La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 18: EL COLISEO DE LA RESONANCIA
El despacho de Kaelen no era una oficina; era un quirófano de ambiciones rotas. La luz roja de emergencia proyectaba sombras alargadas sobre las paredes, donde el micelio trepaba por los archivadores de acero como dedos hambrientos. Elías Vane sintió cómo su pulso se estabilizaba, una calma fría que solo aparecía cuando el combate era inevitable. Sus costillas ya no dolían; el tejido se había soldado bajo la presión de la necesidad, devolviéndole la agilidad que lo convirtió en leyenda.
Kaelen se mantuvo de pie tras su escritorio, pero su postura no era humana. Estaba ligeramente inclinado, con los hombros desencajados. Al chasquear sus dedos, dos figuras se desprendieron de las sombras de las esquinas superiores del techo.
Eran los Hijos de la Resonancia de Élite.
A diferencia de los que habían visto en el mercado, estos vestían restos de armadura táctica de Aegis, reforzada con placas de hueso fúngico que crecían directamente de sus costillas. Sus ojos no brillaban con luz azul; eran pozos negros que reflejaban la luz roja, y sus movimientos no tenían la vacilación de un infectado. Eran extensiones de la voluntad de Kaelen, conectados a él mediante filamentos invisibles de frecuencia.
—“La Red no solo consume, Elías... la Red perfecciona”
—dijo Kaelen, y su voz resonó en la habitación como si saliera de las bocas de sus tres escoltas al mismo tiempo
— “Marco era fuerte, pero era estático. Yo soy la evolución. Atacad.”
El Primer Choque
Acero contra Biomasa
Elías no esperó. Desenvainó su cuchillo táctico con un movimiento que el ojo humano apenas pudo seguir.
—¡Jake, rompe el enlace! ¡El de la derecha es tuyo!
—rugió Elías.
El primer Hijo de la Resonancia se lanzó sobre Elías con una velocidad que habría decapitado a cualquier otro hombre.
Su brazo, transformado en una cuchilla de cartílago endurecido, silbó en el aire. Elías se agachó, dejando que el ataque pasara a milímetros de su cabeza, y contraatacó con una puñalada ascendente dirigida a la axila, el único punto donde la armadura de hueso era delgada. El impacto fue seco; no salió sangre, sino una savia viscosa que siseó al tocar el suelo.
Mientras tanto, Jake se enfrentaba al segundo escolta. El chico usaba su fusil de percusión no solo para disparar, sino como un arma de impacto. Cuando el infectado intentó flanquearlo, Jake giró sobre su eje y golpeó la mandíbula de la criatura con la culata del arma, abriendo espacio para un disparo a quemarropa. El estruendo de la pólvora llenó el despacho, pero el Hijo de la Resonancia apenas retrocedió; su sistema nervioso estaba tan saturado de hongo que el dolor no existía para él.
—¡Busca el nexo, Jake!
—gritó Elías, mientras bloqueaba un zarpazo de Kaelen, que se había unido a la refriega con una agilidad mecánica aterradora
— ¡Están conectados a su frecuencia! ¡Si lo aturdes a él, ellos se detienen!
Kaelen se movía con una ventaja injusta. Cada vez que Elías lanzaba una estocada, Kaelen parecía saberlo un segundo antes, moviendo su cuerpo con una elasticidad que el esqueleto humano no debería permitir. Sus manos, ahora terminadas en garras de obsidiana biológica, buscaban el cuello de Elías con una precisión quirúrgica.
—“Te estás haciendo viejo, Vane”
—siseó Kaelen, su rostro deformándose por el esfuerzo de mantener la conexión con sus esclavos
—“Tu amor por Alexia te hace lento. Estás pensando en protegerla, en volver... yo solo pienso en ganar.”
Elías recibió un golpe en el hombro que lo lanzó contra una estantería metálica. El dolor fue sordo, pero su fuerza recuperada le permitió rodar y ponerse en pie antes de que Kaelen cayera sobre él. Elías soltó su cuchillo por un segundo, sacó su Colt .45 y disparó tres veces al pecho de Kaelen.
Las balas de percusión impactaron con la fuerza de un mazo, pero la biomasa bajo el uniforme de Kaelen absorbió el impacto, expandiéndose para atrapar los proyectiles.
—No son balas lo que necesitas, traidora
—gruñó Elías, recuperando su cuchillo del suelo con un giro fluido
—Necesitas que alguien te recuerde lo que se siente al sangrar como un humano.
Elías cambió su agarre al cuchillo, adoptando la postura de "sombra inversa" que solo usaba en situaciones de vida o muerte. Se lanzó hacia Kaelen no con fuerza bruta, sino con una serie de fintas calculadas. Jake, viendo la apertura, lanzó una granada de conmoción mecánica hacia el techo.
La explosión de sonido y luz fue puramente física, nada de pulsos magnéticos; fue el caos de la vieja escuela.
El estallido aturdió los sensores de los Hijos de la Resonancia por un microsegundo. En ese instante, la conexión de Kaelen se debilitó. Sus esclavos vacilaron, sus movimientos volviéndose erráticos.
—¡Ahora, Jake!
—rugió Elías.
La Sincronía del Plomo y el Acero
Jake no falló. Con una puntería que habría hecho sentir orgullo a Marco, disparó dos veces al báculo orgánico que Kaelen sostenía en su mano izquierda. El báculo estalló en mil pedazos de hueso y micelio.
El grito que soltó Kaelen no fue humano; fue el grito de mil infectados perdiendo su ancla. Los dos Hijos de la Élite cayeron al suelo, convulsionando mientras sus sistemas nerviosos intentaban recalibrarse sin la guía de su amo.
Elías aprovechó el vacío. Se lanzó sobre Kaelen, clavando su cuchillo en el hombro de la traidora y usando su peso para estamparlo contra la pared de cristal que daba al laboratorio inferior. El cristal se agrietó, mostrando el abismo de los infectados que rugían abajo.
—Este es el final de tu hermandad, Kaelen
—dijo Elías, su rostro a centímetros del del traidor
—Morirás aquí, en el mismo agujero donde Marco se convirtió en leyenda.
Kaelen sonrió, y una lágrima de sangre azul corrió por su mejilla.
—“El final... solo es el comienzo de la próxima fase, Elías. Mira detrás de ti...”
Jake se había acercado para ayudar a Elías, pero uno de los Hijos de la Élite, en un último espasmo de autonomía biológica, se había puesto en pie. No atacó a Elías; su mano se cerró sobre la consola central, donde el archivo de la Cepa Cero estaba siendo procesado.
—¡No!
—gritó Jake.
El infectado no destruyó el archivo. Lo transmitió.
En las pantallas del despacho, una barra de carga llegó al 100%. Una señal de radio de alta potencia salió disparada desde la antena del laboratorio, atravesando la neblina violeta de San Francisco.
—“Ya no importa si muero”
—susurró Kaelen, mientras Elías apretaba el cuchillo en su garganta
—“Acabo de enviar la ubicación exacta de los filtros de aire de la Ciudadela Aegis a cada nido de la costa oeste. La Red ya no os busca... ahora os está esperando en casa.”
Elías sintió un frío glacial que no tenía nada que ver con el clima.
El amor por Alexia, su motor secreto, se convirtió en un terror absoluto. Habían ganado la batalla en el laboratorio, pero Kaelen acababa de sentenciar a muerte a la Ciudadela.
—Jake...
—la voz de Elías fue un susurro roto
—Tenemos que volver. Ahora mismo.
Elías hundió el acero por última vez, terminando con la vida de Kaelen, pero no hubo alivio. El cuerpo del traidor cayó al vacío tras el cristal roto, perdiéndose en la marea de los infectados de abajo.
Jake miró a su maestro. El chico estaba cubierto de savia y pólvora, sosteniendo las placas de Marco. La victoria se sentía como una ceniza amarga en la boca.
—Llegaremos, maestro
—dijo Jake, con una determinación que quemaba
—No dejaremos que Alexia caiga.
Salieron del despacho mientras el laboratorio empezaba a retumbar. La señal de Kaelen había despertado a la ciudad entera. El sigilo ya no era una opción. Ahora, solo quedaba el camino de regreso, un camino que estaría empedrado de carne, odio y la carrera más desesperada de sus vidas.
Tras la muerte de Kaelen, el laboratorio del Punto Cero se convirtió en una trampa de metal y eco. Elías y Jake, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo y la pólvora, intentaron salir por los muelles de carga. Pero la señal de radio de Kaelen no solo había alertado a la colmena; había activado a la Guardia de Celina.
Al salir al exterior, no encontraron zombies. Encontraron silencio. Un silencio artificial, roto solo por el siseo de drones de vigilancia que sobrevolaban la niebla.
—Maestro, algo no va bien
—susurró Jake, apretando su fusil de percusión.
De las sombras de los contenedores no salieron monstruos, sino hombres y mujeres con armaduras de fibra de carbono y visores de frecuencia. No dispararon. Lanzaron granadas de aturdimiento sónico, una tecnología que Elías no había visto desde antes de la caída de la primera civilización. El impacto fue una maza de sonido que reventó los sentidos de Elías, haciendo que sus costillas recuperadas vibraran hasta el desmayo.
Lo último que Elías vio antes de que la oscuridad lo reclamara fue a una mujer de piel oscura, caminando con calma entre el humo, observándolo con una sonrisa de curiosidad depredadora.
No era un soldado; era una reina revisando su nueva propiedad.