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Mi Amor Verdadero

Mi Amor Verdadero

Status: En proceso
Genre:Amor eterno
Popularitas:844
Nilai: 5
nombre de autor: Estefany Zárraga

A sus 23 años, Alejandro Rodríguez es la personificación del poder sin límites. Frío, implacable y dotado de una mente calculadora que convierte la ambición en destino, no hay negocio ni objetivo personal que se le resista. Él lo tiene todo, excepto lo único que el dinero no puede comprar: el sentimiento. desde la muerte de su hermano por culpa de una mujer lo ha convencido de que el amor es debilidad, condenándolo a vivir en una opulenta soledad, un rey en un trono sin corazón.
Con 21 años, Azul Estrella Luna García ha vivido toda su vida con doloroso pasado el maltrato que vivió con su madre y el abandono de su padre y abandonada en una un orfanato a los cuatro años a forzado su vida con impulso graduándose de diseño gráfico y administración de empresas
¿Podrá Alejandro derribar su muro del cinismo y volver a creer en el amor Azul dejara sus miedos para darle una oportunidad a la felicidad

NovelToon tiene autorización de Estefany Zárraga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: El Deshielo bajo la Tormenta

La lluvia de marzo en la ciudad no era una caricia; era un castigo de agua fría que golpeaba el pavimento con una furia metálica. Azul corría sin rumbo, con los tacones lastimándole los pies y el vestido de seda pegado a su cuerpo como una segunda piel de arrepentimiento. Las luces de los autos pasaban a su lado como ráfagas borrosas, pero ella solo podía ver esos ojos azules de sus hermanos y el rostro destrozado de su padre.

—¡Mentirosos! ¡Todos son unos mentirosos! —gritó al viento, pero su voz se perdió en el trueno.

El rastro de la seda

Alejandro salió de la gala ignorando los llamados de sus socios y los flashes de los paparazzi que intentaban captar el escándalo. No pidió su limusina. Simplemente corrió. Su mente calculadora, esa que siempre predecía el siguiente movimiento del mercado, estaba apagada. Solo funcionaba su instinto, aquel que Alexander intentó despertar años atrás.

La encontró a tres cuadras del hotel, colapsada contra el muro de un callejón oscuro, abrazándose a sus propias rodillas. Los ojos verdes de Azul, esos que ella llamaba su "maldición", estaban inyectados en sangre por el llanto y la lluvia.

—¡Vete! —le gritó ella al verlo acercarse—. ¡Vete a tu trono de cristal, Alejandro! No quiero que me veas así. No quiero tu lástima.

El derrumbe del Rey

Alejandro se detuvo a un metro de ella. El agua empapaba su esmoquin de miles de dólares, arruinando la imagen de perfección que tanto le había costado construir. Pero no le importó. Ver a Azul así era como ver su propio reflejo el día que enterró a su hermano: un ser humano vacío, convencido de que el universo lo había olvidado.

—No es lástima, Azul —dijo él, y su voz no fue un látigo, sino un susurro que compitió con la lluvia—. Es reconocimiento.

Él se arrodilló en el asfalto mojado, sin importarle las manchas ni el frío. Dejó de lado su orgullo, ese muro de cinismo que lo convencía de que el amor era debilidad, y simplemente extendió sus brazos.

Azul intentó golpearlo en el pecho, una, dos veces, con puños débiles que solo buscaban descargar el odio de diecisiete años.

—Me dejó sola... me dejó con ella... —sollozó ella, perdiendo las fuerzas—. Mis ojos son verdes, Alejandro... no pertenezco a ninguna parte.

—A mí me pertenecen —respondió él, y con un movimiento firme y desesperado, la atrajo hacia su pecho.

El primer abrazo real

Azul se quedó rígida un segundo, pero el calor que emanaba del cuerpo de Alejandro fue más fuerte que su resistencia. Se derrumbó. Enterró su rostro en el hombro empapado del magnate y soltó un alarido de dolor que parecía arrancar las raíces de su pasado.

Alejandro la estrechó con una fuerza protectora que nunca supo que poseía. No hubo palabras de consuelo baratas, ni promesas de que todo estaría bien. Solo hubo presencia. Por primera vez en diez años, Alejandro no estaba pensando en su hermano muerto ni en sus empresas; estaba sintiendo los latidos desbocados de la mujer que le estaba enseñando que el mármol también puede sangrar.

—Llora, Estrellita —susurró él, usando el apodo que ella tanto odiaba y amaba a la vez—. Llora hasta que no quede nada de ese veneno. Yo te sostengo. No te voy a soltar.

Bajo la tormenta, el "rey sin corazón" y la "hija olvidada" se convirtieron en uno solo. Alejandro se dio cuenta de que Azul no era una debilidad, era su espejo. Y Azul, en el refugio de esos brazos que antes le daban miedo, entendió que quizás la felicidad no era perdonar el pasado, sino encontrar a alguien que estuviera dispuesto a mojarse bajo la lluvia contigo mientras el mundo se cae a pedazos.

Alejandro la estrechaba contra su pecho, sintiendo cómo los sollozos de Azul hacían vibrar su propia armadura. El agua fría les calaba los huesos, pero el calor que emanaba de su cercanía era lo único real en un mundo que acababa de desmoronarse.

Azul levantó la mirada, con el rostro empapado y los ojos verdes brillando con una intensidad eléctrica, buscando en las pupilas de Alejandro una respuesta al vacío que la devoraba.

—¿Por qué me sostienes, Alejandro? —susurró ella, con la voz rota—. Soy una mujer llena de odio... no tengo nada que ofrecerte más que mis ruinas.

Alejandro no respondió con palabras. Su mano, grande y firme, subió por el cuello de Azul hasta acunar su nuca, hundiendo sus dedos en el cabello mojado. Se inclinó lentamente, eliminando la distancia que su cinismo había construido durante años.

Cuando sus labios finalmente se encontraron, el mundo alrededor desapareció.

Fue un beso amargo, cargado del dolor de un hermano muerto y de una infancia robada. Sabía a lluvia, a lágrimas saladas y a la desesperación de dos almas que habían olvidado cómo se sentía el contacto humano sin intereses de por medio. Era el choque de dos témpanos de hielo que, al tocarse, empezaban a derretirse.

Pero, a medida que el beso se profundizaba, el dolor dio paso a un amor sincero y verdadero. Alejandro la besó con una urgencia protectora, como si a través de ese contacto pudiera transferirle toda su fuerza, jurándole en silencio que ella nunca más tendría que luchar sola. Azul se aferró a las solapas de su esmoquin, respondiendo con una entrega que la asustó; era el beso de alguien que finalmente ha encontrado tierra firme tras un naufragio de diecisiete años.

En ese callejón oscuro, rodeados de basura y lujo arruinado, el "Rey sin corazón" entregó su corona y la "Hija olvidada" encontró su verdadero refugio. No fue un beso de película, fue un beso de supervivencia. Un pacto sellado bajo el diluvio: dos personas rotas que, al unirse, empezaban a formar algo entero.

Alejandro se separó apenas unos milímetros, pegando su frente a la de ella, respirando el mismo aire agitado.

—No me importa tu pasado, Azul —susurró él contra sus labios—. A partir de hoy, tu única realidad soy yo. Y no voy a dejar que nadie, ni tu padre ni tus miedos, vuelvan a apagar tu luz.

Azul cerró los ojos, dejando que una última lágrima rodara por su mejilla, pero esta vez no era de tristeza. Por primera vez en su vida, el verde de sus ojos no se sentía como una maldición, sino como el color de la esperanza que Alejandro acababa de rescatar del fondo del abismo.

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𝐄𝐜𝐥𝐢𝐩𝐬𝐞 𝐋𝐮𝐧𝐚𝐫
que les parece la novela les gusta poco a poco voy a ir subiendo los capítulos
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