Hogar de Infancia

Henry se había dado la vuelta en su automóvil cuando vio al grupo de manifestantes cerca de la empresa de su padre. William lo había llamado con el pretexto de revisar unos asuntos en las filiales de la empresa en el norte del país, pero sabía que en verdad lo único que quería era hacerlo sentir aunque fuera un poco miserable, para poder descargar sobre él la furia que sentía por no poder deshacerse del problema de Cedar Creek tan fácilmente. Siguiendo un extraño impulso, el joven se dirigió hacia la casa de su infancia; el lugar donde vivió hasta los doce años. Sin pensarlo mucho, en las afueras de la capital, se detuvo en una pequeña tienda para comprar un par de mudas de ropa y algunos artículos de higiene personal. A pesar de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que visitó Birchfield, todavía conocía el camino hacia allí como la palma de su mano. Mientras conducía por las sinuosas carreteras, los recuerdos de su infancia inundaron su mente. El pequeño y pintoresco pueblo de Birchfield estaba enclavado en un valle rodeado de colinas ondulantes;  el ver paisajes que le resultaban familiares y los escuchar sonidos del campo finalmente lograron calmar al joven. El joven se sentía agradecido con la vida por la oportunidad de escapar del caos de la ciudad, aunque solo fuera por un rato. Cuando finalmente halló la pequeña casa, Henry se sorprendió al ver que todavía estaba en pie. Siempre había asumido que su padre ya la habría vendido, o al menos,habría dejado que se deteriorara. Pero cuando salió de su auto y se acercó a la puerta principal, pudo ver que había sido bien mantenida.

Al abrir la puerta, a Henry lo invadió al instante una inmensa ola de nostalgia. Los muebles viejos que todavía estaban allí, el papel tapiz descolorido y los olores familiares de la casa de su infancia lo recibieron en cómodo silencio. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Sin embargo, mientras caminaba por la casa con un poco más de calma, se dio cuenta de que había algunos detalles nuevos. Algunos electrodomésticos eran nuevos, y tanto el agua como la electricidad funcionaban a la perfección. Asimismo, las plantas del porche habían sido regadas recientemente. Por increíble que pareciera, todo parecía como si alguien viviera aquí o al menos viniera de visita muy a menudo, lo cual era extraño, considerando que al Sr. Vandervilt no le gustaba nada que le recordara tiempos más humildes.

El joven de ojos azules había pensado en pasar un par de días en un pequeño hostal ubicado en las afueras del pueblo, pero al ver que la casa de su infancia estaba en tan buenas condiciones, decidió quedarse allí. Luego de desempacar, el joven optó por beber un vaso de agua y luego de eso, quiso dar un paseo por su pueblo de infancia. Caminar por esas calles le traía a la mente gratos recuerdos, como cuando él y Reginald se perdieron en el bosque que rodeaba al pueblo junto con otros niños de allí, a causa de una cruel tormenta que los atacó mientras exploraban los alrededores. Esa vez, Evelyn; su madre y la de Reginald, les había dado un buena zurra, debido a la preocupación que le había causado no saber nada de sus hijos durante un par de horas.

—¿Están locos?—había gritado la matriarca —Vieron que estaba a punto de llover y, sin embargo, se empeñaron en salir junto con los otros niños

—Déjalos en paz, querida—, había intervenido William—Son solo niños que querían divertirse un poco

Recordando ese día, resultaba interesante ponerse a imaginar qué habría sido del Sr. Vandervilt si su empresa no hubiera tenido tanto éxito. Irónicamente, tal vez eso lo hubiera hecho más feliz a él y a su familia. Pero el joven no se dejó llevar por sentimientos melancólicos. Había llegado al que era uno de sus lugares favoritos en el mundo desde que tenía uso de razón. La localmente famosa heladería de Birchfield. Sintiendo que lo invadía una cálida oleada de alegría infantil, Henry pidió un helado, adornado con chocolate líquido y una cereza encima.

Una sonrisa se dibujó en su rostro al darse cuenta de que a pesar de que habían pasado tantos años desde el último día que había visitado ese lugar, la heladería no había cambiado mucho. La heladería todavía estaba pintada de azul, como en ese entonces, pero los muebles del lugar eran nuevos, de un color rojo brillante,

Henry Vandervilt entrecerró los ojos y recordó el feliz momento en que toda la familia había celebrado allí que Reginald había recibido una medalla por ser el mejor alumno de su clase de secundaria. —En verdad, hijo mío, no podría estar más orgulloso de ti. William le dijo a Reginald, dándole el más grande de los abrazos. —Ojalá pudiera congelar este momento y quedarme aquí para siempre, con las personas que más amo en el mundo.

Ninguno de los presentes hubiera imaginado que, menos de 10 años después, padre e hijo entrarían en una pelea que los dejaría odiándose.

Por mucho que intentaba recordar esos instantes sin perder la calma, Henry derramó algunas lágrimas al pensar en lo maravillosa que podría haber sido su vida familiar si su padre no hubiera vendido su alma por un poco de riqueza terrenal.

—¿Qué te pasa, guapo?— Una de las camareras de la heladería le preguntó preocupada. —¿Te sientes mal?

—No, muchas gracias—, suspiró Henry, —Solo estoy un poco melancólico por estar de vuelta aquí después de varios años

—No sé por qué volviste—respondió la empleada con una risita, mientras ajustaba sus grandes anteojos. —Cualquier lugar es mejor que este pueblo olvidado

—Usted no lo entendería, señora—dijo el de los ojos azules-. —Los habitantes de la ciudad tienen mucho que envidiarles a ustedes, los que viven en lugares como este

—Si tú lo dices…— murmuró ella.

Cuando Henry terminó las últimas cucharadas de su helado, creyó escuchar una voz familiar en la distancia.

—¡¡VanderCat!! ¿Eres realmente tú? Todos en el pueblo juraron que tu papá los había matado a todos los de tu familia en un ataque de locura— Al escuchar ese apodo y esas extrañas declaraciones, el corazón del joven comenzó a latir un poco más rápido. En todo el mundo solo había una persona capaz de tratarlo con tanta familiaridad, a pesar de no haberlo visto en mucho tiempo.

—¡RossDog! ¡Por supuesto que soy yo!— Henry sonrió de oreja a oreja —¿Pensaste que nunca te volvería a ver?

Sin dudarlo, los dos se fundieron en un fuerte abrazo, para sorpresa de los demás presentes, poco acostumbrados a las demostraciones públicas de afecto entre dos caballeros. Pero a ninguno de ellos le importaban esas miradas. Estaban muy felices de volver a encontrarse después de tanto tiempo.

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