Por un instante, Henry se había imaginado haciendo una vida con Sarah. Después de todo, ella era dulce, amable y, sobre todo, inteligente. Y así, así como él entró en su vida, salió de ella. Y lo peor de todo esto era que los rumores decían que se había ido de la empresa porque estaba gravemente enferma, o peor aún, que había intentado quitarse la vida por la presión de trabajar en NorthStar Energy. Aunque trató de no pensar en ella, había un dejo de tristeza en sus ojos que era más que obvio para quienes lo conocían. Pero el muchacho le estaba pidiendo al cielo que su tristeza no se notara demasiado, ya que su padre quería hablar con él.
—¿Qué te pasa, muchacho?—, le dijo Meg, la secretaria de su padre. —Te ves muy triste. ¿Tienes miedo de que tu padre te regañe o algo así?
—No, señora Greenwood. Estoy acostumbrado a que él me regañe—, sonrió el joven con un poco de melancolía. —Solo le diré que extraño mucho a alguien
—No te preocupes, chico, estoy segura de que si esa persona significa tanto para ti, encontrará la manera de que los dos se vuelvan a encontrar.
—No sabes cómo desearía que tuvieras razón—, suspiró el joven con inmensa melancolía
Pero él ya no tuvo tiempo de sentirse triste, ya que las puertas de la oficina de su padre se abrieron de par en par.
—Entra, chico, te he estado esperando—, dijo una voz marcial desde adentro. —Tengo noticias no muy agradables para ti
—¿No me digas que por fin alguien te denunció en Hacienda? Te dije que comprar ese yate tailandés por internet solo te iba a traer problemas
—No, no es eso. Es que uno de mis abogados me acaba de marcar por teléfono, para darme la noticia de que unos aldeanos nos quieren demandar
—Pues padre, ya era hora de que sucediera algo así. Yo sé mejor que nadie lo que tu empresa ha causado a varios pueblos y ciudades pequeñas—suspiró el joven.
Los ojos de su padre se abrieron sorprendidos por su respuesta. —¿Qué quieres decir, Henry? Siempre me has apoyado a mí y a la compañía
—He apoyado la idea de la empresa, padre. Pero no lo haré a costa de destruir la vida y el sustento de las personas que menos tienen. He visto la devastación que nuestras operaciones han causado en esos pequeños pueblos, y no puedo simplemente quedarme sentado y dejar que todo eso suceda sin que yo haga nada.
Su padre lo miró con severidad. —Sabes que así es como funcionan los negocios. Desafortunadamente, a alguien le tiene que tocar perder
—Pero no tiene por qué ser así—afirmó Henry. —Podemos encontrar una manera de operar éticamente, de respetar los derechos de las personas y el medio ambiente.
El señor Vandervit suspiró, un poco molesto. —Eres demasiado idealista, mi amado hijo. Así no es como funciona el mundo. Tenemos que pensar en las ganancias y el crecimiento de nuestra empresa.
—Sé que para ti todo se reduce a ver cuánto dinero puedes sacar de cada situación—, suspiró el exasperado joven. —Pero esta vez, la vida de muchas personas está en riesgo por culpa de nuestra empresa. Es lógico que busquen demandarnos. Saben que tienen lo que se necesita para ganar
William Vandervilt miró a su propio hijo con un extraño dejo de desprecio. No podía creer que alguien como él pudiera haber traído al mundo a un chico como Henry, tan despreocupado de los asuntos materiales, y tan preocupado por cosas tan insignificantes como tener valores y preocuparse por los que menos tienen.
—Bueno, tal vez tengan casi todo lo que necesitan para ganar, pero tenemos dos cosas que valen más que cualquier evidencia: dinero y poder—, sonrió con cinismo el patriarca—. Quiero ver a esos vulgares aldeanos atreverse a seguir con el pleito.
Henry miró a su padre con incredulidad. No podía creer que compartía sangre y apellido con una persona tan insensible hacia el sufrimiento de los demás. —¿Eso es todo lo que te importa, padre? ¿Dinero y poder? ¿Qué hay acerca de hacer lo correcto? ¿No crees que ya es hora de que nos hagamos responsables de nuestras acciones?
William Vandervilt se recostó en su silla y fijó la mirada en su hijo. —¿Sabes qué, Henry? Suenas como un liberal radical, de esos que parecen hippies sin oficio ni beneficio. El mundo no funciona de esa manera. Los fuertes se alimentan de los débiles. Es la ley de la selva. Y no me he matado trabajando por tantos años para que nuestra empresa sea vista como débil.
—¿Pero a qué costo, Padre? ¿A costa del medio ambiente y de las personas que dependen de él para su supervivencia? ¿Cómo puedes siportar tu propia existencia sabiendo que tus acciones han causado tanto daño y sufrimiento?—A Henry se le comenzaba cuartear la voz debido a tanta emotividad en sus propias palabras.
William Vandervilt se levantó de su silla y se acercó a su hijo. —Escúchame, Henry. Puede que seas mi hijo, pero me acabo de dar cuenta de que no eres parte real de este negocio. No sabes lo que se necesita para dirigir una empresa como esta. No sabes lo que se necesita para tener éxito en la vida Entonces, si no estás dispuesto a seguir mis reglas y hacer lo que en wl fondo tú sabes que se debe hacer, entonces tal vez sea hora de que busques empleo en otra parte.
Henry se puso de pie y miró fijamente a su progenitor, con los puños apretados por la ira. —¿Sabes qué, padre? Tal vez lo haga. Tal vez encuentre un empleo en el que realmente pueda hacer una diferencia en el mundo. En el que pueda hacer algo que realmente importe. Porque ya no puedo ser parte de esto. Yo no puede ser parte de algo que destruye la vida de las personas en aras de un mero beneficio económico
William Vandervilt se burló de su hijo. —Bien. Adelante, haz lo que quieras. Pero no me vengas a llorar cuando te des cuenta de que en el mundo real, tu insulso idealismo no sirve de nada. Nunca tendrás éxito si no aprendes a jugar como los hacemos los adultos, niño.
Henry dio media vuelta y salió de la oficina de su padre, decidido a no mirar hacia atrás. Estaba realmente harto del negocio familiar. Estaba cansado de la codicia y la insensibilidad de su padre. El joven sabía que era hora de buscar un nuevo camino, uno que le permitiera marcar una diferencia real en el mundo.
Henry sabía que deshacerse por completo del yugo de su padre no iba a ser una tarea fácil. Al fin y al cabo, William Vanderbilt tenía fama de perseguir a sus enemigos como un sabueso, yendo hasta los confines del mundo para castigar a quienes osaban desobedecerle, la mejor prueba de ello era su hijo mayor, Reginald, que había escapado a Francia hacía ocho años, buscando no tener que satisfacer a su tiránico padre en cada momento de su vida. Aunque no lo dijera abiertamente, William esperaba que su hijo mayor regresara pronto a casa, suplicando su perdón de rodillas. Sin embargo, la Navidad pasada, cuando Reginald habló con él por teléfono, fue solo para decirle que estaba más feliz que nunca lejos de la familia, y que si su corazón se ablandaba, tal vez regresaría para su funeral. Ante todo esto, el señor Vanderbilt le contestó a su hijo con absoluta frialdad que ellos también estaban mejor sin él, y que no debía volver a su funeral, porque llevaba mucho tiempo desheredado.
A pesar de haber sido testigo del trato de su padre hacia su hermano mayor, el joven de ojos azules no le tenía miedo a su padre. Sabía que, aunque en ese momento se sentía solo, tarde o temprano encontraría nuevos aliados, que lo ayudarían a labrarse un nuevo camino de vida, lejos de la sombra de su cruel padre.
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