Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 12
Mientras dos almas heridas lloraban en silencio, otras dos sin saber que habían sido descubiertos seguían viéndose y amándose.
En su oficina, Adrián se recostó en la silla giratoria, todavía con el corazón latiéndole con fuerza. Frente a él, su amigo y abogado, Marcos, lo miraba con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—No sabes lo que me pasó, Marcos… —empezó Adrián, con la voz cargada de tensión—. Todo esto… con Laura. Me sentí… traicionado. Humillado.
Marcos frunció el ceño, esperando a que Adrián continuara.
—Fui hasta el bar Rosewood, dudando, buscando una verdad que hace micho ya sospechaba… —dijo Adrián, pasando la mano por su cabello—. Y la vi. Estaba abrazando a otro hombre. No la enfrente solo sali de ese lugar... detuve mi auto en un lugar y ella subio, Itzcelina. También ella había descubierto que su esposo la engañaba… en el mismo bar, en la misma noche.
Adrián hizo una pausa, como si reviviera cada detalle.
—No podía creerlo… ahí estábamos los dos, compartiendo el mismo dolor, enfrentando la misma traición. Fue… extraño. Casi como si el universo hubiera conspirado para que nos encontráramos en ese momento.
Marcos asintió lentamente, guardando silencio, mientras Adrián respiraba hondo y continuaba:
—No fue solo un encuentro casual. Fue… liberador. Por un instante, olvidé todo lo demás. Nos entendíamos sin necesidad de palabras.
Había un brillo en los ojos de Adrián, mezcla de tristeza y algo más, una chispa inesperada que ni él mismo comprendía del todo.
—Y eso… —dijo Marcos con suavidad—, ¿qué significa para ti?
Adrián bajó la mirada, apretando los puños sobre la mesa.
—No lo sé todavía. Solo sé que no quiero sentirme solo en esto. Y con Itzcelina… por primera vez en mucho tiempo, siento que alguien me entiende. Solo necesito tener pruebas para poder actuar.
—Eso déjamelo a mí, obtendremos todas y cada una de las pruebas que necesitamos. —le dijo su amigo y abogado.
Luca llegó a su casa después de un largo día de trabajo, aparentando ser el esposo perfecto, como si nada hubiera pasado. Se quitó el saco y lo dejó sobre el perchero de la entrada, aflojando levemente su corbata mientras inhalaba el aroma de la comida recién servida en la mesa.
Itzcelina lo esperaba con una sonrisa suave, esa que había perfeccionado con el tiempo, una que ocultaba el dolor y la decepción que la carcomían por dentro.
—Llegaste justo a tiempo —dijo con naturalidad, indicándole la mesa—. La cena está servida.
Luca le dedicó una sonrisa encantadora, la misma que usaba cuando quería hacerla sentir especial, pero que ahora solo le causaba repulsión.
—Sabes que adoro llegar y encontrar esto —comentó mientras tomaba asiento—. Siempre tan atenta, cariño.
Itzcelina se sentó frente a él, con los cubiertos en la mano, pero sin intención de comer aún. Lo observó fijamente, estudiando cada uno de sus movimientos, cada mueca en su rostro.
Esperó a que probara el primer bocado antes de soltar su pregunta con el tono más casual posible.
—¿Tuviste mucho trabajo anoche?
Luca levantó la vista, con una expresión momentáneamente rígida, pero se recuperó rápido.
—Sí, fue un día complicado —respondió con soltura—. Cierres de contratos, juntas interminables… ya sabes cómo es esto.
Itzcelina apoyó un codo sobre la mesa y dejó caer su rostro sobre su mano, fingiendo un gesto pensativo.
—Claro, eso explica por qué no llegaste a dormir.
Luca parpadeó. Hubo un breve silencio en el que pareció buscar una excusa creíble.
—Lo siento, amor —dijo al final, con un suspiro forzado—. Tuve que salir de viaje de último minuto. No tuve tiempo de avisarte.
Itzcelina asintió lentamente, como si aceptara su mentira, pero en su interior todo se derrumbaba.
Toda su vida matrimonial había sido una farsa.
Todas esas noches en las que lo esperó preocupada, creyendo en su amor, en su lealtad.
Cada palabra dulce, cada promesa, cada gesto de cariño… todo había sido parte de una ilusión.
Pero ahora lo sabía.
Ahora veía con claridad la verdad que había ignorado por tanto tiempo.
—Entiendo —murmuró con una pequeña sonrisa, la misma que usaba cuando no quería que él notara lo que realmente pensaba—. Debe ser agotador viajar tanto.
Luca sonrió, creyendo que su mentira había pasado desapercibida.
Itzcelina continuó cenando, con la mente en otro lugar.
Esto no quedaría así. pero pronto lo sería. recogió y limpió todo después de cenar, no quería entrar a la habitación y verlo sin reclamar, sin decirle todo lo que pensaba en ese momento. Se armó de valor y al entrar él la espera con una sonrisa, la abrazó tomándola por la cintura y dándole un beso.
Lucas deslizó sus manos por su cintura, atrayéndola hacia él mientras sus labios rozaban su cuello con besos suaves y pausados. Su aliento cálido se mezclaba con el perfume de ella, y su voz ronca susurró contra su piel.
—Eres muy hermosa, mi amor…
Itzcelina cerró los ojos por un instante, dejando que la escena se desarrollara como tantas veces antes. Dejó que sus manos recorrieran su cuerpo, que sus labios buscaran los suyos, que sus caricias pretendieran encender algo en ella. Pero no sintió nada.
No hubo emoción.
No hubo deseo.
Antes, cada roce de Lucas la hacía estremecer, cada beso la llenaba de pasión, cada mirada encendía un fuego en su interior. Pero ahora… ahora todo se sentía vacío.
Su mente la traicionó con imágenes de la noche anterior. Recordó la forma en que sus manos temblaron al ver a su esposo con otra mujer, la forma en que su corazón se rompió al darse cuenta de que todo su matrimonio había sido una mentira.
Su cuerpo ya no reaccionaba de la misma manera.
Se sentía fría, ajena. Como si estuviera atrapada en un papel que ya no quería interpretar.
Lucas, ajeno a su indiferencia, continuó besándola, deslizando sus manos bajo la tela de su ropa.
—Itzcelina… te deseo tanto… —murmuró contra sus labios.
Ella abrió los ojos y lo observó. Su esposo, el hombre al que había amado con todo su ser, ahora le parecía un extraño. Un impostor vestido con la piel del hombre que alguna vez la hizo feliz.
Su corazón latía con fuerza, pero no por deseo… sino por rabia, por decepción, por el dolor de sentirse traicionada.
Apretó los labios en una tenue sonrisa y dejó que él siguiera, fingiendo. Pero aún no era el momento de enfrentarlo.
Pero pronto lo sería.
Itzcelina sintió el peso de la obligación caer sobre sus hombros, como un yugo que ya no quería cargar, pero que aún debía soportar. Su cuerpo estaba ahí, presente bajo las caricias de Lucas, pero su alma estaba lejos, perdida en un mar de pensamientos oscuros.