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La Rendición Del Depredor

La Rendición Del Depredor

Status: En proceso
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Mafia
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mi Autoria

​"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."

NovelToon tiene autorización de Mi Autoria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

​Capítulo 10: El dueño de las sombras (Perspectiva de Katherine / Mixta)

​Al cruzar las puertas automáticas del imponente edificio de Navíos del Este, sentí que me ahogaba. El vestíbulo era un santuario de mármol pulido, cristales impecables y un lujo frío que me hizo consciente, con un dolor punzante, de cada hilo gastado de mi abrigo y del polvo en mis zapatos.

​Me acerqué al mesón principal con las manos húmedas y temblorosas. La recepcionista, una mujer rubia con un traje sastre impecable y el rostro estirado por una mueca de superioridad, me miró de arriba abajo con un asco tan evidente que sentí ganas de hacerme invisible.

​—Busco a Matteo Montenegro —le dije, estirando los dedos para mostrarle la tarjeta negra con letras plateadas sobre el mármol.

​La mujer miró la tarjeta, luego desvió sus ojos fríos hacia mi cara sucia y mi pómulo aún ligeramente amoratado, y soltó una risa corta, seca y burlona.

—¿El señor Montenegro? Por favor, niña. ¿De dónde sacaste esto? Dime la verdad, ¿te la robaste de algún contenedor o se la hurtaste a algún cliente en la calle?

​—No me la robé —respondí con la poca dignidad que me quedaba, apretando los dientes—. Él me la dio. Para que pueda buscarlo. Tengo que hablar con él.

​La risa de la recepcionista se hizo más fuerte, llamando la atención de los guardias de seguridad que empezaron a acercarse con paso firme.

—Claro que sí, y yo soy la reina de este puerto —espetó con absoluto desdén—. Lárgate de aquí antes de que llame a la seguridad para que te arrojen a la basura, hueles a miseria a metros de distancia.

​Antes de que pudiera reaccionar, me agarró de los brazos con fuerza para dar la orden a los guardias de que me sacaran a empujones. La furia y la impotencia me nublaron los ojos. Forcejeé con desesperación, logrando zafarme de su agarre de un tirón, y alcancé a arrebatarle la tarjeta negra de la mano justo antes de que los guardias me rodearan. Las lágrimas de frustración empezaron a picarme en los ojos, amenazando con desbordarse.

​—Que alguien me explique... exactamente qué mierda está ocurriendo aquí.

​Una voz ronca, profunda y gélida como el acero cortó el aire del vestíbulo con la fuerza de un latigazo. Todos los presentes se quedaron congelados al instante.

​Levanté la vista hacia el pasillo elevado. Y allí estaba.

​Era él. El hombre al que había ayudado en el suelo de ese maldito hotel. Ya no estaba pálido, ensangrentado ni agonizante. Vestía un traje gris oscuro hecho a la medida, con los hombros anchos, la mandíbula firme y esa cicatriz fina cruzándole el rostro como una marca de guerra. Ahora sabía exactamente cómo sonaba su voz sin el estertor de la muerte: una orden directa que paralizaba a cualquiera.

​La recepcionista palideció de golpe, soltando el aire de los pulmones con un temblor ridículo. Se adelantó a los tropezones, queriendo balbucear una excusa.

—Señor Montenegro, disculpe, lo que pasa es que esta pordiosera se metió y...

​Matteo la cortó en seco con un movimiento milimétrico de la mano. Sus ojos oscuros no se apartaron de mí ni un solo segundo.

—Suelta a mi invitada —ordenó con una calma que aterrorizaba—. Y estás despedida. Recoge tus cosas y vete de mi empresa ahora mismo.

​Un jadeo general recorrió el vestíbulo. La mujer abrió los ojos con terror, pero no se atrevió a decir una sola palabra más ante la mirada asesina de su jefe.

​Me quedé allí parada, con el corazón golpeándome las costillas, completamente sorprendida mientras Matteo caminaba hacia mí. Se detuvo a pocos centímetros, evaluando mi rostro demacrado y mis ojos cristalinos por el llanto retenido.

​—Sígueme —me dijo en un tono bajo, imperativo, pero sin rastro de desprecio.

​Asentí con la cabeza, pasándome el dorso de la mano por los ojos para secarme las lágrimas de frustración antes de que cayeran. Lo seguí de cerca mientras los empleados bajaban la cabeza a su paso, aterrorizados.

​Entramos al ascensor privado de cristal. Las puertas se cerraron, aislándonos del resto del mundo. Apretada contra la esquina, con el estómago encogido por el hambre y los nervios, miré su perfil y murmuré con un hilo de voz:

—Gracias...

​Matteo apenas asintió con la cabeza, con la mandíbula tensa. Las puertas se abrieron en el último piso y, con un gesto de su mano, me hizo seguirlo directamente hacia su oficina privada. El refugio había terminado;ahora tenia que lidiar con lo que tenia enfrente.

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