Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 10
Cap 10: Tres goles y una mentira
El partido era a las cuatro de la tarde y Valentina no sabía jugar futbol.
O al menos no sabía que sabía.
Diego había llegado al salón esa mañana con una energía que no le cabía en el cuerpo: "Güey, hoy jugamos contra la Prepa 12. Santiago, tú eres titular. Si no vienes, nos matan."
Valentina —en el cuerpo de Santiago— evaluó la situación. No podía negarse. Santiago era el delantero estrella del equipo de Prepa 7. Que no se presentara levantaría sospechas.
—Ahí estaré —dijo.
Se pasó las siguientes horas repasando mentalmente todo lo que sabía sobre futbol, que era casi nada. En la cancha, mientras los demás calentaban, Valentina probó con cuidado las piernas de Santiago. Eran diferentes a las suyas en todo: más largas, más pesadas, con músculos que respondían a estímulos que ella no sabía que estaba enviando. Cuando pateó un balón de prueba, la pelota salió disparada con una potencia que la asustó.
El cuerpo de Santiago sabía cosas que su mente no sabía explicar. Los tobillos giraban por instinto. Los pies encontraban la posición correcta sin que ella lo pensara. Era como sentarse en un piano y descubrir que los dedos ya conocían la melodía.
El silbatazo inicial sonó.
Los primeros quince minutos fueron caóticos. Valentina corría sin plan, confiando en la memoria muscular de Santiago. El equipo contrario era grande y agresivo. Uno de sus defensas le metió un codazo en las costillas que la dejó sin aire.
Diego le gritó desde la lateral: "¡Pásala, güey, pásala!"
Valentina recibió el balón en la media cancha. Dos defensas venían hacia ella. Hizo lo único que se le ocurrió: un cálculo rápido. Ángulo de tiro. Distancia al arco. Velocidad del portero. Posición del poste.
Pateó.
La pelota entró por el ángulo superior izquierdo. El portero ni se movió.
La cancha explotó. Beto saltó sobre su espalda con un grito que le perforó el tímpano. Diego corría en círculos con la playera sobre la cabeza. Los del 3-C golpeaban la reja de alambre y coreaban algo que sonaba como "¡Mon-te-ro! ¡Mon-te-ro!"
El entrenador, un hombre calvo con bigote que normalmente solo gritaba instrucciones, aplaudía desde la banca con la boca abierta.
Valentina se quedó parada mirando el arco, con el corazón de Santiago latiendo tan fuerte que sentía las pulsaciones en las sienes. Había metido un gol. Con las piernas de otra persona y la cabeza de una estudiante de biología.
El segundo gol llegó en el minuto treinta y dos. Un pase largo de Beto que Valentina atrapó con el pecho —instinto del cuerpo— y remató de volea. Ni ella misma entendió cómo lo hizo. Pero la pelota entró.
Empate a dos. La Prepa 12 era buena. Su defensa central era un tipo que parecía tener veinticinco años y que le había dejado un moretón en el muslo izquierdo de Santiago que probablemente duraría una semana.
En el descanso, Diego le pasó una botella de agua.
—Güey, estás jugando como nunca. ¿Qué desayunaste?
—Telera con frijoles —dijo Valentina.
Diego soltó una risa.
—Pues desayuna eso todos los días.
El tercer gol fue el definitivo. Falta en el borde del área. Tiro libre directo. Valentina se paró frente al balón. El estadio —las gradas de cemento con doscientas personas sentadas bajo el sol— se quedó en silencio.
Recordó una llamada de hace dos semanas. Santiago explicándole cómo patear con el empeine interior: "Pegas con el hueso del pie, no con los dedos. La pelota se curva sola."
Respiró. Tomó distancia. Corrió.
La pelota se curvó por encima de la barrera, cambió de dirección en el aire y se coló en el ángulo derecho del arco. El portero saltó tarde.
Prepa 7 ganó tres a dos.
* * *
El problema era el vestidor.
Valentina caminó hacia los vestidores masculinos con el resto del equipo. Se detuvo en la entrada.
—Me lastimé la rodilla —dijo—. Voy a cambiarme en la enfermería.
Diego la miró.
—¿Estás bien, güey? ¿Quieres que te acompañe?
—No. Estoy bien.
Valentina se alejó por el pasillo, con las piernas de Santiago todavía temblando de adrenalina y las costillas doloridas del codazo del primer tiempo. Se sentó en una banca junto a la enfermería, sacó el teléfono de Santiago y marcó.
—Ganamos —dijo.
Silencio del otro lado. Luego la voz de Valentina —su propia voz, operada por Santiago— dijo algo que no esperaba:
—Bien hecho.
No era un "bien hecho" casual. Era pausado, con peso. Santiago lo había dicho como quien reconoce algo que le cuesta admitir.
—Metiste tres goles —continuó Santiago—. Yo nunca he metido tres goles en un partido. El máximo fueron dos, contra la Prepa 5, y uno fue de rebote. ¿Cómo?
—El primero fue cálculo. Ángulos, velocidad, posición del portero. El segundo fue tu cuerpo: puro instinto muscular. El tercero fue lo que me enseñaste por teléfono, el empeine interior.
Pausa.
—Mi cuerpo nunca había jugado tan bien.
Valentina no supo qué responder a eso. Se quedó mirando las gradas vacías a través de la ventana del pasillo. El sol de las cinco caía sobre el campo de tierra, tiñendo todo de naranja.
—Valentina.
—¿Qué?
—Nada. Solo... bien hecho.
Colgaron.
Valentina volvió al pasillo. Diego la estaba esperando, ya cambiado, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Güey, después del partido, ¿vienes a comer tacos? Beto invita.
Valentina lo pensó. Santiago nunca rechazaba tacos. Y después de tres goles y una hora de correr sin parar, el estómago de Santiago rugía.
—Claro.
Caminaron hasta una taquería a tres cuadras de la escuela. El lugar tenía cuatro mesas de plástico bajo un toldo de lona, un trompo de al pastor girando frente a las brasas y un señor con delantal que cortaba la carne con la velocidad de un cirujano.
Valentina pidió al pastor. Le dieron cuatro tacos en un plato de plástico rojo, con cilantro, cebolla y una salsa verde que olía a tomatillo fresco.
Le dio un mordisco al primero.
La carne estaba crujiente por fuera y jugosa por dentro. La piña caramelizada se deshizo en su lengua. La salsa picó justo lo necesario. El cilantro y la cebolla completaron algo que no era solo comida —era un abrazo al paladar.
Los ojos de Santiago se le abrieron. Valentina nunca en su vida había comido un taco al pastor en una taquería de calle con olor a carbón y manteca.
Era, sin exageración, lo mejor que había probado. Mejor que el filete de la casa Montero. Mejor que el sushi del restaurante japonés. Mejor que cualquier cosa que hubiera comido en diecisiete años de vida con refrigerador importado y cocinero de planta.
Beto le puso más salsa sin preguntar. Valentina ni siquiera protestó.
Diego se rio al ver su cara.
—Güey, parece que nunca habías comido un taco.
Valentina se limpió la boca con la servilleta y pidió cuatro más.
En algún lugar de Guadalajara, en la cafetería del Instituto Británico, Santiago miraba un plato de ensalada de quinoa orgánica con vinagreta de frutos rojos. Tomó el tenedor. Lo dejó. Miró la ensalada otra vez. A su alrededor, las compañeras de Valentina comían sus ensaladas y sus wraps y sus smoothies de kale con la naturalidad de quienes no conocían otra cosa.
Santiago pensó en los tacos al pastor. En la grasa dorada del trompo. En la piña caramelizada. En la salsa verde que picaba justo lo suficiente.
Suspiró. Clavó el tenedor en la quinoa y se la comió sin ganas, masticando cada bocado como si fuera un castigo.