La mañana estaba helada, eran las cinco, quizá un poco
más. El reloj sonaba insistentemente y las despertó. El calor de la casa las
arropaba y de manera soñolienta, Tera se levantó. Su cabeza tenía sentimientos
encontrados y ganas enfermizas de volver a la cama y retomar su sueño. Sacudió
un poco a Calai para que se levantara, las cobijas se movieron juguetonamente,
la niña dormía al parecer cobijada completamente. De manera un poco entretenida
asomó la cabeza entre las cobijas, el cabello extremadamente desordenado le
caía por su cara, las ojeras se marcaban en sus ojos que, sumado a su
soñoliento rostro, dejaban entre ver lo que quizá quería decir y Tera pensó que
sacarla de la cama se transformaría en batalla campal, algo extrañamente
adorable, pero fue todo lo contrario. Se levantó torpemente, bostezó y estiró
los brazos. Se saludaron mutuamente, Calai, tras frotarse los ojos y despertar
completamente, sintió inquietud, ansias y Tera, por su parte, pasaba por las
mismas emociones, pero agilizando la situación fue la primera en tomar un baño,
Calai la siguió después y tardó más lidiando con su cabello, por lo menos al
contemplarse en el espejo ya no tenía una apariencia de una chica que apenas
había visto la luz del día y ofrecía un mejor semblante. El reloj marcaba las
cinco y cuarenta, obviamente el sol no saldría hasta las ocho y cincuenta,
quizá nueve, por lo que les esperaba una mañana bastante helada y empezarían a
sentir las secuelas cuando salieran por aquella puerta que servía de escudo
entre el frio y el calor hogareño.
Prepararon
comida fácil de llevar, unos emparedados de mermelada con queso y almorzaron
emocionadas, Calai preparó un poco de té negro traído de las tierras de Cus, la
preparación de dichas hojas con un poco de leche y azúcar fue un abrazo
calórico a ambas. Empacaron unas cuantas para el viaje junto con un poco de
ropa que les duraría para tres días, no estaban muy lejos de las tierras de
Havila y según lo que decía el mapa no tenían que pasar siquiera por el estado
en donde estaba la ciudad central, por lo que quizá llegarían en dos días,
contando que no tuvieran problemas en su viaje. Un perfume y el cepillo que era
la fiel espada de Calai para enfrentarse a las blancas brigadas asesinas que
estaban encima de su cabeza marcharon entre sus manos hasta su saco.
––¿Para
qué llevas ese tipo de ropa?
––Calai,
en Havila hace mucho calor y alguien como tu persona, no aguantaría bastante
usando ropas tan abrigadas, incluso preparé botellas para poder llenarlas de
agua cuando lleguemos. Estás acostumbrada al frío y cambiar de golpe a un clima
tan cálido como lo es el de Havila te va a sentar mal, incluso pienso comprar
un abanico. Las temperaturas de Edén son más frías, pero no llegan a ser
cálidas.
––Comprendo.
Entonces supongo que puede estar bien.
Terminaron
de empacar todo aquello que necesitaban y Tera fue por su caballo. Tardó algo,
pero logró llevarlo hasta la entrada de la casa de Calai, empacaron todo en sus
ancas y se prepararon para salir. Antes, rezaron a la diosa de las tierras,
Celestia, para que todo les fuera bien y nada se interpusiera en su camino,
Aurora para que los cielos estuvieran despejados y el clima no estuviera en su
contra y a Venus para que cuidara de sus almas. Luego de haber orado, se
montaron en aquella carreta. Calai vio nuevamente el pueblo y su casa, se
sentía un poco asustada y de cierta manera no quería dejar el lugar de su nacimiento,
pero ella sabía en lo más profundo que tenía que hacerlo, tenía que saber más
de su pasado y se sentía tonta por no haber tenido interés en sus raíces.
Por
la mañana las dos lunas asomaban sus rostros por el cielo nocturno,
probablemente y con bastante facilidad tendrían que tolerar ese frio hasta las
nueve, quizá más, ya que el sol tardaba en calentar, aunque usando esos abrigos
no tendrían de qué preocuparse. Las pisadas el caballo se marcaban en la nieve
y el viento soplaba entre los árboles, provocando que estos mismos se mecieran,
algunos, dejando caer de sus copas flores durmientes que tocaban los blancos
suelos y eran pisadas por Brisa. Pétalos rojos escarchados maquillaban su
salida.
Observas
lo que estás dejando atrás y, Calai, sabes que eso no es un adiós, sino un…
hasta luego, pero no quieres dejarlo, hay algo profundo, algo que se clava en
tu alma y mientras Tera sigue avanzando piensas en eso, crees que todo saldrá
bien, pero al no saber que hay en las tierras bajas, no puedes afirmarlo,
tampoco confiar plenamente en tus palabras. ¿Quién eres realmente? … ¿eres
humana? Quizá no, ya que tu sola existencia desafía todo lo existente. Escuchas
el sonido del viento y puedes oler el aroma de las flores durmientes que se
pegan de manera enfermiza a tus ropas, no volverás a oler dichas flores en
mucho tiempo ya que no puedes calcular cuánto te vas a quedar. ¿Será una semana
mucho tiempo? Para empezar… ¿será una semana lo que te vayas a quedar? Siquiera
sabes lo que te depara el día, pero pensar en eso es parte de tu persona, te
preocupas y te asustas de cosas que quizá no puedan llegar siquiera a suceder,
pero… quieres pensar que vale la pena ¿Por qué?...
Ellas
dejaron el pueblo y poco a poco, las casas iban desapareciendo y los árboles
pasaron a ser nuevamente el centro total de atención a la vista de Calai. El
olor inundaba la nariz de ambas y la frescura de los pinos empezó a hacerse
presente. Desde lo lejos, Tera pudo ver un tren que recorría las tierras, quizá
fuera hacia Cus o Havila, pero no lo sabía con exactitud, las rutas eran
inciertas hasta la mitad del camino, Calai en cambio, divagaba un poco en el
pensamiento de las aguas y el tren viajando por los túneles subterráneos, le
daba cierta alegría saber que en Helster solo había trenes, era un pensamiento
un tanto tonto, pero a ella le agradaba. Las dos lunas se imponían por los
cielos y la marea estaba muy alta.
––Tera
¿has oído la leyenda del hechizo de la luna blanca? ––Observaba el cielo
estrellado y los dos astros que imponían su hegemonía por los cielos.
––Para
ser honesta, no. Nunca había escuchado tal leyenda, más en cambio, si había
escuchado otras. Ya sabes, leyendas que me contaba mi padre por las noches o
que podía escuchar de algunas señoras de las tierras de Ónix.
––Se
dice que hace mucho, la luna blanca y el sol se habían enamorado perdidamente,
era tal su amor, que se unían al punto de que no existía el día o la noche,
solo la luz de ambos que pasaban sus días bailando en su pista estrellada.
Pero, la hermana de la luna blanca estaba celosa, y por ello los maldijo y les
obligó a estar separados y para asegurarse de que así fuera, estaría cerca de
su hermana, para que ella nunca pudiera permanecer al lado de su amado. Sin
embargo, el universo se apiadó de ellos y cada cierto tiempo les permite estar
juntos. Se dice que cuando hay un eclipse, aun puedes sentir ese amor que hay
entre ambos––Se volteó hacia Tera, dejando de contemplar el cielo––. Siempre he
querido ver un eclipse, como presenciar la época de oscurande, pero… la primera
es bastante difícil que suceda y con la segunda, me contaron que estaba muy
pequeña como para recordarlo.
––Yo
si me acuerdo de la época de oscurande. Tenía… probablemente seis o cinco años,
todos los días podía ver a las lunas, recuerdo que eran más grandes de lo
común. El problema era que no sabía cuándo irme a dormir, era muy divertido,
recuerdo ver a la Aurora Boreal danzar en lo alto de los cielos, teñía las
nubes de sus colores y de cierta manera me recuerda bastante a su leyenda.
El
camino se tornó ahora en cuestas, el aire empezaría a ser más fácil de
respirar, aunque los pulmones de Calai se habían acostumbrado desde que ella
tenía memoria, pero Tera podría respirar con mayor facilidad. El salir de la
provincia no les llevó tanto tiempo, el pueblo en el que vivía Calai era
prácticamente el que indicaba si estabas dentro o fuera de la misma. Pasaron
por lo que parecía una pequeña pradera que tenía flores corazón dulce, su color
blanco resaltaba entre el paisaje, pero algo más les llamó la atención. Había
una Urleis con su cría, su pelaje plateado se asomaba y sus ojos esmeraldas
brillaban en el día oscuro, su cabeza alargada se sacudía rápidamente y podía
ver las plumas plateadas de su pecho, la cría bebía el néctar de las flores, y
metía su cabeza en el enorme saco que tenían las mismas, en donde guardaban su
miel.
––El azúcar
de las flores corazón dulce es mejor que la miel, aunque para ser honesta, me
gustan más las bebidas frías que se hacen de esa flor.
––A
mí también me agradan, más cuando vivía en Havila y eran las dos de la tarde…
era muy hermoso–– Observó con más detenimiento a la Urleis––. Que criaturas más
bellas habitan en estas tierras, me sorprende que hayamos podido ver a una de
ellas, es bastante raro, aunque me hubiera gustado ver al macho, siempre me han
llamado la atención sus cornamentas emplumadas.
Continuaron
su camino y con el pasar de las horas pudieron ver al sol asomarse tímidamente
mientras las lunas empezaban a perderse, las estrellas se desvanecían y el frio
empezó a ser más tolerable. Ambas iban disfrutando del paisaje y de sus
maravillosas pinturas que este esbozaba, tendrían que volver a pasa por
Belnefts, aunque eso a ninguna les molestaba ya que la ciudad central de
Belnefts era de cierto modo agradable y hasta hermosa, evidentemente tomarían
un pequeño descanso en esa ciudad y la ventaja era que iban bajando, por lo que
el tiempo se acortaría más.
La
luz del sol se colaba en la habitación de Verum. Había dormido y caído como un
muerto y despertó levemente, la cabeza le daba tumbos y eso estaba sumado a un
dolor sumamente agudo. La luz del sol le molestaba los ojos y el canto de las
aves le perforaba de manera desagradable los oídos.
––Que
demonios, otra vez tengo resaca–– Pensó con un poco de dificultad, tenía unas
endemoniadas ganas de beber agua, por lo que llamó a una de las sirvientas––.
¡Asvid! ¡Asvid! ––Su propia voz le era tortuosa y percibió que estaba desnuda,
por lo que se metió bajo las cobijas dejando solamente su rostro fuera de
ellas.
La
sirvienta entró tímidamente, vio que Verum estaba desnuda y desvió la mirada,
no podía verla a los ojos ya que tenía la imagen de la noche anterior.
––¿S…
si mi señora? ––Su mirada estaba en el suelo.
––Habla
más bajo por dios, no seas tan ruidosa.
––P…
perdón––Musitó.
––¿Podrías
traerme un vaso con agua? —Su tono de voz rogaba por agua y era más sumiso que
el que solía usar.
––S…
si, mi señora––. No pudo verla ni hacer el intento.
Asvid
salió de su cuarto y se topó a Diligitis, que iba entrando en la habitación con
una cara de incomodidad, no quería entrar a ese lugar, pero tenía que hacerlo.
Caminó lentamente, pero Verum le llamó la atención.
––Por
dios, camina más despacio y no tan fuerte, hoy me duele mucho la cabeza.
Diligitis
cambió su mirada y observaba la ventana con aquella elegancia que le
caracterizaba.
––Mi
señora… ¿Se encuentra en óptimas condiciones para atender los asuntos el día de
hoy?
––Creo…
¿por qué preguntas?
––Curiosidad.
Verum
recordó lo más importante, la velada del día anterior.
––Para
iniciar… ¿Cómo fue nuestro plan de la velada? ¿Fue tan exitosa como la
planificamos? ––Hizo el intento por dar un rostro de total satisfacción y
júbilo––. Lo digo ya que amanecí con resaca, lo que significa que tuve que
beber bastante y soy de las que pierde un poco el control cuando me embriago.
––¿Un
poco? ––Pensó––. Por lo menos dijo un poco.
––Y
bien ¿Cómo nos fue?
Él
seguía viendo la ventana, sin reparar en los ojos de su ama.
––Diligitis,
yo estoy de este lado, no en la ventana. ¡Mírame!
Diligitis
recordaba el cómo ella casi lo había violado y le había obligado a tocarla.
––Pues…
ahora que menciona como nos fue anoche… podemos concluir que… ahora todos la
conocemos mejor.
––¿A
qué te refieres?
––Pregúntese
el ¿por qué está desnuda?
Verum
se puso a meditar y tardó poco en enterarse, pese al dolor agudo, pudo colocar
las piezas en su lugar.
––No
me digas que…
Diligitis
volteó su rostro y su cuerpo totalmente, dándole la espalda.
––¿Solo
me desnudé verdad? ¿Solo me desnude? ¿¡Verdad!?
––He
dirigido y entrenado a ejércitos y he estado en pláticas políticas muy toxicas,
momentos de suma presión y momentos extremadamente tensos, pero esta es la
primera vez, que me sentí tan avergonzado. Lenguaje obsceno, exhibicionismo,
amenazas de muertes, chistes verdes, intimidación usando magia, corromper
moralmente a una menor e intentos de violación a su servidor… ¿continúo? –– Su
voz fue ronca y entrecortada con una carga de suma vergüenza, apenas pudo
decirlo––. Pero, en conclusión, podríamos decir que fue un éxito, tenemos un
aliado nuevo, pero… yo eliminaré el alcohol de las siguientes veladas. Solo
como cautela.
Verum
se llevó las manos a la cabeza y sus ojos se perdieron, las manos le temblaban.
––¡ME
TIENEN QUE ESTAR GASTANDO UNA PUTA BROMA, NO PUEDE SER! ¡YO NO PUDE HABER HECHO
TALES COSAS! ¡USTEDES MALDITOS CERDOS ME DESNUDARON! ¡ESTO TIENE QUE SER UNA
PUTA BROMA! ––Su voz cambió a un tono cínico––. Ya veo que esta corte no ocupa
bufones… ¿Verdad?
––¿Cuándo
le he mentido? ––Hizo un esfuerzo por verla a los ojos, su tono era serio.
Asvid
llegó con el vaso con agua y no observó a Verum.
––Asvid,
lo que Diligitis contó es mentira… es mentira ¿Verdad?
––Pues…
nunca había oído tales obscenidades. Nunca, me hizo sentir muy avergonzada y de
cierta forma incómoda–– Tenía la cara roja. Estaba muy sonrojada.
––¿Por
qué no me detuviste Diligitis? ––Se volvió a tocar la cabeza, el dolor agudo
seguía taladrándola.
––Mi
señora…
––Te
dije que hablaras más bajo Asvid.
––Lo
lamento. Pero… usted si hizo todo eso.
––Demonios––Musitó,
se sentía estúpida.
––Bajo
los efectos del alcohol mi señora, su servidor no pudo hacer nada. Tenía un
poco de miedo que pudiera herir a todos los presentes.
Verum
bebió del vaso con agua, se estaba muriendo por uno de esos y el beber de aquel
líquido cristalino la llenó de vida, aunque la cabeza aun le daba golpes cual
bombo, pero, con un baño podía calmar todo eso. Diligitis se retiró de la
habitación y entraron las otras sirvientas. La ayudaron a ponerse en pie y pese
a la vergüenza que todas tenían, la bañaron y Verum podía sentir como pasaba
poco a poco la resaca, maldecía, pero sabía que el jurar no volver a beber era
imposible y era un tratado que rompería a la menor oportunidad que tuviera. El
baño fue para ella toda una terapia, sabía plenamente que tenía que cambiar sus
formas de actuar y debía hacer el esfuerzo por no beber ya que eso podía poner
en una línea roja su plan y no podía permitir que todo aquello se viniera abajo
como si de un castillo de cartas se tratara. Tenía que pensar con una cabeza
más fría de ahora en adelante si es que quería triunfar a futuro.
Salió
de la ducha y le dieron trajes blancos con una cinta azul que la hizo lucir
bastante bien, sus pechos se alzaban seductoramente entre el traje, su figura
resaltaba y su pañuelo fue puesto en sus ojos. La peinaron y le ataron los
cabellos para que luciera más fresca y desde cierta perspectiva podía verse
así. Salió del cuarto del baño y se topó con Jen, este caminó por el pasillo y
de forma lenta sus pasos resonaron de manera un poco tortuosa hacia la cabeza
de Verum, pero ya no era tan fuerte como antes, la cabeza igualmente le seguía
dando problemas, aunque, eran leves.
––Mi
señora––Musitó y puso sus ojos en el suelo, no quería verla y menos teniendo en
cuenta lo sucedido la noche anterior––Alguien ha venido a verla.
––¿Q…
quién?
––Es
un anciano que dice conocerla y asegura que ha venido desde lejos.
Verum
dio un respiro y dejó que el sol golpeara su piel, pensaba que quizá era un
anciano con problemas o alguien que querría algo de ella, dinero quizá. Caminó
un tanto sin ganas siquiera de tener que hablar con alguien que no fuera
cercano a ella, aunque igualmente le daba curiosidad. ¿Por qué alguien querría
hablar con ella? No sabía sinceramente las razones, pero quería de cierta forma
averiguar.
Pasó
por el pasillo hasta dar por las escaleras, se sentía enferma, aunque no era la
peor resaca que había tenido, estaba agradecida de no haber vomitado esa mañana
ya que recordaba que una vez había llenado cuatro valdes de vomito.
Sacó sus alas y descendió rápidamente, quería acabar
con eso de la manera más rápida posible, se acercó presurosa a la sala del
trono, los soldados abrieron la puerta para ella, se adentró lentamente al
lugar y pudo ver lo que efectivamente le dijeron; era un anciano, con un
cabello blanco que finalizaba con una cola atada con un pañuelo y fumaba una
pipa.
El sol se colaba por las vidrieras y dejaba que la
sombra del anciano se moviera por los suelos junto con el silencio que cantaba
apartado en aquellos momentos en los que solo las muñecas que subían por los
engranajes interrumpían dicha balada.
Caminó en sincronía hasta la sala, el sonido de sus
pisadas era armoniosa y con cierta elegancia dejaba que su cabello se sacudiera
tras sus espaldas, el sol iluminaba su cuerpo, calentándolo y molestando de
cierta manera a Verum, la resaca no había pasado de manera completa y agradecía
por su pañuelo, sin este probablemente odiaría más el sol y le hubiera gustado
hablar a la sombra de una de las paredes.
El hombre dejó escapar humo de su pipa y al escuchar
las pisadas de Verum volteó su mirada hacia ella. El tamaño era considerable ya
que Verum podría llegarle quizá a la mitad de su cuerpo, un poco más si se
quería ser exigente.
—Buenos sean los días para usted señor.
Celgris se inclinó en señal de respeto.
—Buenos días sean para la reina también.
Verum se aclaró la garganta y tosió un poco para dejar
salir las palabras con la mayor fluidez posible.
—Dígame… ¿A qué se debe su visita? ¿Tiene problemas la
región en la que vive? ¿Es usted el representante?
Verum esperaba que hubiera problemas, siempre los existían
y cada rey o reina no estaban exentos de ellos, pero esperaba que todo pasara
con mayor lentitud, por lo que esa repentina visita no hizo sino alimentar su
nerviosismo y curiosidad.
—No, la verdad yo no soy representante de ningún
estado. No vivo en este país.
—¿No es de Edén?
—No— Dejó escapar humo de su pipa—. Yo soy de Helster,
de la capital.
Verum cruzó brazos.
—¿Y a qué se debe una visita desde un lugar tan lejos?
Creí que la entrada hacia este lugar por medio de los otros países estaba prohibida.
El anciano la observó, el sol reflejaba sus rayos en
sus lentes.
—Vine de visita.
—¿Es alguna de mis criadas nieta suya?
—No, la verdad no tengo nietos o nietas, nunca tuve
hijos.
Verum dio un respiro, creía que ese hombre la estaba
tomando por el pelo y seguía sin comprender las razones por las cuales se
hallaba ella en la mañana tras una resaca hablando con un anciano que bien
podría tener demencia senil.
—Entonces… ¿Cuál es el motivo del por qué se halle en
mi castillo?
El anciano se acercó lentamente hacia ella.
—¿Cuál era tu nombre? Uno de los soldados me lo había
dicho, pero mis años pesan y mis memorias se pierden muy fácil.
—Yo me llamo Verum.
—¿Solo Verum?
—¿A qué se refiere?
El anciano volvió a fumar.
—Bueno, creí que una reina tendría apellidos o títulos—
Se volteó hacia la ventana, haciendo que la leve cercanía que tenían sus
sombras desapareciera—. ¿No tiene usted apellidos?
Verum pensó unos momentos…
—Si tengo.
El sol cobijaba la mañana como lo haría una madre con
su recién nacido.
—Soy Verum Ildeira.
El hombre dio una mueca.
—¿Ildeira? Ese es un apellido extraño, nunca lo he
oído— Se encogió de hombros y continuó fumando de su pipa—, creo que
significaba… “Luz mañanera”
Verum se extrañó, ese nombre estaba en feérico
antiguo, una lengua que había desaparecido y nadie sabía cómo pronunciar
siquiera de la forma correcta sus caracteres, pero… ese anciano lo había
logrado. Ni las hadas mismas podrían ser capaces de hablarlo como era debido ya
que el paso de los años hizo que las lenguas cambiaran hasta dar como resultado
que ella fuera el único ser vivo que podía hablarlo; a excepción de los
espíritus sagrados y quizá unas estudiosas, pero eso último era desconocido por
Verum.
—Disculpe mi atrevimiento, pero… ¿Cómo sabe pronunciar
bien ese apellido? y… ¿Cómo sabe de su significado?
El anciano se volvió a dar la vuelta, observándola fijamente
mientras que el silencio arrullaba la plática de ambos con aquel sentimiento
digno de él.
—Ese nombre está en feérico antiguo ¿Verdad?
Se acercó más a ella y Verum se dobló ligeramente
hacia atrás; sus sombras seguían sin tocarse.
—¿Cómo conoce ese idioma?
—Lo hablaron las hadas por muchos siglos antes de la
guerra y dos más después de la misma para ser exactos, lo hablaron las primeras
reinas de las hadas.
Se siguió acercando más y Verum con curiosidad y temor
empezaba a avanzar en sentido opuesto, pero… ¿Qué podía hacerle un simple
anciano?
—Lo habló Melusina, la primer gran reina de las hadas,
también Briggite, la reina de los manantiales y la tercera después de Melusina.
—Pero…
Algo en ese hombre se le hizo familiar a Verum. El
hombre extendió su mano hacia ella, su figura se imponía ante su frágil
semblante. Sus sombras empezaban a
acercarse. Con suavidad tomó el pañuelo, Verum se puso en alerta por si le llegaba
a hacer daño, pero… solo lo desató, quitándoselo de su rostro, sus cabellos
cayeron con suavidad y se sacudieron, brillando ante el sol y siendo sacudidos
suavemente con el viento, dejando sus rojizas mejillas y ojos al descubierto.
El anciano, al verla dejó escapar aire y sus brazos
cayeron hacia sus costados.
—Y…—Le acarició el rostro con ternura mientras la
reina estaba confusa por todo lo que estaba pasando—, también lo habló la
segunda reina de las hadas… … que llevaba por nombre… … Verum Ildeira, el hada
sin alas, el… el hada de la profecía.
—¿Co… cómo lo sabe?
El anciano cayó sobre sus rodillas y de sus ojos
empezaron a nacer lágrimas que rodaron por su mentón.
—¿Verum?
Ella no sabía que pasaba, solo observaba a aquel
hombre romper en llanto mientras que la observaba con su mano en su rostro.
—¿Q… quién es usted?
El hombre no podía hablar y con un impulso la abrazó,
hundiendo su rostro en su hombro mientras lloraba como lo hacía un niño. Su
llanto quebró la melodía sepulcral del silencio y sus sombras se unieron.
—Verum… mi pequeña Verum.
El anciano la tomaba con fuerza, sentía que no era
real aquello que palpaba y pensaba que podría ser solo un sueño, pero aún con
todo, era real, sentía que lo que palpaba era real y por fin la podía volver a
ver.
—Verum, despu…
después de tantos siglos… ¿Cómo?
Verum podía lanzarlo, quitarse a ese anciano de encima
y decirles a los guardias que lo echaran, pero… había algo en él que se le
hacía familiar. Sus manos temblaban y apenas podía hacer movimientos. Las
lágrimas empezaban a manchar su hombro y enjuagaban su vestido en su perfume,
incluso las manos de ese hombre arrugaban los vestidos que se había puesto.
Lo tomó por los hombros y lo observó, la nariz le
moqueaba, sus ojos estaban rojos y respiraba de forma agitada.
—¿Quién
eres?
El
hombre trató de hablar con compostura, pero sus labios temblaban al igual que
las palabras y la fragilidad de las mismas empezó a volar desde su garganta
hasta su lengua.
—Yo…
yo… soy Celgris.
El
silencio empezaba a mezclarse lentamente mientras que Verum empezaba a
recordar.
—Pero…
¿Cómo estás vivo? No puedes ser Celgris, ya que… el Celgris que conozco vivió
hace más de novecientos años.
—¿Ya
olvidaste que vivimos mil años o más? ¿Qué somos descendientes de los colosos?
Verum
empezó a temblar mientras las manos del anciano tocaban sus hombros.
—Verum.
Ella
estaba perdida, pero empezaba a recordar. Su niñez, su niña interior, una que
todos llevaban, empezaba a recordar. Una niña que había estado sola,
recorriendo las oscuras paredes del laberinto de su mente.
No
había madurado, el pasar del tiempo y todo lo que había vivido en este lapso la
hizo olvidar, olvidar cosas que no debía y personas que nunca tuvo que.
—Recuerdas,
cuando salíamos a jugar por los bosques. Recuerdas que yo te enseñaba todo
sobre los animales, subíamos hasta las copas de los mismos y observábamos el
cielo.
Su
voz se quebraba más con cada palabra que soltaban sus labios.
—C…
Celgris.
Sus
manos temblaban e hizo el intento de abrazarlo, no podía todavía mantener dicho
pensamiento, pero su niña interior empezaba a juntar los fragmentos que había
perdido, empezaba unirlos como si de un rompecabezas se tratara.
Sus
ojos empezaron a acumular lágrimas y sus labios temblaron.
—…
No
pudo hablar, tomó una bocanada de aire y guardó para sí su llanto, observó sus
manos y vio cómo algunas lágrimas caían por su rostro y llegaban hasta ellas.
Se limpió las mismas y lo observó nuevamente, su boca temblaba al igual que sus
ojos. Sabía que, si llegaba a hablar, si tan solo soltaba siquiera una palabra,
sabía, que iba a llorar.
—Verum.
Celgris
acarició con ternura su cabeza mientras que con sus ojos llorosos la observaba.
—No
está bien el no llorar, no está bien el no llorar.
Las
lágrimas fueron libres y empezó a temblar, sus manos se alzaron suavemente y su
mentón se sacudía mientras su nariz empezaba a moquear.
—Celgris.
Lo
abrazó con fuerza y aún trataba de mantener las emociones. Celgris comprendió
al ver su mirada que no había cambiado, que era la misma niña que había
conocido y eso le llenó de paz el alma. La abrazó con ternura.
—Déjalo
salir, Verum. Nadie, es fuerte por no llorar.
Verum
lo tomó con más fuerza, sus lágrimas empezaron a salir, su nariz empezó a
moquear y tras observarlo a los ojos con aquella mirada llorosa, hundió su
cabeza en su pecho y con un grito, empezó a llora…
Las
sirvientas cerraron la puerta para que nadie interrumpiera con la reunión de su
ama, cortando el silencio y guardando el secreto que solo las puertas y paredes
pudieron ver aquella mañana.
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