaba de llegar, esto es una completa casualidad, Colette se sonroja y Giselle se sienta frente a mí—. ¿Puedes traerme una soda? No quiero nada de alcohol, esta noche —Colette asiente y se marcha, la veo irse y Giselle se ríe—. El otro día fui a su universidad para un trabajo y la vi en su momento más pervertido.
—¿En serio?
—Parece que le gustan las cosas bellas, aunque su definición de bello creo que está un poco averiado, en serio que la belleza es muy subjetiva.
—¿Dices que se equivocó cuando dijo que yo era hermosa? —Giselle jadea y yo me río entre dientes.
—Siempre enredas las palabras solo para hacerme quedar mal —se acomoda en el sillón—. Parece que tuviste un mal día. ¿Quieres que subamos? —ahora finjo estar ofendida.
—¿Dices que si tengo un mal día el sexo lo mejoraría? —asiente sin vergüenza alguna, me río un poco más fuerte, ¿será el alcohol?
—El sexo mejora mis días, ¿a ti no? —se encoge de hombros y sacudo mi cabeza—. Además, aprovéchame. Dentro de tres días debo salir del país, estaremos haciendo algunas grabaciones en el extranjero. No sé cuánto tiempo nos lleve, porque debemos ir y venir en diferentes países y si el clima no nos ayuda, además de la temporada es posible que la producción se retrase.
—Parece que tú no tuviste un buen día —le devuelvo, se ríe sarcasticamente.
—Me emociona mi trabajo, pero odio los retos de este —suspira dramáticamente, Colette vuelve con su soda—. Terminemos las bebidas y subamos —asiento.
—¿Puedo unirme?
—No —le respondo a Colette quien hace un puchero—. Te gano por quince años, no voy a acostarme contigo —le aclaro y eso la hace reír.
—Al menos lo intente —está loca, pero me agrada. Pasan los minutos y Giselle es la primera en terminarse su soda.
—Subiré primero, tengo que hacer una llamada —se levanta y se marcha, me termino el resto de mi bebida y me espero unos segundos antes de ponerme de pie. Tomo mi abrigo y mi bolsa, lista para ir a la habitación, pero escucho un sonido familiar.
—Olivia —veo hacia la puerta, que es por donde ha entrado Bella.
—¿Bella?
—¡Qué casualidad! —exclama, luce extrañamente contenta, ¿se murió su madre? Verla me hace recordar ese altercado en el hospital, ¿ha pasado una semana? ¿Más?
—Seguro —no creo en las casualidades.
—¿Vienes mucho por aquí? —ladea su cabeza y en su mirada no veo ninguna mala intención, pero sigo sin confiar.
—No —miento.
—¡Oh, Olivia, que bien que no te has ido! ¿Recuerdas que el otro día que viniste? Dejaste esto —maldita Colette—. Además, dijo mi jefa que estaba a punto de colgar tu fotografía en la entrada, ya que eres una cliente frecuente que jamás nos decepciona.
—Colette, juro que te voy a asesinar —murmuro, le arrebato lo que sea que me haya traído y veo a Bella, quien luce un poco divertida.
—Entonces, no vienes mucho por aquí —se burla y creo que me estoy sonrojando—. Descuida, yo no soy cliente aquí. No vine para causarte más problemas —levanta sus manos, mi ceño se frunce y antes de que pueda preguntarle, un hombre aparece detrás de ella.
—¿Hay mesas disponibles? Somos como una decena, no entiendo por qué el director quiso venir a un bar, ¿crees que vendan comida? —habla directamente con Bella, ignorando a los demás y como por arte de magia, aparecen muchas personas.
—Es una reunión de trabajo —me cuenta—. Adiós, Olivia.
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