León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 9
El suelo estaba frío bajo sus rodillas. Frío y duro, como el corazón de León en ese momento. Pero a Mateo no le importaba. Podría haber estado arrodillado sobre cristales, sobre brasas, sobre cuchillos, y no se habría movido.
—Te lo ruego —suplicó, su voz quebrada, sus ojos inundados de lágrimas—. Hazme lo que quieras. Descarga tu furia en mí. Lo merezco. Todo lo que quieras hacerme, lo aceptaré. Pero no me dejes. Por favor, no me dejes.
León se detuvo.
Por un instante, por un solo instante, Mateo vio una grieta en su armadura. Vio el dolor reflejado en sus ojos, vio las ganas de girarse, de correr hacia él, de olvidarlo todo.
Pero entonces León apretó la mandíbula, dio un paso, y luego otro, y otro.
Y se fue.
Sin mirar atrás.
Mateo se quedó allí, de rodillas en medio del pasillo, viendo cómo la persona que amaba se alejaba y se llevaba consigo todos los colores del mundo. Cuando la silueta de León desapareció por la esquina, sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Algo que no sabía si podría volver a soldarse.
No recordaba cuánto tiempo pasó así. Minutos, quizás horas. El mundo siguió girando a su alrededor, estudiantes entraban y salían de las aulas, conversaciones fragmentadas llegaban a sus oídos como ecos lejanos. Pero él seguía allí, inmovil, roto, vacío.
Hasta que unas manos lo sujetaron por los hombros y lo obligaron a levantarse.
—Mateo. Mateo, mírame.
Kim. Su voz era un ancla en medio de la tormenta.
—Te dije que esto pasaría, idiota —le reprochó, pero sus ojos estaban llenos de preocupación y sus brazos lo envolvieron en un abrazo apretado—. Te lo dije, maldito terco.
Mateo se aferró a ella como un náufrago a una tabla. Las lágrimas, que había contenido durante esos minutos eternos, brotaron sin control. Lloró en su hombro con hipidos desgarradores, con ese llanto de quien ha perdido algo irremplazable.
Kim lo sostuvo. No dijo nada más durante un largo rato. Solo lo abrazó, dejando que se desahogara, dejando que el dolor saliera.
Cuando los sollozos comenzaron a calmarse, susurró contra su oído:
—Solo dale tiempo. Él te perdonará.
Mateo negó con la cabeza, aún enterrado en su hombro.
—¿Y si nunca me perdona? —preguntó, su voz apenas un hilo—. ¿Y si esto es para siempre?
Kim lo separó suavemente, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Escúchame bien —dijo con firmeza—. Sí lo hará. Ustedes realmente se aman mucho, y eso se nota. Cualquiera que los vea juntos puede verlo. Tú lo miras como si fuera la única estrella en el cielo, y él te mira como si nunca hubiera visto algo tan valioso. Eso no desaparece por una mentira, por muy grande que sea.
Mateo tragó saliva, intentando creer sus palabras.
—Solo dale tiempo —repitió Kim—. Él tiene derecho a sentirse traicionado, a estar furioso, a procesarlo a su manera. Pero pasará. Y cuando pase, serán muy felices. Te lo prometo.
Lo tomó del brazo y comenzó a caminar con él hacia la salida.
—Vamos. Te llevo a casa.
---
Mientras tanto, en las calles vacías de la ciudad, León caminaba sin rumbo. Sus piernas se movían solas, llevándolo quién sabe dónde, mientras su mente era un torbellino de imágenes, palabras, sensaciones.
Te amo desde la primera vez que te vi.
Eres mi Omega destinado.
No me dejes, por favor.
—¡Maldito! —gritó de repente, golpeando la pared de un edificio con el puño.
El dolor físico fue un alivio momentáneo, una distracción del dolor que realmente importaba.
—¡MALDITO SEA TODO!
Otro golpe. Y otro. La piel de sus nudillos se desgarró, la sangre comenzó a brotar, pero él no sentía nada.
—¡León! ¡Basta!
Caín apareció de la nada, sujetando su brazo antes de que pudiera golpear de nuevo. Lo había seguido desde la universidad, preocupado, sabiendo que esto pasaría.
—¡Basta, te vas a lastimar!
—¡Ya estoy lastimado! —gritó León, forcejeando—. ¡Me siento un imbécil, Caín! ¿Cómo es posible que un Alfa me haya engañado así? Debí darme cuenta. Debí saberlo. ¡Soy un idiota!
Caín no dijo nada. En lugar de eso, tiró de él y lo abrazó.
León se quedó rígido por un momento. Luego, como un castillo de naipes que finalmente se derrumba, su cuerpo se relajó y se dejó caer contra su amigo. Los sollozos comenzaron de nuevo, pero esta vez eran diferentes. No era la furia de antes. Era el dolor puro, desnudo, sin filtros.
Por primera vez en su vida, realmente había confiado en alguien. Por primera vez, había bajado la guardia, había dejado que alguien viera sus grietas, sus heridas, su vulnerabilidad. Y ese alguien le había mentido.
Se había enamorado perdidamente de Mateo. Se había torturado pensando que lo que sentían era prohibido por ser dos Omegas. Había luchado contra sus propios demonios, contra años de condicionamiento, contra el miedo, para aceptar ese amor. Y todo había sido una farsa.
Pero lo peor, lo más desgarrador, era que a pesar de todo, a pesar de la mentira, a pesar de la humillación, a pesar de la furia... todavía lo amaba.
Y eso dolía más que cualquier cosa.
Cuando Caín finalmente lo soltó, León se dejó caer al suelo, apoyado contra la pared. Sus manos temblaban. Una de ellas, casi por instinto, tocó el brazalete de fresas que aún llevaba en la muñeca.
Lo miró. La pequeña fresa de plata brillaba bajo la luz mortecina de la tarde.
Las fresas y la primavera me hacen pensar mucho en ti.
Con un movimiento brusco, agarró el brazalete para arrancarlo de su muñeca y arrojarlo lo más lejos posible.
Pero no pudo.
Sus dedos se cerraron sobre él, apretándolo con fuerza, y las lágrimas volvieron a brotar.
No podía. Simplemente no podía.
---
Al día siguiente, León no fue a la universidad.
Mateo lo supo en cuanto llegó. Buscó su silueta entre la multitud, esperó en la puerta, rondó por los pasillos donde solían encontrarse. Nada. León no estaba.
La culpa lo golpeó con fuerza. León estaba perdiendo clases por su culpa. León, que siempre decía que el estudio era su única salida, que necesitaba las becas para sobrevivir, que no podía permitirse faltar. Todo por su culpa.
Sin pensarlo dos veces, fue al salón de clases de León. Habló con una compañera, una Omega amable que conocía de vista, y le pidió los apuntes del día. Luego buscó a los profesores, consiguió las tareas, las fechas de exámenes, todo lo que León necesitaba para no quedarse atrás.
Después de clases, caminó hasta el edificio de León. El barrio se veía diferente a la luz del día, pero igual de pobre, igual de abandonado. Subió las escaleras con el corazón en un puño y se detuvo frente a la puerta.
Por un momento, pensó en llamar. En suplicar de nuevo. En arrodillarse otra vez.
Pero no. Había prometido que no lo molestaría. Que respetaría su espacio.
Se agachó y deslizó el sobre con las notas por debajo de la puerta.
—Está bien si estás enojado conmigo —dijo, su voz apenas un susurro—. Pero no faltes a clases. Es importante que asistas. Juro que no voy a molestarte.
Esperó un momento, pegado a la puerta, intentando escuchar algún sonido del otro lado. Silencio.
Suspiró, se levantó, y se fue.
---
Dentro del apartamento, León estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada contra la pared, las rodillas pegadas al pecho. Había oído cada palabra. Había sentido el corazón latiéndole con fuerza mientras la voz de Mateo atravesaba la madera.
Cuando los pasos se alejaron, se levantó y abrió la puerta. El sobre estaba ahí, en el suelo. Lo recogió con manos temblorosas y volvió a entrar.
Dentro encontró los apuntes, las tareas, las fechas de examen. Todo ordenado, todo completo. Hasta había una pequeña nota de la compañera deseándole suerte.
Lo apretó contra su pecho y cerró los ojos.
¿Por qué tenía que ser así? pensó, el dolor quemándole el pecho. ¿Por qué tiene que cuidarme? ¿Por qué tiene que preocuparse?
Cada gesto de Mateo, cada detalle, cada muestra de cariño, hacía más difícil alejarse de él. Hacía más difícil dejar de amarlo.
Pero entonces recordó. Recordó todas las promesas que se había hecho a sí mismo.
Jamás seré el Omega de un Alfa.
No era solo una frase. Era un juramento sagrado, forjado en años de dolor, de abuso, de noches enteras llorando en silencio. Ser el Omega de un Alfa significaba perderlo todo. La libertad, la dignidad, la voz. Significaba convertirse en un animal domesticado que solo sabe recibir órdenes. Significaba revivir su infancia cada maldito día.
Y aunque Mateo fuera diferente, aunque lo tratara bien, aunque lo amara... seguía siendo un Alfa. Y los Alfas, todos los Alfas, terminaban mostrando su verdadera naturaleza tarde o temprano.
León apretó los puños, y en ellos, sin querer, apretó también el sobre con las notas.
—¡Te voy a olvidar! —gritó en la soledad de su apartamento, su voz resonando contra las paredes vacías—. ¡Haga lo que haga, juro que te voy a arrancar de mi vida y de mi corazón!
Pero mientras lo decía, su mano libre acariciaba el brazalete de fresas en su muñeca.
Y las lágrimas volvían a caer.
---
Pasaron dos días.
León regresó a la universidad con una armadura nueva, más gruesa que nunca. Su rostro era una máscara impasible, sus ojos no miraban a nadie, su boca no esbozaba ni una sola sonrisa.
Pasó junto a Mateo en el pasillo como si fuera invisible. Se sentó en clase sin girarse hacia donde sabía que estaba él. Almorzó con Caín y otros Omegas, riendo de cosas sin importancia, actuando como si nada hubiera pasado.
Por fuera, parecía despreocupado. Distante. Superado.
Por dentro, un huracán de emociones lo devastaba.
Mateo lo observaba desde lejos, con el corazón hecho trizas. Veía su sonrisa falsa, su indiferencia actuada, y sabía que era culpa suya.
—Se ve que está bien —murmuró, y aunque las palabras eran
espero el siguiente capítulo