Nota del autor: por varios motivos me obligaron a censurar esta parte que es una de las más importantes de la novela, por lo que de ante mano me disculpo con ustedes lectores míos. Si bien la novela no va enfocada para un tono infantil, creo que será prudente el no publicar la segunda saga de Faernes, espero comprendan, por lo que unicamente se subirá la primer saga de Faernes que es esta que está en emisión. Espero sepan diculpar ya que la novela no va dirigida hacia un público menor de edad y el tener que censurarla no es algo que me guste y mucho menos comparta.
La puesta de sol concluía con las estrellas asomándose
tímidamente por el cielo nocturno, las dos lunas impusieron su brillo
suavemente por las casas, las ciudades se iluminaron y Tera observaba desde
lejos, la vista era bella y los trenes pasaban con mucha más frecuencia entre
las ciudades de cada provincia. Ellas estaban relativamente cerca, la
temperatura disminuía y las esquirlas de nieve danzaban por los cielos hasta
hacerse campo sobre el blanco e inmaculado suelo. Ellas estaban cerca de
Hacrist, el pequeño poblado se podía ver a lo lejos. El camino se volvía un
tanto complejo. Aumentándose la altura por lo general hacía más difícil
respirar y eso Tera no lo manejaba muy bien, pero Calai parecía apenas
afectada, de vez en cuando daba estornudos que Tera ya había relacionado como
los de un gatito. Las luces del camino alumbraban entre el follaje, praderas,
pueblos y ciudades y desde aquella altura la planta de energía geotérmica se
veía aún más imponente que los edificios y estadios de cada provincia, solo
superado por el castillo de las diez torres negras, en donde vivía la princesa
Cristal. El caballo trotaba cuidadosamente por el terreno, sus crines sacudían
la nieve. Por lo alto, en la montaña más grande, se veían grandes bancos de
neblina. Calai no se esperaba eso, usualmente la neblina solo aparecía en otoño
e invierno, no en primavera y menos en aquellas concentraciones, más no prestó
mucha atención y dirigió su mirada hacia atrás. Pasaron por un arco cubierto de
nieve que decía: “Pueblo de Hacrist”
Calai
se sentía alegre de volver a la tierra que la había cuidado y criado desde su
nacimiento y parecía feliz, pese a los duros momentos que se desarrollaban en
esos lugares. Quería ver a todos los conocidos, desde el panadero hasta la
amable señora que tenía la tienda de abrigos, quería convencerlos de que todo
estaba bien y que nada sucedería, mostrarles que había vuelto, pero decidió
esperar, no podía despertarlos y prefería visitarlos por la mañana. El poblado
comenzaba a dormir tranquilo, las casas con sus luces encendidas, los postes
con faros para alumbrar, las líneas del tranvía con sus calentadoras cada
treinta metros, los árboles enormes y el humo de las chimeneas.
––¿Aquí
es donde vives?
Calai
asintió tras dar otro estornudo. Copos caían esponjados y el aire contribuía a
que los sonajeros colgantes de las puertas ofrecieran sus notas. Podían ser las
diez de la noche, demoraron más de lo esperado, pero con la ayuda de Calai
lograron arribar en menos tiempo.
––Es
hermoso. ¿En qué parte de este lugar está tu casa?
Calai
señaló un camino elevado donde se divisaba una casa con techo de piedra
cubierto de un manto blanco y a su lado había un gran árbol Pétalos rojos, muy
común en aquellas tierras.
––Tera––Se
volvió hacia ella––. Estaba pensándolo ¿por qué no te quedas en mi casa? Bueno,
al menos hasta que encuentres una en donde quedarte, es un poco complicado
conseguir una casa en la ciudad central.
––¿En
serio?
––Es
lo menos que puedo hacer, me curaste, me cuidaste y me diste refugio aun cuando
ni siquiera nos conocíamos. Eres una persona muy buena.
––¡Calai!
––Shhh.
Señaló
las casas, había personas durmiendo y sería muy descortés hacer el hacer ruido
a tan altas horas de la noche.
––Perdón.
Gracias Calai––Musitó esa vez.
Subieron
el pequeño camino y llegaron a casa, no había muchos problemas en dejar al
caballo en un lugar cercano, donde lo cuidarían debidamente y donde solo tenía
que registrarlo, pagar una módica cantidad de dinero y guardarlo por una
semana. Calai se quedó a guardar las cosas mientras Tera procuraba posada a
Brisa. Las llaves las había perdido en el río, más para su fortuna, tenía una
copia que dejó bajo una losa de madera que levantó confirmando lo útil del
escondite. Por lo menos había logrado hacer algo bien. Entró, la casa estaba
fría, había apagado el calefactor y aquello parecía un frigorífico, encendió
las luces y corrió al calentador, usualmente tardaría unos quince minutos en
calentar su pequeña y acogedora casa. Desempacó, tomó las flores que conservaba
del antiguo hogar de Tera y las dejó en la mesa, durante el viaje procuró que
no se deshidrataran. Tera no llevaba mucho equipaje, dio otro estornudo y ese
sobresalto le hizo tirar algunas cosas, las recogió del suelo lo más rápido
posible y continuó acomodando. Tera había llegado, se veía feliz y juntas
terminaron de acomodar. El cansancio pudo con ellas, la casa para ese punto ya
tenía doblegado el frío y se tornó un hogar caliente y agradable.
La cama era lo suficientemente grande como para que
las dos entraran fácilmente. Las mantas las cobijaron, mientras la nieve caía
de los cielos grises y el sonido de algunos pájaros nocturnos arrullaba el
silencio que las rodeaba.
Tera se cambió y se colocó su ropa para dormir al
igual que Calai.
Las luces estaban apagadas y la ventana proyectaba la
luz de las dos lunas, las estrellas como una faja de la oscura noche. Tera se
volteó, apretó el collar que le había regalado con fuerza y recordó momentos
alegres, como tenía por costumbre.
Recordaba
los momentos en los que se había metido en problemas y su padre tenía que poner
la cara, se sintió mal por entrelazar aquellas memorias con las felices, pero…
¿el pasado ya quedó ahí?, ¿siguen sus sombras acechando como una manada de
leonas sobre los ciervos? Las dudas de la vida son igual de misteriosas y rara
vez pueden dar con una respuesta acertada, cualquier persona puede decir que
uno aprende con golpes, pero Tera había recibido varias veces esas lecciones y
tardó bastante en aprender, no sabía si había aprendido, si había cambiado.
Creía y quería convencerse de que quizá, el rescate a Calai fue una prueba de
la vida para probarse a ella misma que era capaz de tornarse en algo mejor, si había
realmente conseguido avanzar y progresar mentalmente, quería convencerse de que
aquella niña infantil y estúpida había muerto y renacido en lo que era.
Se
durmió, Calai la abrazó soñolienta, en su mente pensaba que abrazaba a un oso
de peluche.
Entre
tanto…
La noche se había tornado traicionera en las altas
montañas, los copos ahí se transformaban en balas blancas que iban con furia y
sed de arrancar sueños, el viento aullaba lúgubremente entre las casas de aquél
poblado. Una niña andaba torpemente por el bosque, buscaba alimento para su
hermanita menor, la casa de madera apenas tenía una fogata ya que la energía
geotérmica que calentaba al continente no había llegado aún. Flaqueaba y se
temblaba, los árboles se imponían tétricamente y las sombras la observaban
desde la noche oscura que danzaba pavoneándose con la muerte. Ella tenía que
encontrar algo, lo que fuera, pero el frío se convertía en un blanco para su
alma y su pelaje no la calentaba y la protegía completamente. Se desplomó, el
cansancio pudo con ella, sus ropas viejas y desgastadas se mezclaron con la
nieve. Su visión se nubló, tenía miedo y quería tener a su madre cerca, pero…
ella nunca volvió. Se sintió asustada, recordaba que su madre había ido a
buscar alimento pues no le alcanzaba el dinero para la tienda, más nunca
regresó. Cerró los ojos, quizá, aceptando su destino.
En el negro espacio, sintió una mano cálida que le
acariciaba la cabeza, el frio desapareció y abrió los ojos… había un joven de
bello aspecto, sus ojos eran azules y su cabello rubio resaltaba entre la
noche, sus manos eran cálidas, pero tenían fuerza y sus ojos destellaban una
luz de vida cual carbón encendido. Los vientos sacudían su capucha y sus
cabellos con violencia.
––Hola
pequeña. Me llamo Aerus
La
niña le observó con intriga, sus alas, pese a ser negras se divisaban
perfectamente y su caballo, de color negro, la observaba mientras el viento
jugaba violento con sus crines.
––Yo
me llamo Yhisan
––Gusto
en conocerte, te traje algo––Buscó entre su capucha negra, la niña observó un
gran libro rojo en su cinturón, pero desvió su mirada cuando Aerus sacó un
lindo peluche de lana––. Te traje esto.
La
pequeña lo tomó con felicidad, Aerus la ayudó a levantarse de la nieve.
––Sabes
Yhisan, tu madre me envió a buscarte.
––¿Mi
mamá?
––Si,
tu mamá. Tengo que llevarte con ella, te está esperando en un muy divertido y
lindo lugar.
Le
tendió la mano, el caballo se volteó.
––Pero…
Vaunis está en la casa, me está esperando y tiene hambre.
––¿Vaunis
es tu hermana?
La niña sintió.
––No
puedo abandonarla, ella me espera.
Aerus
le acarició la cabeza.
––Tranquila,
vendré por tu hermana después, no puedo llevármelas a las dos, mi caballo solo
puede llevar a dos personas y con tu hermana serían tres.
La
tomó de la mano y la montó el caballo, la nieve dejó de caer y una luz se hizo
presente mientras salían del bosque.
––No
te preocupes, pronto te reunirás con tu madre y tu hermana.
La
mañana envió sus rayos sobre las tierras heladas, la nieve no desaparecería,
pero se teñían del suave amarillo que teñía el sol, los cristales de los
árboles reflejaban su luz. En esas tierras no importaba la estación, las noches
siempre eran violentas y crueles, más por las mañanas, aquel demonio nocturno
desaparecía y permitía gozar de toda su belleza. Pétalos rojos caían por las
blancas montañas.
Calai
se levantó un poco soñolienta, bostezó y luego dio un leve estornudo, sus
cabellos cayeron sobre su cara, observó a Tera, su cola estaba inmóvil al igual
que sus orejas. Bajó torpemente de la cama, arrastrándose por la misma hasta
dar con el suelo, su cabello estaba hecho un desastre y tenía lagañas bastante
grandes, fue al baño y abrió el grifo para lavarse la cara, el agua caliente la
hizo sentir en el cielo. Tomó un cepillo y desató sus nudos, le costó ya que su
cabello era rebelde y no cooperaba con el orden, tenían una relación de amor
odio.
Entre tanto, Tera se levantó, la mañana era fría, pero
la calefacción la aislaba, en la ventana había nieve y se podía ver de lejos
como caían las plumas invernales, las nubes se retiraban y Tera esperaba que la
neblina de la noche pasada ya no estuviera. Calai salió del baño, estaba
peinada y no tenía un rostro soñoliento, se veía más despierta.
Las dos se saludaron alegremente, Calai fue a la
nevera, la abrió y rebuscó en su interior huevos, pero no encontró, recordó que
días antes del festival había acabado con los últimos dos en un desayuno. Buscó
su abrigo para salir, afortunadamente todo estaba tal y como lo había dejado y
eran quizá las ocho casi nueve.
––¿A
dónde vas Calai?
––Voy
a comprar huevos y unas cuantas cosas más para hacer el almuerzo.
––Te
acompaño, quiero conocer a mayor profundidad este lugar.
Calai
esperó hasta que Tera se alistara, se había peinado y lavado la cara y usó la
misma ropa del día anterior. Para su sorpresa no peinó su cola, cosa que
esperaba que hiciera, pero aquello no despertó mucho su interés.
Sin
embargo, al salir de su casa se sorprendió. Fuera de ella había muchas
personas, conocidos y seres que eran casi figuras paternas y maternas para
ella. Todos la estaban esperando para saludarla y eso prendió en ella una llama
cálida, un fuego que extendía cordeles sobre ella y hacía que bailaran las
pequeñas llamaradas que desprendía. Calai pensaba que ese encuentro se daría
después de que fuera a ver a Celgris y algunos para que ellos corrieran la voz,
pero parecía que habían sido más rápidos que ella y las luces de su casa
delataban su presencia.
Las
lágrimas empezaron a correr de su rostro mientras que ellos la observaban con
una tranquilidad y paz inenarrable.
Calai
corrió a su encuentro, los abrazó y dejó escapar unas lágrimas.
––Calai,
que alegría que estés sana y salva.
––Si,
muchos de nosotros fuimos a las fronteras de las naciones para preguntar y
buscarte Calai, temíamos lo peor, pero Celgris nos recomendó que buscáramos por
las fronteras.
––Muchos
están en las estaciones de Havila, Cus y Helster preguntado por ti, piensan que
quizá resultaste herida y que tal vez te mandaron a uno de los hospitales, o,
fuiste enviada a uno de esos países temporalmente––Se enjuagó las lágrimas y la
observó––. Pero me alegra que estés bien.
––Muchos
te vieron llegar, pero preferimos dejarte descansar.
––¿Quién
es ella?
Calai
contestaba sus preguntas, se sentía feliz recapitulando todos los
acontecimientos que sucedieron, desde su llegada a Edén, hasta que perdió el
conocimiento.
Ellos,
tras escuchar todo lo que había pasado miraron a Tera. Ella los observaba con
curiosidad, apoyada en el marco de la puerta, su cola se sacudía alegremente y
sus juguetonas orejas se movían de un lado para otro. Uno de ellos se acercó a
ella, su pelaje era grueso y Tera levantó la vista.
––Gracias
por cuidar de Calai.
Ella
se sorprendió, no era tan alto como se lo imaginaba, quizá dos metros y su
cuerpo cubierto de bastante pelaje. Él la abrazó y alzó con gran fuerza, aunque
ella temía que la soltara desde esa altura considerable. Las mujeres la
observaban alegremente y Calai sonreía junto con las demás. Los copos le
empezaron a cubrir la cabeza, parecía que entre tejían una corona y la
camuflaban entre sus cabellos. Una persona se apareció entre la multitud. Al
verlo, Calai corrió velozmente hacia el anciano, dio un salto y sus brazos se
anclaron a él, sus ropas largas se sacudieron.
––¡Celgris!
––¡Calai!
––La abrazó con ternura, su monóculo se movió ligeramente.
––Todos
nos preocupamos, realmente nos has asustado.
Calai
observaba a Celgris como si de su abuelo se tratara, le gustaba jugar con su
barba cuando lo visitaba y gustaba de oír sus historias y leyendas de las
tierras de Faernes, aunque por desgracia usualmente estaba muy ocupado y eran
pocas las ocasiones en las que podía hablar con él por largo tiempo.
––Calai,
necesito que hablemos en privado, hay algo de lo que tenemos que platicar. Te
estaré esperando… y no te preocupes de comprar comida, yo ya la tengo preparada
en mi casa, estás invitada.
Le acarició la cabeza y la despeinó un poco, sus
cabellos se tornaron un tanto tempestuosos y Calai tendría que luchar contra
ellos para demostrarles quien era la que estaba al mando, pero no le llegó a
molestar, de cierta manera ya se había acostumbrado, aunque para su buena
fortuna, apartó unos cuantos copos que se habían alojado y hasta camuflado
tímidamente en sus cabellos.
El
tranvía hizo sonidos desde la lejanía y Celgris aprovechó para ir a su casa, se
despidió de Calai y Tera para luego ir rumbo a la parada y montarse en aquella
máquina de transporte. Tera lo observaba con curiosidad. Los demás siguieron en
torno de Calai, abrazándola y hablándole como lo hacían de costumbre, ahora
Tera llegaba a comprender el “por qué” ella estaba preocupada por todos, eran
buenas personas y podía vislumbrar el sincero amor que le prodigaban.
Luego se retiraron para seguir con sus vidas
cotidianas, se despidieron de Calai y de Tera con alegría y amabilidad. Tras
esos sucesos de alegría Calai se dispuso a ir a la casa del anciano en compañía
de Tera, el viento silbaba por la calle y se cubría con pinos de nieve, ambas
caminaron por un corto espacio hasta toparse con la parada para el tranvía que
era de madera y tenía un techo curvo para cubrir a los que esperaban en la
inclemente blancura del clima, el camino estaba adornado con pétalos rojos y la
sombra de esos árboles era enorme.
––¿Por
qué no caminamos hasta su casa?
––La
colina es muy empinada y cuesta bastante subir, además que la nieve me cansa,
es mejor tomar el tranvía que será más rápido. No cobran mucho, el tranvía es
barato.
Tomaron
asiento en la parada, el sol se colaba alegre por los árboles y llegaba
brindaba su luz a las tierras. Tera contemplaba todo el lugar, había dos vías,
cada una con su calentador, las casas se veían humildes, más ella prefería ese
tipo de casas, su comodidad y simpleza era algo que le gustaba, además que
desprendían un aire acogedor que le recordaba momentos alegres. Calai
balanceaba sus pies de un lado a otro, más no llegaban a tocar el suelo de
manera completa, jugaba con sus pulgares mientras observaba los blancos suelos
y esperaba el tranvía. Las maderas estaban frías y el faro que estaba a la derecha
no alumbraba, se apagaban comúnmente a las ocho de la mañana y se encendían a
las cinco de la tarde. El silencio predominaba y ambas estaban separadas a una
mano la una de la otra, de modo que no llegaban a rozar siquiera sus telas, las
orejas de Tera prestaban atención a todos los sonidos de la naturaleza, ella
gustaba de oír su orquesta en donde presentaba innumerables baladas que le
tranquilizaban su memoria, el aire era frío y más agradable de respirar, el
olor a abedules se colaba por sus fosas nasales. Un sonido muy característico
sonó a lo lejos, Calai dio un leve brinco y contempló a su izquierda escuchando
las ruedas del tranvía.
––¡Ya
viene, vamos Tera!
Tera
se movilizó hacia el tranvía, distinguiendo su color amarillo resaltar entre el
inmaculado blanco. Se detuvo en la parada, estaba vacío, por lo que no tuvieron
que esperar a que se bajaran personas, para Calai esperar no era una de sus
virtudes y quizá por eso no lo tomaba en las horas en donde era más concurrido.
El conductor extendió su mano (llevaba el uniforme característico de los
maquinistas, una gorra azul, un chaleco con el logo de la empresa color azul,
una camisa de manga larga bajo el chaleco y pantalones negros) y Calai entregó
un billete de color azul con un número diez, el chofer tomó el billete de diez
freiz y lo cambió por dos entris, entregó las monedas de plata a Calai y la
niña fue presurosa a uno de los asientos de cuero color café. Tera se sentó a
su lado, el tranvía inició el recorrido por el pueblo.
––¿A
dónde se dirige este tranvía?
––¿A
qué te refieres?
––¿Cuál
es la parada final?
––Es
al estadio que está al sur.
––¿Estadio?
––Si,
no me gusta ver deportes en lo absoluto, pero sí sé que este pueblo tiene un
equipo de balón pie, ahí es donde se dirige, pero nosotras nos bajaremos en la
siguiente parada.
––Recuerdo
que mi padre era un seguidor del equipo de las tierras de Onix, iba a los
estadios, pero, nunca me gustó, se me hacía aburrido. Aunque recuerdo una vez que el equipo de Onix
ganó y hubo una fiesta que duró hasta las cuatro de la mañana, fue algo
divertido de ver, mi padre me llevó al estadio. Me sorprende que este lugar
tenga uno.
––Quieres
mucho a tu papá… ¿por qué no está a tu lado?
Tera
la observó en silencio unos segundos.
––Las
personas cumplen un ciclo de vida Calai, las arenas del reloj se van filtrando
y cuando cae el último grano de arena… el tiempo en vida termina para esa
persona––Tomó su collar y lo agarró fuertemente, presionándolo contra su
pecho––. Duele mucho, pero… luego entiendes que es algo natural, te niegas, te
enfadas, tratas de negociar con la diosa de la muerte para que regrese a
nuestro ser querido, aunque sea cinco minutos, te deprimes y… finalmente lo
aceptas como lo que es, algo natural.
Calai
le tocó el hombro, no comprendía correctamente los sentimientos de Tera, pero
si observaba una mirada triste, la muerte era algo que apenas había oído y
pocas veces la había visto, la más impactante habían sido la de una persona que
el hada asesinó sin piedad. Tera volvió al presente, algunas lágrimas estaban
brotando de sus ojos, observó a Calai que la contemplaba preocupada.
––¡Ah!
perdón, a veces me sucede esto––Se secó sus lágrimas––. No te preocupes, estoy
bien.
––Estoy
segura de que él te está observando y está feliz. El abuelo me contó que cuando
una persona muere, observa a sus seres queridos y los protege, de seguro tu
padre te está protegiendo.
Tera
le dedicó una sonrisa sincera.
––Apuesto
que sí.
Pasaron
por unos árboles con hojas que tenían pequeños cristales colgando que fueron
gotas de rocío y que durante la noche se convertían en cristales antes de
llegar a tocar las ramas de aquellos troncos, en las mañanas el sol pasea sobre
ellas sus rayos y mientras se desintegran reflejan su luz. La cara de Calai se
fijaba por la ventana, gustaba de contemplar los paisajes y ver el dorado
reflejo encendiendo todo a su paso, Tera en cambio, observaba fijamente al
frente, las casas y la infraestructura del pueblo le gustaba, madres con sus
hijos, animales, el humo saliendo de las chimeneas y, al pasar por algunas
tiendas el olor a pan la embriagó completamente.
El
tranvía subió una empinada colina, las aceras se transformaron en escalones que
estaban al igual que todo, cubiertas de nieve, Tera comprendió lo que Calai
había dicho, la curva se tornó más empinada y los escalones empezaron a curvear
en forma de caracol por la colina, desapareciendo poco a poco de la vista de
Tera. Desde aquella posición, el sol se veía más grande y la capital de la
provincia Naorist relucía, el castillo se seguía observando bien desde aquella
lejanía, sus torres se imponían por el cielo. El pueblo se divisaba
perfectamente y los enormes engranajes jalaban con fuerza al tranvía por
aquella colina, le ayudaban con más facilidad a subir la empinada cuesta. Al
llegar a la cima, Calai oprimió un botón rojo y una luz apareció en el panel en
la parte superior del techo, la luz indicaba al conductor que se detuviera.
Ellas bajaron, dieron las gracias y este se quitó su gorra en señal de agradecimiento
por el buen gesto. El tranvía partió nuevamente, desapareciendo al llegar a la
colina y el sonido de sus ruedas hacía eco en los muros. Tera y Calai cruzaron
la calle, pasaron con cuidado las vías del tren y se encaminaron hacia la casa
del anciano, el reloj marcaba las nueve de la mañana. Había muchas casas a
ambos lados de la calzada, distanciadas las unas de la otras. Calai señaló un
gran roble viejo, tenía ventanas y puertas.
––Esa
es la casa del abuelo.
––¿Por
qué le llamas abuelo?
––Para
ser honesta no lo sé, siempre le dije así y creo que se hizo costumbre. No sé la razón, no la recuerdo.
Tera
meditó sus palabras, más no quiso decir nada. Calai se puso de puntillas para
poder tocar el timbre, Tera le ayudó, ella llegaba más fácil ya que era más
grande, y no ocupaba pararse de puntillas. El timbre resonó por toda la casa y
el anciano abrió la puerta con alegría, de su casa se desprendió un aroma
delicioso, era pan, queso, jamón, café y demás olores que se juntaban para
formar un tornado en las narices de ambas.
––Hola
Calai, pasa, pasa, y tú también––Ambas pasaron y el ambiente acogedor se hizo
presente––, la comida está lista, siéntanse como en su casa.
El
anciano las guio hasta el comedor, la mesa era de madera, al igual que las
sillas. Ambas tomaron asiento, la visión no podía ser más espléndida, Celgris
se sentó y empezó a beber un poco de café, Tera lo observaba con cierta
timidez, Calai, por su parte, empezó a tomar pan y un poco de queso.
––¿Cómo
te llamabas jovencita?
––T…
Tera, me llamo Tera, gracias por permitirme comer en su mesa.
––Vamos,
no te sientas incómoda, come, la comida se va a enfriar. Toma todo lo que
quieras, con confianza, no podemos darnos el lujo de desperdiciar nada, hay
muchas personas en este país que mueren de hambre y ansían poder tener lo que
hoy ofrecemos en la mesa.
Tera
alargó tímidamente su mano hacia los alimentos. Pero antes que pudieran
empezar, Celgris las detuvo, se habían olvidado de orarle a los espíritus
sagrados y a los dioses creadores por su bondad. El silencio se prolongó por un
espacio de un minuto en donde todos agradecieron. Tras esto, iniciaron la cena.
––Luego hay algunos asuntos de los que quisiera hablar
con Calai… y también necesito oír toda la historia de ambas. Tera, Calai,
cuéntenme su versión de los hechos antes y después de que el hada atacara.
…
El agua caliente resbaló por su espalda, el cuarto de
baño era muy grande, tenía una tina que se asemejaba más a una pequeña laguna,
había incluso una minúscula cascada que expulsaba agua cálida. El vapor y los
minerales se mezclaban en la piel de Verum. Silhist tomó un poco de jabón y una
esponja, comenzó a restregar la espalda de Verum mientras ella disfrutaba del
trato, había pasado mucho tiempo desde que ella había sido bañada por alguien.
Tenía sus cabellos atados para que no estorbaran.
Silhist observó detenidamente las muñecas de Verum,
ella tenía una marca, era algo de lo que Silhist nunca se había percatado.
––Mi señora ¿puedo hacerle una pregunta?
––Si, no hay problema.
El agua resbalaba por su cuerpo.
––¿Qué le causaron esas marcas en sus muñecas?
Verum alzó sus muñecas y las contempló, su suave piel
estaba marcada con un símbolo.
––No lo sé, no me acuerdo para ser sincera. ¿Por qué?
¿me veo mal?
––No, usted es muy hermosa, solo que me dio
curiosidad.
Silhist se quedó extrañada, más no quiso decir nada ya
que no creía que fuera importante. Verum se levantó y se contempló desnuda en
el espejo. Era linda y le debía mucho a su cuerpo, fue por su desnudez que
logró completar su objetivo, tantos habían sido los hombres que la recorrieron
y tantos fueron los que lamieron cada parte de su cuerpo y caído en las manos de la titiritera para que fuera
ella la que moviera sus hilos.
––No sabía que usted tenía un tatuaje.
––¿Tatuaje?
––La primera vez que te bañé no quise decir nada, pero
me dio curiosidad.
––Eres muy curiosa.
––Perdón si la ofendí.
––Descuida, ya les he dicho que pueden hacerme
preguntas con toda tranquilidad, no las voy a matar. ¿Qué clase de persona
mataría a las personas que le ayudan por el hecho de preocuparse?
Verum observó su pecho izquierdo, por encima de su
pezón color rosa y su areola de igual color estaba su símbolo de magia. No
llevaba tatuaje alguno. Agarró su pecho izquierdo, mullido cual malvavisco y
tocó su símbolo.
––¿Te refieres a esto?
Silhist asintió.
––Te equivocas, no es un tatuaje, esto es un símbolo
que demuestra con los tipos de magia con que nací. Cuando un hada nace, tiene
un capullo en la parte izquierda, este se abre poco a poco y queda un símbolo
que es el tipo de magia que se le fue otorgada el día de su nacimiento.
—¿Por qué siempre tiene esa venda en sus ojos?
—Me ayuda a no forzar mi ojo izquierdo, es especial y
diferente de todos cuales existen y existirán— Verum observaba su reflejo en el
agua, mantenía su ojo izquierdo cerrado.
—Supongo que hay cosas que escapan a mi entendimiento.
—Descuida, pronto entenderán muchas cosas.
Verum se sentó, Silhist le desenredó el cabello y
empezó a enjabonarla, se sentía bien, el agua cálida era agradable y el olor a
flores y rosa le gustaba, todo ese trato generaba en ella muchos momentos que
no quería se acabasen.
––Me alegra que se encuentre mejor.
––Aun no estoy bien del todo, pero el poder hablar
mejor y caminar sin caerme ya es un paso a la recuperación.
––Pues eso me alegra en gran manera mi señora.
Silhist terminó de lavarle el cabello y dejó que Verum
terminara de lavar su cuerpo, sabía que ella le gustaba pasar tiempo en el agua
a solas.
––Si necesita algo hágamelo saber, su ropa está
colgando en esa pared y nos tomamos la licencia de comprarle ropa interior,
pero, no pudimos comprarle un sostén, no sabemos su talla.
––Descuiden, nunca he usado uno, me sería sumamente
molesto el tener que ponérmelo, pero las bragas si me las usaré. Y no te
preocupes por la ropa, yo me la puedo poner sola. Gracias por todo Silhist.
La sirvienta se retiró y Verum procedió a enjabonarse
completamente, daba gracias a los dioses por no tener vello púbico, ninguna de
las hadas nacía con ese tipo de vello y eran lampiñas a excepción de su cuero
cabelludo. Cuando era prostituta observaba como muchas de sus compañeras
luchaban con las maquinillas para depilar sus cuerpos y se sentía hasta cierto
punto privilegiada. Enjabonó con
suavidad su entrepierna y dejó que el agua limpiara bien su cuerpo, si algo
había aprendido de ser prostituta, es que debía perfumar todos sus rincones.
Terminando, tomó un paño y se secó y vistió. Las bragas eran blancas, de vuelos
y con un listón rojo bastante adorable, se la colocó y se contempló en el
espejo.
La vanidad había ganado terreno en ella los últimos
años y cuando Ferneris fungió como su tutora aprendió más cosas sobre el ser
femenina y… le agradaba. Observó su cuerpo semidesnudo en el espejo, su cabello
pese a estar mojado brillaba con su morado característico y su ojo izquierdo
iluminaba con su belleza. La forma de su cuerpo había enlazado a muchos a sus
brazos y no podía recordar ya cuantas semillas había albergado en su interior,
pero, de algo estaba segura… aquella experiencia se había vuelto un ciclo el
cual no era capaz ni siquiera quería romper.
Tomó el vestido y se lo colocó. Era de un color crema
y se ataba con un lazo blanco, los zapatos no estaban y era a que tampoco conocían
bien la medida. El vestido le sentaba cómodo, no demasiado plegado a su cuerpo,
aunque sus pechos resaltaban. El resultado que reflejaba el espejo la
tranquilizó. Tomó su pañuelo color crema y volvió a colocarlo en sus ojos, su
cabello caía entre su cuerpo y la humedad del mismo mojaba su ropa.
Del cuarto de baño caminó lentamente por el pasillo,
unos guardias la toparon y la saludaron cordialmente, ella les devolvió el
gesto. Mientras se encaminaba a la planta baja iba pensando en lo que Silhist
le había preguntado… ¿Por qué seguía doliendo? Sacó sus alas y descendió a la
planta baja, esta vez no flaqueó al tocar el suelo con sus pies. Anduvo por
otro breve espacio de tiempo y llegó a la sala del trono, se recostó en una
pared, con los brazos cruzados y mirando fijamente todo el lugar meditaba
silenciosa, pensativa entre el laberinto de su mente. Diligitis y Jen no
estaban y las sirvientas aseaban la cúpula, afuera los soldados, vigilaban las
murallas y nadie entraría en donde ella se encontraba. Estaba sola.
––Verum, eres una mentirosa––Pensó––. Eres una maldita
mentirosa, sabes perfectamente qué son esas marcas. Lo recuerdas.
Observó las luces que bailaban en torno a la sala, el
trono relucía y la ventana en la que estaba reflejaba su sombra sobre los
suelos de aquel lugar. Las muñecas subían levemente, los mecanismos sonaban y
los engranajes chirriaban. Alzó su vista y podía verse a ella misma encadenada,
había estado muchas veces desnuda, pero era imposible de olvida aquellos dos
meses, había estado con mil hombres, había sentido su piel en sus labios, había
acariciado cada parte de su cuerpo, pero, en aquella ocasión todo era
diferente… …
…
(Pasado donde Verum pierde su inocensia a manos de unos hombres, la plataforma no me dejó poner esta parte aunque es muy importante para poder explorar la psicología de Verum, me disculpo a mis lectores, pero se vé que no comrpendieron la importancia de esa parte)
…
Verum caminó hasta
sentarse en el trono, las manos le temblaban y podía recordar su impotencia y
dolor, lágrimas empezaron escaparse y huían por su mentón hasta dar con el
suelo, su dolor era mudo, callado, triste. Sabía internamente que aquello no
fue lo más doloroso, ya que, de cierta manera, aunque nunca se acostumbró, era
mejor el tener el pene de uno de esos hombres dentro de ella a su puño
repetidas veces en su cuerpo. Sin embargo, lo peor era aquel sentimiento que la
envolvía y destruía con fuerza, esa emoción que recorría su cuerpo como los
espasmos cuando llegaba a tener orgasmos. La impotencia era sin lugar a dudas,
el sentimiento más horrible cual nunca antes había experimentado. Verum recordó
lo que le había dicho Silhist: “Un asesino mata, yo no tengo manos de asesina,
tengo manos de sirvienta, y son para servir” El silencio cantaba para ella.
¿Qué manos tenía?
Se contempló las manos y sus muñecas; las marcas de
las cadenas serían sus compañeras el resto de la vida al igual que los gritos
aterrados de Saeria. Ella trataba de convencerse de que todas las vidas que
ella había arrebatado eran por un bien y tenía parte en su plan, incluso podría
decir que muchas quizá hasta eran necesarias, guardias que se interponían en su
camino, personas que trataban de hacerle daño como ladrones… pero un inocente;
quizá no todo era justo, pero hasta donde ella podía, trataba de no matar a
nadie que no mereciera morir. Aunque estaba consciente del daño que había
causado a Edén.
…
(Esto también me obligaron a censurarlo por lo que me disculpo de antemano, no es lo que escribí originalmente)
No me dejaron poner el pasado de Verum, perdón. pero se los resumo: La obligaron a matar a Saeria, su novia. si quieren la versión sin censura la pueden encontrar en wattpad el 28 de diciembre. Me disculpo si es que llegaron hasta este punto.
… …
Levantó su mano derecha y liberó los puntos de aura,
dilatándolos para poder usar magia elemental de fuego. Un símbolo de magia
apareció frente a ella mientras que torpemente y con la mano temblante trataba
de apuntarle a su pecho.
Observas a Saeria llorar y temblar, sus dedos morados
e hinchados gritan con sonidos mudos, tu mano tiembla y las lágrimas recorren
tu cuerpo mientras que tus nervios se sacuden con fuerza. Desvías levemente tu
mano hacia el rey, tu mente no da ya pensamientos lógicos y lo contemplas
mientras tus pulsaciones aumentan. Tu mano tiembla mientras la sigues desviando
hacia su pecho.
Lo observo, puedo matarlo, debería hacerlo, su vida
está en mis manos. Los soldados me matarán, pero… puedo matarlo… puedo…
—Hazlo Verum.
Tu respiración es acelerada y temes, tu mente no puede
dar razonamientos y bailas entre la cuerda de la cordura y la locura. Saeria
sigue llorando y sus dedos están rotos y algo más se va a romper sino la matas.
Verum volvió a redireccionar su mano hacia el pecho de
Saeria.
—Verum… gracias por todo. Siempre, desde el primer
momento en que te conocí supe que eras especial. Te amo, probablemente como
nunca he amado a alguien.
Verum lloraba de forma desconsolada y sus lágrimas
impactaban el suelo mientras que el fuego empezó a acumularse lentamente,
transformándose en una pequeña esfera de fuego. Los recuerdos de ellas dos
taladraban su mente y su pecho se hinchaba con la forma de respirar que había
adoptado.
Saeria la vio por última vez con aquella misma mirada,
algunas lágrimas habían recorrido su rostro, aquellas lágrimas eran emociones
mezcladas con dolor, pero su sonrisa era exactamente la misma, serena y
tranquila.
—Te amo, Verum.
… …
Disparó con fuerza al pecho de Saeria.
Verum dio un grito indescriptible que erizó la piel de
todos los presentes, el dolor en su voz era algo que nunca habían escuchado y
dicho sonido taladró con fuerza a todos los presentes ya que parecía que sus
mismas cuerdas vocales se quebraban en mil pedazos mientras que se fusionaban
con su llanto y su alma.
El rayo calórico partió el pecho de Saeria,
prendiéndola en llamas…
…
Ella sabía
mientras observaba sus manos, que nunca podía olvidar el día en que las manchó
con la sangre de Saeria, en la sala del trono donde se encontraba ahora hace
casi novecientos años.
Cubrió el rostro con sus manos.
––La que debió morir ese día era yo… Soy… basura, perdón por hacerte sufrir Saeria––Musitó
en el silencio de la sala––. Maldición.
Extendió sus alas con fuerza, observó el techo, las
muñecas subían por sus engranajes, danzaban alegremente y proyectaban sus
sombras hacia los suelos.
––Edson Filther–– Pensó Verum––. El que le arrancó las
alas a Saeria fue Edson Filther, tras tantos años no he olvidado su nombre,
pero… ya no está vivo, de seguro murió hace siglos.
Una sirvienta entró en la sala, Verum se sorprendió,
ella llevaba una bandeja con una copa que quizá, a lo que Verum podía intuir,
era vino.
––L… lamento molestarla, pero, le traje vino, pensamos
que usted podía estar sedienta.
Se acercó poco a poco, la figura de Verum con sus alas
extendidas en el trono era imponente, su mirada estaba fija en la sirvienta.
Las muñecas subían y bajaban por los engranajes, el sonido cantaba.
––No temas, no te voy a hacer daño… tu nombre, ¿cuál
es tu nombre?
––M… me llamo.
––Habla más fuerte, no puedo escucharte bien.
––Mi nombre es Asvid.
––Asvid, en tu lengua significa la flor de verano,
lindo nombre.
Verum se detuvo frente a ella, la joven tenía un lindo
cabello color crema, un cuerpo digno de una bella joven de su edad, había sudor
en su frente y le temblaba el pulso. Ella tomó la copa de plata y se la ofreció
a Verum. La tomó con delicadeza y le dejó ver una sonrisa. Asvid vio marcas en
sus muñecas.
––Mi señora… ¿Se siente bien?
––¿Me veo mal? ––Se dio la vuelta y tomó un trago del
vino.
––Bueno, es que la vi en el trono, parecía deprimida
y… no se veía feliz.
––Hay sucesos que al ser recordados entristecen.
Asvid observó los pies descalzos de Verum, había
también marcas en sus tobillos.
––¿Le puedo hacer una pregunta?
––Desde luego Asvid.
––¿Qué son esas marcas que tiene en sus tobillos y
muñecas?
Verum observó los suelos, bebió otro trago del vino y
se volteó, jugó con sus muñecas, sacudiéndolas suavemente, el vestido danzó con
ella.
––¿Éstas?
Asvid asintió.
––No me acuerdo, me tuve que haber golpeado con algo
hace muchos siglos, no recuerdo, ¿me hacen ver mal?
––No, para nada, solo…
––Adivino. Te dio curiosidad. Descuida Asvid, no pasa
nada.
Asvid asintió, agachó la cabeza en señal de respeto,
luego dio media vuelta y se retiró con pasos acompasados.
––Gracias por el vino Asvid.
Ella asintió con cortesía, dejando a Verum nuevamente
sola. Al observar la copa, recordó que hace mucho un hombre sin nombre, la
llevó a una taberna antes de tener sexo, él fue quien le enseñó a beber, pero
Verum no estaba acostumbrada al vino, ella solía beber cerveza y de vez en
cuando embriagarse y pasar las noches en brazos de hombres, por lo que se le
hizo agradable el que le dieran un vino fino. El sol empezó a desaparecer entre
las nubes de gran tamaño, los colores azules del mismo se empezaron a tornar
grises como la oscuridad.
Alguien abrió la puerta principal, Verum se
sorprendió, ladeaba en forma circular la copa con sus dedos y observaba con una
mirada un tanto amodorrada a Diligitis y a Jen, que, entraron a paso tranquilo.
Sus pasos resonaban cual eco por la sala del trono, ella se levantó y caminó a
su encuentro.
––¿Por qué está descalza mi señora? –– Jen le besó la
mano.
––No me quedan los zapatos de la anterior princesa.
Observó a Diligitis, él le besó la mano a Verum.
––¿Cómo se siente hoy mi señora? ¿Está mejor?
––Si, supongo.
––¿Cómo le sentó el baño?
––Bien, fue muy cómodo y placentero.
Se encaminó a la salida, ambos intercambiaron miradas
y la observaron pasar, su cabello arrastraba ese aroma a rosas negras, de las
mejores fragancias de todo Faernes.
––Diligitis, acompáñame, hay algo de que tenemos que
hablar.
… …
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