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EL AMOR NO SIEMPRE LLEGA CON PALABRAS BONITAS

EL AMOR NO SIEMPRE LLEGA CON PALABRAS BONITAS

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Amor de la infancia / Mafia
Popularitas:802
Nilai: 5
nombre de autor: miamartina

Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.

En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.

Pero no estaba completamente sola.

Tenía a Marcos y a Alex.

Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.

Hasta aquella noche.

Lo vi entre la multitud y algo cambió.

No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.

NovelToon tiene autorización de miamartina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

el apellido

Natalia

Mientras estaba en la oficina, no podía dejar de pensar en el chico que había visto.

Negué con la cabeza.

¿Natalia, cómo vas a pensar así de alguien a quien ni siquiera le viste la cara?

Pero, de todas formas, había algo en él que había logrado llamar demasiado mi atención.

Cuando llegó la hora de salir, mi padre me avisó que no iba a ir a casa esa noche.

Bajé y, mientras esperaba al chofer, vi a lo lejos a Marcos y le grité.

Él se giró y, apenas me vio, soltó una pequeña sonrisa.

—¿Estás muy ocupado?

—No. ¿Por qué?

—¿Me llevás a casa?

Se quedó en silencio durante unos segundos.

—Vamos.

Agarró mi mano con fuerza y me llevó hasta donde estaba su auto.

Le hice una seña al chofer, que ya se encontraba cerca, y simplemente caminé junto a él.

Durante el camino no dijo una sola palabra.

—¿Querés cenar en casa conmigo? Mi padre no va a venir esta noche y no quiero cenar sola.

Su rostro se puso pálido y soltó una sonrisa que intentó ocultar mordiéndose los labios mientras miraba por la ventana.

Yo no dejaba de observarlo mientras esperaba su respuesta.

—Mientras Alejandro no se enoje…

—No te preocupes por eso. Yo le aviso.

Suspiró y siguió manejando en silencio, pero aquella sonrisa no desapareció de su rostro.

El resto del viaje transcurrió en silencio.

Cuando llegamos, él se ofreció a cocinar y yo fui a darme una ducha a mi habitación.

Cuando bajé, la casa olía espectacular.

—¿Qué estás cocinando? Huele delicioso.

Cuando se volteó a verme, sus mejillas se tornaron un poco coloradas. Rápidamente volvió la mirada hacia la comida y continuó cocinando.

—Pasta al pesto.

Lo dijo con firmeza, sin mirarme.

Puse la mesa y me senté a esperar a que terminara.

Mientras comíamos, no dejaba de mirarme.

—¿Tengo algo en la cara o por qué me mirás tanto?

—No, no. Simplemente te observo.

Negué con la cabeza y terminé de comer.

—¿Vemos una película?

—Bueno. ¿Cuál vemos?

—Una de terror.

Nos pusimos a ver La calle del terror.

Un rato después, sentí que apoyaba su cabeza sobre mi hombro. Cuando volteé a verlo, estaba dormido.

Lo recosté en el sillón, subí a buscar dos frazadas y lo tapé.

Después volví a sentarme y continué viendo la película hasta que, poco a poco, también me quedé dormida.

Marcos

Había tenido una reunión muy importante y, después de tantos años, había vuelto a ver a Alex.

No quería nombrar a Natalia durante la corta conversación que tuvimos y, por suerte, él tampoco preguntó.

Aunque sabía que se iban a ver después, no quería que ella se convirtiera en un tema de conversación.

Él seguía siendo frío y distante.

En eso no había cambiado.

Se despidió y cada uno siguió su camino.

Cuando llegó la tarde, me dirigía hacia mi auto hasta que escuché que alguien gritaba mi nombre en un tono bajo.

Era ella.

Con esa sonrisa y esa luz que me enamoraban cada vez que la veía.

Me pidió si podía llevarla a su casa.

Durante el trayecto no hubo sonido alguno dentro del auto, hasta que finalmente habló.

—¿Querés cenar en casa conmigo? Mi padre no va a venir esta noche y no quiero cenar sola.

Mi corazón empezó a latir demasiado rápido y solté una sonrisa involuntaria que intenté disimular.

Cuando llegamos a la casa, me ofrecí a cocinar mientras ella se bañaba.

Cuando la escuché hablar mientras bajaba las escaleras, no pude evitar mirarla.

Se había puesto un short y un buzo oversize gris. Tenía el pelo mojado y algunas gotas todavía recorrían su cuello.

Cada vez que la veía, me gustaba más.

Demasiado.

Negué con la cabeza y me giré rápidamente, intentando disimular.

Un rato después nos fuimos a ver una película al sillón.

Durante la noche me desperté.

Estaba tapado con una frazada y, cuando la busqué con la mirada, la vi dormida, sentada en la otra parte del sillón.

Me levanté con cuidado, la tapé y volví a acostarme.

Natalia

Cuando me desperté, subí a cambiarme.

Decidí ponerme algo cómodo, bajé y preparé el desayuno.

Desperté a Marcos, él se duchó y, cuando terminamos de desayunar, nos fuimos a trabajar.

Cuando llegué, fui directo a la oficina a saludar a mi padre.

Estuve todo el día trabajando hasta que llegó la hora de salir y mi padre me llamó.

Golpeé la puerta y pasé.

—Permiso.

—Adelante.

—¿Me necesitabas?

—No, hija. Solo te quería comunicar que te voy a llevar un poco más tarde al hipódromo.

—¿A qué hora?

—A las ocho, más o menos.

Asentí, me giré y cerré la puerta detrás de mí.

Aproveché el tiempo para adelantar unos permisos de armas nuevas que ingresarían la semana siguiente, hasta que volví a escuchar mi nombre.

Era mi padre.

—Estoy abajo. ¿Estás lista?

—Sí, ya bajo.

Me apuré, guardé todo rápido y bajé lo más rápido posible.

Durante el camino no dijo ni una sola palabra.

Él iba concentrado en la computadora, preparando una nueva embarcación.

Cuando llegamos, me miró fijamente y me dijo:

—Suerte. Hacé caso y, en el momento en que quieras parar o volver a casa, simplemente me llamás. ¿De acuerdo?

—Sí, pa. No te preocupes por mí.

Bajé del auto.

El encargado ya estaba allí, parado junto a una mesa grande.

Sobre ella había varias armas y, alrededor, unos bancos, latas, botellas y distintos blancos preparados para practicar la puntería.

Y ahí estaba él.

De espaldas, mirando la mesa.

Vestía completamente de negro, igual que la última vez que lo había visto, pero esta vez llevaba un uniforme.

—Hola, soy Natalia —dije en voz alta, aunque sin gritar.

Era un lugar grande y techado que solo se utilizaba para practicar.

Ni siquiera se giró completamente. Solo me miró de reojo y comenzó a hablarme sobre el lugar y lo que íbamos a hacer allí.

—Perdón que lo interrumpa, pero ¿me podría decir su nombre?

—Torres.

En cuanto escuché ese apellido, mi mente dejó de prestar atención a todo lo demás.

—Señorita, ¿me está escuchando?

Entonces se giró.

Le miré el rostro.

Y fue como si algo dentro de mí se hubiera detenido.

Esa cara…

Me resultaba demasiado familiar.

—Como le decía… antes de aprender a usar un arma, tenés que aprender a respetarla.

No podía apartar la mirada de él.

—Perdón… ¿me podría repetir su nombre?

Me miró directamente a los ojos.

—Alex Torres.

En cuanto escuché su nombre, dejé caer la carpeta que tenía en la mano.

Quedé completamente inmóvil.

Alex.

No podía ser él.

Después de tantos años…

Cuando finalmente pude reaccionar, él ya estaba preparando las armas sobre la mesa.

Y yo solo pude decir:

—Vos…

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