A salvo del daño

Sam estaba preparando sus cosas para ir a la ciudad. Aunque con un poco de suerte, estaría de vuelta allí en poco menos de un mes, le dio una extraña sensación de melancolía el darse cuenta de cuántos de sus recuerdos estaban en su habitación. Estaban las medallas que ganó en atletismo, cuando estaba en la escuela primaria. Ni siquiera ella, a quien el periódico escolar habría calificado como la estudiante con más posibilidades de convertirse en atleta profesional, habría imaginado que su carrera se vería truncada por una lesión bastante tonta, sufrida mientras montaba en bicicleta con su prima, en un verano cuando ella acaba de cumplir doce años.

Allí, junto a un enorme conejito rosa de peluche, había una foto de ella y Henry, del día de la obra, tomada directamente de la Gaceta de Cedar Creek . Al verla a ella y al joven Vandervilt tan felices y llenos de vida, la bellachica casi sintió ganas de llamarlo, solo para saber cómo estaba. Pero en un instante, recordó que estaba en una misión mucho más importante que coquetear con un tipo, sin importar lo guapo que este estuviera. Como si quisiera arrancarse de golpe ese sentimiento de su corazón, la chica estuvo a punto de tirar el teléfono sobre su cama, pero pronto comenzó a sonar.

Para su sorpresa, se dio cuenta de que era Rachel, quien, por suerte, sonaba muy esperanzada.

—¡Oye chica! Tengo buenas noticias para ti. Ya tengo seguridad privada para cuidar de Frank, a quien tú y Bobby ya conocen, y de nuestro otro testigo. Me costó mucho trabajo, pero creo que eso nos puede dar un poco más de seguridad, ¿no crees?—, dijo la madura abogada, visiblemente feliz.

—Eso suena muy bien, pero ¿cómo puedes pagar por eso? Cualquiera en este planeta sabe lo caro que es hacer uso de un equipo de seguridad privada—, dijo Sam, rascándose la cabeza.

—Afortunadamente, cariño, no tuve que pagar por ello— dijo Rachel con confianza. —Conseguí el apoyo de un par de asociaciones civiles que trabajan para proteger a los activistas de la sociedad civil. Lamentablemente, no será para siempre, pero al menos durante el juicio—, dijo la abogada de corta cabellera

—Aún así, todavía me da un mal presentimiento que dos de nuestros testigos hayan sido amenazados. ¿No crees que es muy probable que alguien esté tratando de silenciarnos?

—¿Sabes qué? Creo que es muy probable que así sea. Por terrible que sea, estas cosas siempre suelen suceder cuando intentas luchar contra una empresa tan grande y con tanto poder por todo el país. Pero depende de nosotros no dejarnos intimidar—,suspiró la mujer corpulenta. . .

—Oye, no te ofendas,pero... ¿Eres realmente tan valiente todo el tiempo? Desde que te conocí, me has dicho que has sobrevivido a cosas brutales. ¿No te dan ganas de quedarte todo el día en la cama de vez en cuando?

—¡Claro que sí! Pero las ganas de ver un cambio real en este país me hacen seguir adelante, me hacen levantarme de la cama mejor que cualquier taza de café, por más cargado que  esté—, sonrió la abogada. —Y hablando de seguir adelante, ¿ya estás en camino a la capital?

—No, Rachel, solo me dirijo a la casa de Melissa. Acordamos ir juntos, ya que ella alquiló una camioneta pequeña para llevarnos allí, junto con nuestras pertenencias para el viaje

—Bueno, mucha suerte chicas. Por favor, cuando lleguen aquí, llámenme o envíenme un mensaje, así puedo ayudarlas con lo que se les ofrezca—, sonrió Rachel con ternura.

—¡Claro que será así!—, respondió la chica de cabello oscuro, sintiéndose extrañamente motivada.

Tan pronto como Sam llegó a la casa de su amiga pelirroja, esta la recibió con un cálido abrazo.

—¿Estás listo para salir y enfrentar nuestro destino?— La pelirroja de ojos marrones le dijo a su amiga. —Estoy muy emocionada con todo esto

—Yo también, amiga. Pero a todo esto, no me dijiste con quién te vas a quedar ahí —respondió la  de cabellos oscuro. —Si quieres, le digo a mi tía que te haga un lugar

—No gracias, cariño. Me voy a quedar en un buen hostal. No será muy lujoso, pero al menos tiene internet y todos los servicios básicos

—Oh, bueno, querida amiga. Te creeré.. Pero para cualquier cosa que necesites, puedes llamarme

Las dos chicas continuaron su camino, hasta que el teléfono de Melissa comenzó a sonar con insistencia.

—¿Quién diablos podría ser?— dijo la pelirroja, deteniéndose a un lado del camino para revisar sus notificaciones.

—Oh, Dios—, dijo Melissa, con las manos temblando.

—¿Qué pasó, Mel?—, le preguntó Sam, un poco preocupado.

—Es que en uno de los perfiles de redes sociales que creé con la ayuda de la Resistencia, nos dijeron unas cosas horribles, ¡mira!—. Dijo la de ojos marrones, dándole el teléfono a su amiga

Sam tomó el teléfono de Melissa y comenzó a leer los comentarios. Su corazón se llenó de tristeza al ver los mensajes de odio y amenaza dirigidos a los activistas. Podía sentir un caudal de ira hirviendo dentro de ella y, por un momento, pensó en responder a los mensajes, pero rápidamente se dio cuenta de que solo empeoraría las cosas.

—No podemos permitir que esta gente nos afecte—, dijo Sam con firmeza, tratando de mantener la calma. —Sabíamos que habría riesgos involucrados en lo que estamos haciendo, pero no podemos dejar que el miedo nos impida luchar por lo que es correcto.

Melissa asintió, pero Sam pudo ver el miedo en los ojos de su amiga. —Sé que da miedo—,continuó —Pero no estamos solos en esto. Nos tenemos a nosotras, también a Rachel y a los otros activistas que nos apoyan. Superaremos esto unidos—.

Melissa respiró hondo y logró esbozar una pequeña sonrisa. —Tienes razón. No podemos dejar que nos intimiden. Tenemos que seguir adelante.

Sam le sonrió de vuelta a su amiga. —Ese es el espíritu. Sigamos avanzando y enfrentando lo que se nos presente.

Mientras continuaban su viaje hacia la ciudad, Sam no podía quitarse de encima la sensación de inquietud que le habían dejado los mensajes amenazantes. Pero sabía que no podía dejar que el miedo le impidiera luchar por la justicia. Estaba decidida a enfrentar los recuerdos y los desafíos que se avecinaban.

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