Eleonor Baxter aprendió desde pequeña a ser perfecta.
Amable, inteligente y elegante, creció entre apellidos influyentes y cenas compartidas con familias amigas. Desde adolescente, Alex King fue parte de su vida… y también de sus sueños. Mucho antes del matrimonio, Eleonor ya lo amaba en silencio.
A los veintisiete años dirige SweetBaby, la empresa cosmética heredada de su familia, y sostiene un matrimonio que nunca se construyó sobre las promesas que ella imaginó. Casada desde hace tres años con Alex —uno de los cirujanos cardíacos más prestigiosos del país y dueño de una red de hospitales—, Eleonor aprendió que conocer a alguien desde siempre no garantiza ser elegida.
Durante años intentó ser paciente, comprensiva, invisible. Alex, marcado por la vergüenza de un matrimonio arreglado y consumido por el trabajo, dejó que la distancia creciera hasta volverse insoportable.
Cansada de sentirse desplazada, Eleonor toma una decisión que lo cambia todo.
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Capitulo 21
Habían pasado algunos días.
El hospital funcionaba como siempre.
Pacientes entrando. Médicos cruzando pasillos. El sonido constante de monitores y pasos apresurados.
Pero Alex no era el mismo.
Estaba más callado.
Más irritable.
Más ausente.
Cumplía con cada cirugía con precisión impecable, pero ya no se quedaba después a conversar con los residentes. No hacía bromas. No discutía diagnósticos con entusiasmo.
Terminaba… y se iba.
O se quedaba solo en su oficina, con la puerta cerrada.
Dormía poco.
Comía menos.
Y cuando alguien pronunciaba el nombre “Eleonor” en algún pasillo administrativo… su mandíbula se tensaba apenas, pero no decía nada.
Todos lo habían notado.
Alex trabajaba el doble.
Pero parecía apagado.
Como si la firma no hubiera sido un cierre… sino una amputación.
Todos los días pensaba en cómo había sido con ella.
En cada vez que la dejó esperando.
En cada vez que eligió otra cosa.
Se quedaba mirando su teléfono durante horas.
Escribía mensajes.
Y los borraba.
—Eleonor, empecemos de nuevo.
Borrar.
—Ele’… yo te quiero.
Borrar.
—Por favor, hablemos. Vuelve. Peleemos por estos años.
Borrar.
Como esos mensajes, había escrito muchos.
Ninguno enviado.
Porque ahora entendía algo que antes no:
amar no siempre alcanza cuando ya se agotó el alma del otro.
En otro edificio, en el piso alto de la agencia, Mark se reunió en su oficina con Jonny.
—Ey, muchacho, tengo algo grande —anunció, dejando una carpeta gruesa sobre el escritorio.
Jonny levantó la vista.
—Si es ropa deportiva, paso.
—No lo es.
Mark abrió el dossier y lo giró hacia él.
—Empresa de cosmética. Nueva línea premium. Lanzamiento internacional. Imagen masculina, sofisticada, con presencia.
Jonny hojeó las primeras páginas.
—Presupuesto alto… Es una campaña muy grande.
—Exclusividad por un año. Rostro principal.
Jonny levantó una ceja.
—¿Nombre?
Mark dio vuelta la última página.
Un logo delicado.
Tipografía elegante.
SweetBaby.
Jonny frunció el ceño levemente.
—¿Cosmética con ese nombre?
—Es más que eso —explicó Mark—. Línea completa de cuidado personal. Marca en expansión. La CEO está apostando fuerte a este lanzamiento. Por lo que me dijeron algunos empleados… es su proyecto más importante.
Jonny volvió a mirar el nombre.
SweetBaby.
No sabía por qué… pero algo en ese nombre sonaba suave. Íntimo.
—En dos días tenemos la entrevista para firmar el contrato —agregó Mark.
Silencio.
Jonny cerró la carpeta lentamente.
—Entonces veamos si valen lo que pagan.
En su oficina, Eleonor revisaba personalmente cada detalle del proyecto.
SweetBaby no era solo una empresa.
Su padre le había dejado una pequeña compañía familiar… y ella la había convertido en un emporio de la cosmética.
Había trabajado años para eso.
Años.
—En dos días vendrá la agencia con el modelo que sería la cara del proyecto —informó Aron, entrando con una tablet en la mano.
—Los de marketing hicieron un estudio muy interesante —continuó—. Había varios modelos, pero finalmente se decidieron por… Jonathan Reilly.
Eleonor levantó apenas la mirada.
El nombre no le dijo nada.
Todavía.
—¿Estará presente el día de la firma del contrato, señora? —preguntó Aron.
—Sí —respondió ella sin dudar—. Y que llamen al fotógrafo. Quiero ver cómo lucirá la campaña con él.
Aron asintió.
—No conozco al modelo. Puedo traerle información.
Eleonor negó suavemente.
—No te preocupes. En dos días lo veremos.
Mientras hablaba, su mano descansó inconscientemente sobre su vientre.
Un gesto leve.
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En la tarde, Alex seguía en el hospital aunque su turno había terminado hacía horas.
La oficina estaba en penumbra.
No había pacientes.
No había residentes.
Solo él.
Tenía el teléfono en la mano otra vez.
Abrió la conversación con Eleonor.
La última vez que se habían escrito era semanas atrás.
Escribió:
—¿Estás bien?
Lo leyó.
Lo borró.
Escribió:
—No puedo dejar de pensar en ti.
Borrar.
Cerró los ojos y apoyó la frente contra el respaldo de la silla.
No era solo que la extrañara.
Era que el silencio ahora le devolvía todo lo que no quiso escuchar cuando aún estaban juntos.
Recordaba su mirada en la oficina.
El “me perdí por amarte”.
Esa frase lo perseguía.
Se levantó y fue hasta el ventanal del hospital.
La ciudad seguía viva.
Su vida no.
Por primera vez en años, no sabía qué hacer.
No sabía cómo arreglarlo.
No sabía si todavía tenía derecho a intentarlo.
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Esa noche, Alex estaba en su casa.
La televisión encendida sin volumen.
Una copa de whisky intacta sobre la mesa.
El departamento estaba demasiado ordenado.
Demasiado silencioso.
Cuando sonó el timbre, frunció el ceño.
No esperaba a nadie.
Abrió la puerta.
—Mamá.
Ella lo miró con esa expresión que mezclaba cariño y preocupación.
—No me llamaste en toda la semana —dijo entrando sin esperar invitación.
Se sentaron en el living.
Hablaron de cosas simples al principio. El hospital. El clima. Cualquier cosa que evitara lo evidente.
Hasta que ella se levantó para ir a la cocina por agua.
Y lo vio.
Un sobre sobre la barra.
Con el membrete del estudio jurídico.
No quiso mirar.
Pero el nombre estaba ahí.
Eleonor.
Y la palabra “acuerdo”.
Su corazón dio un pequeño vuelco.
Cuando volvió al living, ya no tenía la misma expresión.
—¿Desde cuándo?
Alex supo que lo había visto.
No fingió.
No preguntó “qué cosa”.
Solo bajó la mirada.
—Desde hace unos días.
Ella se sentó frente a él, sostenía el sobre abierto sobre la mesa.
—¿Firmaste? —preguntó, sin rodeos.
—Sí.
Él lo dijo sin dramatismo. Como si estuviera hablando de cualquier trámite.
Ella lo observó con atención.
—¿Estás triste?
Alex dudó.
—Estoy… incómodo. Supongo que era lo correcto. Ella dijo que se había perdido. Que ya no era feliz.
—¿Y tú qué sentiste cuando te dijo eso?
Se encogió de hombros.
—Que exageraba. Que estaba cansada. Que necesitaba espacio.
Su madre lo miró más fijo.
—¿La amas?
Él frunció el ceño, como si la pregunta fuera demasiado grande.
—No lo sé.
Silencio.
—¿Cómo que no lo sabes? —preguntó ella, sorprendida.
Alex suspiró.
—Estábamos bien. Teníamos una vida estable. Yo trabajaba. Ella tenía su empresa. No peleábamos tanto… Era lógico que estuviéramos juntos.
La madre apoyó lentamente el sobre sobre la mesa.
—Eso no es amor. Eso es costumbre.
La palabra quedó suspendida.
Alex levantó la vista.
—¿Y cuál es la diferencia?
Ella se inclinó hacia él.
—Cuando amas, te importa si la otra persona se está apagando. Te duele verla perderse. No lo minimizas.
Él guardó silencio.
—Cuando amas —continuó ella—, no firmas un divorcio como si fuera un contrato más.
Eso le molestó.
—No fue tan simple.
—Entonces dime, hijo —su voz se volvió más suave pero más firme—. Si mañana ella aparece con otro hombre… ¿te sería indiferente?
Alex abrió la boca para responder.
Y no pudo.
Algo en el pecho se le tensó, de solo la idea, sentia un calor que le subia a por todo el cuerpo.
Algo incómodo.
Una imagen que no le gustó.
Su madre lo vio.
—Eso que sientes ahora —dijo en voz baja—, eso es amor. Solo que llegaste tarde a reconocerlo.
El silencio ya no era neutral.
Era revelación.
Alex miró el sobre otra vez.
Por primera vez no lo vio como un papel.
Lo vio como una decisión irreversible.
—No sabía… —murmuró.
Y era verdad.
No sabía que la amaba hasta que empezó a imaginar su vida sin ella.
Su madre suspiró.
—Ella ya no era feliz- dijo Alex.
—¿Y tú sí?
Silencio.
—No se trata de mí.
—Siempre se trató de ti —respondió ella, más dura—. De tu trabajo. De tus horarios. De tu orgullo.
Eso lo hizo tensarse.
—No fue orgullo.
—Fue comodidad, entonces. Te acostumbraste a que estuviera ahí. A que te esperara. A que entendiera tus ausencias.
Alex se puso de pie.
—ella lo sientio como una traicion. dijo sumadre.
—No la traicioné yo —dijo ella, levantándose también—. La traicionaste tú el día que dejó de sentirse vista y no te importó.
La palabra cayó como un golpe.
—Sí me importaba.
—¿Entonces por qué no hiciste nada?
No hubo respuesta.
—Esa mujer —continuó su madre, con la voz más firme— te admiraba. Te defendía. Siempre encontraba una excusa para tus ausencias. ¿Y sabes qué hiciste tú? Le hiciste creer que pedir amor era exagerar.
Alex apretó los puños.
—No fue así.
—Fue exactamente así.
Silencio.
Tenso.
—Perdiste a una gran mujer —dijo ella sin suavizarlo esta vez—. Y no porque no la amaras… sino porque fuiste demasiado soberbio para demostrarlo.
si realmente la quieres y amas
ahora veremos si en verdad exiten las segundas oportunidades.
claro todo depende de nuestra autora
no eres infiel y eso le suma puntos pero tú absoluto desinterés en la relación la falta especial de amor dan ganas de matarte por otro lado Jony podría ser un nuevo amor la nueva oportunidad que le guste a ele
Mi pregunta es aceptarás que ella se hizo una inceminacion y que va a ser madre sin ti?