Tera se sentía muy alegre de haber vuelto a su casa,
prepararon la cena, dejaron a Brisa cerca de la casa. De cierto modo aquella
pequeña casa de madera siempre le fue agradable a Calai y la hacía sentir como
en la suya, le gustaba el olor de la madera y todo lo que ella tenía.
Ambas cenaron y se arroparon, el frio empezaba a hacer
presencia y quizá hasta golpear las maderas de forma violenta con su poder. En
aquellas tierras no convenía mucho el estar desprotegidas en medio de los
climas tan violentos que llegaban a presentarse. Se suponía en buena teoría que
deberían levantarse a la misma hora y retornar su viaje, Havila no era muy
grande y quizá llegarían a donde el mapa les indicaba para la tarde del
siguiente día.
La noche se
tornó relativamente veloz y pese a que se acostaron temprano, la noche fue
fugaz y sin darse cuenta, el reloj empezó a sonar nuevamente. Se levantaron e
hicieron lo mismo del día anterior, tomaron un baño, desayunaron y alistaron
las cosas que habían bajado. El caballo observó a Calai y esta le devolvió una
mirada de genuino miedo y con cierta repulsión, por lo que se montó en la parte
trasera lo más rápido que ella pudo y esperó a Tera para poder partir
directamente a Havila.
Reanudaron su viaje y empezaron a pasar en medio de
los campos de cultivo, había agricultores y parecía que estaban regando las
plantas, había demasiados campos como para que Calai los pudiera contar.
Recordó que las tierras de Ónix eran usadas por los agricultores y ganaderos ya
que en las partes más altas era aún más difícil el tratar de llevar a cabo su
trabajo y de cierta manera era mucho más agradable el trabajar en un lugar en
donde la nieve no impedía de manera literal el hacer todo lo que ellos
ocupaban. Pasaron por lo que parecían ser hectáreas en donde había vacas de
muchas razas, pastaban pacientemente en los suelos escarchados y húmedos. Tera
le había comentado que pasarían lejos de la ciudad central ya que tenían todo
lo que ocupaban para el viaje. Recorrieron durante una hora aquellas tierras,
aves pequeñas surcaban los cielos y de vez en cuando se podían ver colibríes
succionando el néctar de algunas flores, el camino no era especialmente sinuoso,
pero si estaba hecho de tierra que podía olerse y su inconfundible aroma
emanaba cuando la escarcha se derretía. Algunos agricultores las saludaron con
sus manos y ellas respondieron, podían ver la felicidad y tranquilidad que se
vivía en aquel lugar.
––Tera… ¿a qué se dedicaba tu padre?
––Él trabajaba como ganadero, ayudaba a una persona no
muy lejos de nuestra casa y era de eso de lo que vivíamos, luego de que él
muriera, me dediqué a vender las flores de corazón nevado en la ciudad central,
me las compraba una tienda de una amable señora llamada Tavid. Con el dinero
que iba ahorrando iba haciendo crecer aún más y más mi campo de flores.
––¿No temes que se marchiten?
––No. Las flores corazón nevado no ocupan ser regadas
ya que ellas obtienen el agua que necesitan de la escarcha y, además, cuando
mueren dejan su semilla y se transforman en abono para que otra flor nazca. Los
insectos serían su único problema, pero, igualmente siempre nacerán otras
polinizadas por las abejas.
Continuaron su viaje y llegaron al gran puente por el
que cruzarían para llegar a Havila, estructura enorme ya que atravesaba todo el
río del Éufrates y el de Hidekel. Las calles de tierra y de rocas incrustadas
como calzadas antiguas ponían nerviosa a Calai, aunque el nerviosismo se
transformó en un extraño temor, la estructura era gigantesca y enormes cables
colgaban de sus laterales, dos grandes casas estaban de un lado al otro, los
soldados vigilaban todas las entradas y salidas de personas. La mañana aún era
fría y las lunas seguían reinando en los cielos que tenían por vestidura las
nubes y por faja las estrellas.
Se acercaron de manera tímida y con cierta lentitud,
uno de los soldados salió a su encuentro y Tera detuvo su caballo. El soldado
llevaba un abrigo y una gorra, las armaduras eran solo para casos especiales
por lo que su clásico uniforme resaltaba, el emblema de la familia real se
divisaba perfectamente en el lado izquierdo de la camisa color negro y llevaba
guantes blancos visiblemente elegantes. La revisión fue rápida, solo les pidió
la credencial de identificación y ambas dieron sus números, el soldado los
introdujo en la computadora y los devolvió.
––Tienen suerte, señoritas, a estas horas no podrían
pasar debido a que el puente estaría elevado para tránsito de los barcos.
Tienen mucha suerte de llegar antes.
Tera le agradeció y continuó su camino, el corazón de
Calai latía con fuerza, estaba nerviosa y todo lo que quizá sintió antes de
salir se multiplicó al cruzar el puente. La vista era hermosa y pese a la oscuridad
del día, las estrellas se reflejaban en el agua y daban como resultado un
espléndido espejo del cielo, brillaba y desde cierta perspectiva se podía
sentir la invitación a nadar en sus caudales. Peces multicolores nadaban por
las aguas saltando y dejando salpicones, Calai los observaba con cierta
curiosidad y le divertía verlos, le quitaba un poco la ansiedad de estar
saliendo de su casa a un país que no conocía y que realmente no sabía cómo
enfrentar.
Las pisadas de Brisa resonaban entre el cemento y era
aletargante el sonido que producía, sus crines ondulaban suavemente. El clima
permanecía frio, el tiempo avanzaba y ya eran las seis con cincuenta, las lunas
se movían lentamente y aún el sol no se podía ver. El puente era hermoso y Tera
tenía un poco de emoción por volver a Havila, era hasta nostálgico recorrer los
lugares que recordaba de niña. Conforme más se acercaban al otro extremo,
distinguían lo distinto que era el uno del otro y las grandes características
arquitectónicas. Calai pudo ver los túneles subterráneos y un tren que iba con
destino hacia Havila, su luz era hermosa y los peces nadaban en derredor a los
túneles de vidrio reforzados. Las ballenas se alimentaban en las profundidades
mientras que algunas jugaban rodeando los túneles que había bajo el agua. La
puesta iba cambiando y jugaba el paisaje con ellas, cambiando entre un lugar y
el otro mientras que el tiempo derretía la escarcha. El olor al mar se sentía
levemente y se podía oír suavemente el oleaje de las olas romper con la costa
lejana.
Al llegar al lado opuesto, la guardia volvió a
revisarlas, llevaban diferentes ropas, una camisa de botones, pantalones largos
color azul y un sombrero que cargaba con el emblema de la familia real de
Havila. El arco del puente era de distintos materiales y se tornaba menos
influenciado con rocas como en Helster, luciendo el mármol en sus columnas.
––Que tengan un buen día señoritas, les deseo un buen
viaje. Solamente cuídense del sol.
––Gracias, ya llevamos bloqueador solar.
Calai se cubrió el rostro con su cabello cuando la
soldado la observó y esta sonrío mientras regresaba a su puesto habitual. Tera
continuó y se adentraron de lleno en Havila. El corazón de Calai latía con
fuerza y observó hacía atrás, hacia su casa…
––Pronto volveré––Meditó entre sus pensamientos.
El caballo de Tera seguía avanzando.
El frio mitigaba su castigo conforme avanzaban y todo
al inicio era similar a Helster. El sol se asomaba y Tera consideró una corta
parada para que ambas se cambiaran. Dentro de poco empezaría a hacer calor y
eso sería una de las cosas que más les abrumaría. Calai se quitó su camisa y
Tera hizo lo mismo, llevaba un sujetador color crema el cual despertó un
interés en Calai.
––¿Cuándo podré tener uno de esos?
––¿Un sujetador?
La niña asintió, tenía curiosidad.
––Cu… cuando llegue el momento te llevaré a comprarte
uno.
Las ropas de Calai eran sencillas, camisa con vuelos
de mangas cortas y unas faldas color rosa, sus medias y zapatillas eran las
mismas, la comodidad de ella estaba por encima de lo que pensara la gente y
nunca le gustaron los tacones u otras cosas que había visto que otras chicas
vestían. Tera usaba ropas similares solo que en vez de falda llevaba un pequeño
short y unas sandalias, la camisa no tenía vuelos, pero si era de manga corta
con botones, su color era de un intenso rojo y sus shorts eran café claro. Se
aplicaron el bloqueador, el sol calentaba y al inicio Calai pensó que se vería
como un muerto demasiado bronceado y sacado de la ciencia ficción, pero podía
ver lo positivo, Tera le prometió que tendría un lindo color de piel.
Tras aquello retornaron su camino, las estrellas iban
desapareciendo lentamente y las lunas perdían su brillo en el cosmos junto con
el despedir de los colores nocturnos. El estado en el que se encontraban era
Sador y había algo que resaltaba desde la lejanía, los caminos de tierra tejían
lentamente cual tela de araña las rutas por las cuales guiaban a ambas a la
ciudad central. Mientras se acercaban Calai podía ver margaritas, flores que
ella desconocía más su color blanco le llamaban la atención poderosamente y se
sentía atraída, por ellas. Las casas si eran distintas y al adentrarse se
notaba una marcada diferencia. Algo había llamado poderosamente su atención,
era una estatua que desde la lejanía y al tenerla cerca, imponía su presencia.
A lo lejos podía verse la ciudad principal de aquel estado costero y los campos
verdes comenzaban a tener un color intenso mientras que las calles eran ya algo
visibles junto con los sonidos lejanos de autos.
La ciudad central era bella, de grandes edificios y un
enorme puerto. Unos insectos pasaron rápidamente, zumbaron por los oídos de
Calai y la molestaron un poco, el aire se notaba un tanto más cálido y el pasto
verde adornaba todo el lugar.
El sol las acompañó entrando a la ciudad, carros
pasaban raudos, ya no había trenes en las ciudades principales. Las casas eran
distintas en cuanto a arquitectura, las formas no eran tan rectangulares y
cuadradas, sino que se permitían algunas un tanto más abstractas, la tecnología
si era similar, por no decir idéntica y al igual que en Helster, los anuncios
eran pasados en pantallas colocadas en los grandes edificios. El bullicio era
muy distinto y era mayor, lo que molestó a Calai que añoraba algo menos
estridente. El pelo de las personas no era tan abundante como los de Helster,
quizá por el clima más templado y se asemejaba más al de Tera.
Algunos hombres paseaban sin camisa y otros con ropas
que parecían similares a las de Calai, eran de mangas cortas y en su mayoría no
tenían botones, las mujeres tenían ropas no tan abrigadas como en la tierra
natal de Calai y hasta las pieles eran de una tonalidad un tanto distinta, más
bronceadas y no tan pálidas. Desde la ciudad, la enorme estructura de oro
relucía cual coloso y su presencia era sencillamente impresionante, con sus
piernas abiertas mientras que barcos pesqueros de gran magnitud pasaban. Aquel
coloso de oro hacía sentir a Calai como una hormiga insignificante, pero, era
hermoso, una estatua hermosa de un hombre bañado en oro. El olor a comida
callejera inundaba las calles, los mariscos eran exhibidos y muchos comían
alegremente los pescados que servían los restaurantes al aire libre.
––Existe una leyenda sobre unos colosos. Cada que veo
al gran coloso de Sador me acuerdo de la misma, aunque los colosos que recuerdo
de los libros eran muy diferentes.
––¿Cómo son los de las leyendas?
––Con pelo y tenían en sus cuerpos estructuras. Algo muy
descabellado ¿no crees? Trataba de un chico que luchaba contra la muerte para
traer a la vida a su amada. Se cree que hay un coloso bajo el gran castillo de
Havila.
––Me
gustaría escuchar esa historia.
––Cuando
descansemos en la noche te la contaré.
Pasaron
por algunas tiendas y sus colores vivos contrastaban con los colores fríos a
los que Calai estaba acostumbrada.
Había
paradas similares a las de los tranvías, más sin embargo no llegaban tranvías
sino automóviles que a lo que Calai podía ver, eran muy alargados, similares a
los trenes, pero recordó el nombre ya que Tera se los había mencionado en una
ocasión e incluso eran diferentes a los de Edén. Pasaron cerca de la carretera
costera en donde el coloso de oro se podía ver en todo su esplendor, podría
tener quizá treinta y dos metros de altura, dándole la bienvenida a todos los
barcos que llegaban al puerto principal de Havila y su color oro empezaba a
resplandecer con la cara del sol. El calor empezaba a hacer meya en el ambiente
y Calai se puso un sombrero color blanco que… había llevado Tera para mayor
protección, pero quería broncearse y le dejó el sombrero a Calai. Las olas
golpeaban la costa y había unas cuantas familias disfrutando del agua salada,
el orgullo de las olas era frenado por las costas y parecía que las aguas
tenían un candado pues no avanzaban nunca más de lo que podían. El olor a arena
y sal se incrustó en Calai y aquello era raramente adictivo y por alguna razón,
aunque el olor no fuera del todo agradable, se le hacía placentero. En Havila
no había costas, por lo que Calai pasaba tiempo observando el mar, ya que
incluso en Edén ella no había ido a las playas.
Pasaron
la parte central de la ciudad, guiadas por el mapa. Pese a todo, Tera sabía que
la capital era la más bulliciosa y la más poblada. Personas paseaban a sus
mascotas por las calles y aquello llamaba poderosamente la atención de Calai,
seguía con un poco de miedo, pero… la curiosidad aplacó aquella emoción, no era
común ver perros en Helster y mucho menos verlos a tan tempranas horas y de
esas formas. Barcos; quizá de pesca, se observaban desde la lejanía y las olas
rompían fuertemente, dejando escuchar su rugido por todo lo ancho y alto.
Tras
salir de la ciudad central, Calai notó
el calor y le molestó, pero el viento marino la refrescaba de vez en cuando,
sacudiendo sus blancos cabellos que danzaban con las notas que entonaba el
viento mientras silbaba y trinaba por las copas de los árboles que, ya no eran
abedules ni pinos, sino que estos eran manzanos y árboles de cerezo que tenían aquellas
flores rosas que se desprendían y manchaban los senderos, las calles y los
pastos, tiñéndolos con aquellos colores que dejaban entrever los sentimientos
del amor. El mapa indicaba que tenían que ir al estado de Urlis y pasar por su
ciudad central, Mérida, quizá ahí podrían descansar y pasar la noche si es que
llegaban a dicho lugar a esas horas, pero con el buen ritmo que llevaban, bien
podrían llegar a horas de la tarde, ya que ambas estaban a la par la una de la
otra, más las diferencias entre la una y la otra eran bastante notorias.
Los
caminos no estaban tan despejados, pero en las calles no transitaban tantos
vehículos, Calai les prestó atención a esos carros que no tenían la parte
superior y los cabellos de los que los manejaban se sacudían con fuerza, aunque
había algunos que si llevaban las partes superiores. Calai se imaginaba el
calor que ascendería, era la primera vez que observaba el mar desde tan cerca,
y tuvo un deseo indescriptible de sumergirse en sus aguas y sortear las olas.
Pasó otro auto a gran velocidad.
––Esos
carros se ven un poco lujosos.
––No
te dejes engañar, no son tan lujosos, los más caros se encuentran en la
capital. Probablemente sean modelos muy viejos, aunque siguen siendo
llamativos.
––Qué
calor hace–– Sacó el abanico y de una manera muy femenina lo empezó a sacudir
para refrescarse, era algo hasta agradable de ver––. Me siento como una paleta
de helado, creo que me voy a derretir.
––Apenas
es temprano, aun no hace calor.
––¿¡Que!?
––Oh sí,
créeme. Si ahora tienes calor, solo espérate a que sean las doce en punto.
Diría que más bien es una mañana fresca y hasta fría, tomando en cuenta los
parámetros por los que se rige Havila.
Calai
se dejó caer y se quitó sus zapatillas, eran muy cálidas para esos climas,
insectos volaban y las cigarras arrullaban el ambiente. La temperatura seguía
aumentando.
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