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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 10 - Rostros Rotos. La prueba cruel de la maldad humana.

El doctor seguía dormido, sus ronquidos retumbando en la habitación como un tambor macabro.

Ella estaba agotada. No de cansancio, no del cuerpo, sino de escuchar. Tanta inmundicia. Tanta podredumbre disfrazada de ciencia.

Decidió volver a la habitación. Necesitaba un respiro, alejarse de todo por un momento. Se dejó caer sobre el sofá, el cuerpo rendido, la mente al límite.

El sueño la atrapó sin avisar.

Y entonces, los recuerdos…

Instantes con sus niños, risas lejanas, manos pequeñas aferrándose a la suya. Fragmentos de un pasado que aún dolían en lo más profundo de su ser.

Al despertar, ya estaba más calmada. Las palabras del doctor regresaron. Ecos en su mente.

Sus cicatrices, desvanecidas. No había rastro de ellas. Como si nunca hubieran existido. Como si nunca hubieran tocado su piel.

Leía. Comprendía todo con facilidad. Y lo más fascinante, su mano sabía apuntar, su dedo sabía presionar el gatillo. Exactitud, daba justo en la cabeza.

Pero nunca había sostenido un arma, ni había visto una de cerca.

Las piezas encajaban. Los experimentos. Por fin, todo tomó sentido.

Observó. Un par de horas, tal vez más. Espero pacientes, hasta que el pasillo quedó vacío. Por suerte, esas cosas inhumanas, se movían en grupo.

Volvió al laboratorio.

El doctor seguía ahí, inclinado sobre un microscopio. Examinaba una muestra de sangre. Su rostro, pálido. Ojeras profundas.

Anteriormente lo había observado por el monitor, se movía en una silla de ruedas, débil, débil, casi inútil sin ella. Tan frágil que ni siquiera podía sostenerse en pie.

Se sentó frente a él, saludó con cortesía y, con un gesto medido, deslizó unos aperitivos y una lata de jugo sobre la mesa. Un gesto amable. Pero no lo era. Era una estrategia. Lo necesitaba consciente.

Tomó un libro. Mientras se sumergía en sus páginas, el doctor terminó de comer. Sin vacilar, con una voz cargada de inquietud, preguntó:

—¿Dónde estamos? Quiero salir de aquí.

Un silencio. La mirada esquiva. Luego, con un tono dudoso, vacilante, respondió:

Es… una isla. Aislada. No hay rutas marinas cercanas. Es tan pequeña que, para los satélites, apenas es un punto. De cierta forma nadie sabe que existe este lugar. Solo nosotros.

Dudó, tragó saliva. Un destello de incertidumbre cruzó su rostro.

—Aquí no se sobrevive por azar. No hay terrenos para sembrar, ni agua dulce. Si esto funciona, es por… ciencia. Las personas comunes… morirían en poco tiempo.

Hablaba como si cada palabra pudiera volverse un arma en su contra. Como si contar demasiado también fuera una sentencia.

Ni la debilidad le quitaba lo astuto. Aun frágil, seguía calculando. Midió. Esperó. Luego dejó entrever su verdadera naturaleza. No era ningún tonto, ni siquiera en su estado más vulnerable. No. Al contrario. La fragilidad solo afilaba los bordes de su instinto. Su verdadero rostro empezaba a emerger.

Iliana entendía. Y si eso era verdad…

No. No podía ser verdad. Porque entonces volver sería imposible. Se le cerró el pecho. La cabeza le decía que corroborara, que buscara una grieta en esas palabras. Pero su cuerpo ya lo sabía. Lo había sabido siempre. Porque en todo ese tiempo, mirando por aquel balcón, no había visto un barco. Ni uno solo. Ni una silueta en el horizonte. Ni un silbato lejano.

Nada. Solo agua. Agua. Agua. Como si el mundo entero hubiera desaparecido.

No podía saberlo. No en ese momento. Habían demasiados muertos deambulando afuera.

Aun si lograba salir, ¿qué le esperaba? ¿Ser devorada? ¿Convertirse en una de esas cosas? La impotencia la asfixió. La rabia le hirvió por dentro. Golpeó la mesa. Un puñetazo seco, brutal. Pero no lo sintió. Nada. Como si el dolor se hubiera borrado de su cuerpo. O tal vez era la furia la que la anestesiaba, la que la mantenía en pie.

Se apartó de la mesa.

Con una rabia que le ardía en las venas, salió al pasillo y abrió fuego. Sin cesar. Sin dudar. Cada disparo era un grito de ira, una advertencia. Para los muertos. Para el doctor Miller. No hubo ningún fallo en su pulso. No temblaba. No erraba.

Cada bala encontraba su destino: una cabeza reventada, otro cuerpo desplomándose.

“Volvió a entrar. Cerró la puerta de un golpe, como si así pudiera contener la tormenta que rugía en su interior. No podía quedarse quieta. No podía esperar. Sus manos volaban, arrancaban carpetas, esparcían papeles, devoraban informes con la mirada.

Algo. Tenía que haber algo. Una pista. Un indicio. Una verdad. Si él no hablaba, ella conseguiría alguna solución.

Los papeles se apilaban a un lado del escritorio, fríos, despiadados, distantes de aquel hombre. Archivos meticulosos, calculados, retorcidos. Maldades expresadas con precisión en cada página.

Mientras más leía, más asco sentía. Más repugnancia. Ese lugar era un horror, una pesadilla.

Pero nada. Nada de lo que necesitaba.

Entonces, un sonido. Débil. Un murmullo, un eco lejano que le erizó la piel. Vino de la cuna.

Lo primero que escuchaba.

Tal vez… estaba vivo.

Pero no. No podía ser. No lo había visto moverse, no lo alimentaban, no lo cambiaban, ni siquiera lo sacaban de esa vitrina. Y sin embargo…

Un escalofrío la recorrió. Su cuerpo se sentía pesado, como si algo invisible le oprimiera los músculos, le ralentizara. Pero su curiosidad empujaba. Paso tras paso.

Las máquinas titilaban. Susurros mecánicos, números y líneas bailando en los monitores.

Y el goteo. Lento. Constante.

Un líquido espeso y rojizo que definitivamente era sangre.

Su mirada vagaba, buscaba detalles, cualquier cosa. Era como si su conciencia se negara a reconocer lo evidente. Un bebé. Ahí, frente a ella. ¿O acaso no quería verlo? ¿Tenía miedo? ¿Tristeza? Era por aquel bebé... O el suyo. El que le arrebataron. Al que nunca pudo mirar, ni siquiera una vez.”

Pronto, no quedó nada más que observar. Sus pies la guiaron, casi sin querer, hasta la cuna. Su mirada, al fin, lo encontró. El mundo se tambaleó. Lo que tenía frente a ella era indignante.

No. No podía ser.

¿Qué le habían hecho?

Su piel tenía un tono enfermizo. Grisáceo. Casi translúcido. Algunas venas azuladas se asomaban bajo la delgada capa de carne. Sus labios, pálidos, agrietados, parecían consumidos por el frío. Entreabiertos apenas. Asomando la punta de un tubo insertado en su boca, por donde le suministraban sangré.

Su diminuta carita… arrugada de una manera antinatural. Deforme. Su pecho no subía ni bajaba. No como debería. No se movía mucho, pero tampoco estaba quieto.

Y sus ojos…

Hundidos. Profundos. Demasiado abiertos. Demasiado oscuros. No parpadeaban. No pestañeaban. Solo la miraban.

Esa pobre criatura era la prueba más cruel de la maldad en ese lugar. Una herida abierta. Un pecado sin redención.

No vivo. No muerto. Solo suspendido en un estado imposible. Atado con correas. Cabeza, manos, pies, abdomen. Cada parte de su cuerpo sujeta, como si aún pudieran contener lo que ya estaba roto. Un error de la ciencia que se negaba a ser corregido. Que se negaba a ser borrado.

El aliento, ahogado en su propia desesperación. El estómago, revuelto, llenó de asco, ira, e impotencia. Un escalofrío cruel, invadiendo centímetro a centímetro, clavándose en cada fibra. Un horror que ardía. Que dolía. Que la devoraba por dentro.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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