En un mundo donde las familias toman formas diversas, León se enfrenta a los desafíos y recompensas de crecer en un hogar que rompe con las normas tradicionales.
Mientras navega la relación con su novia Clara, León descubre que no solo está construyendo su propia identidad, sino también reconciliando las influencias de un padre bisexual, un padrastro con quien compartió momentos cruciales, y una madre que ha sido un pilar de fortaleza.
León sentirá el peso de pertenecer a una familia diferente, haciendo suya sin querer la lucha de su padre, una abuela que constantemente lo compara con él. En esta obra surge la siguiente pregunta, ¿quienes somos? ¿Somos los que los demás creen? ¿qué tanto influye el entorno en mi propia identidad?
El corazón de la obra no es el amor, sino la búsqueda de identidad en un mundo que no deja ser y sus consecuencias.
NovelToon tiene autorización de Joél Caceres para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un día de playa con Clara
León llegó a la casa de Clara con el corazón latiendo fuerte, más por la emoción que por los nervios. Tocó el timbre y fue recibido por Florencia, quien le sonrió con una calidez inusual, casi desbordante. A León le pareció un poco exagerado, pero mantuvo la compostura; no quería arruinar el momento.
Lo peor, es que León sabía porqué era, lo veía como una especie de Salvador de su hija, de las garras del lesbianismo. Odiaba profundamente eso, pero por la paz decidió ignorar ese hecho.
—¡Hola, León! Qué gusto verte. Clara ya está casi lista. ¡Pasa, pasa! —dijo Florencia mientras abría la puerta con entusiasmo.
Poco después, Clara apareció en el umbral del pasillo. Llevaba una remera negra holgada que le daba un aire relajado, unos jeans ajustados que realzaban su figura y zapatillas cómodas. Su cabello negro caía libremente sobre sus hombros, y su maquillaje era tan sutil que parecía estar al natural. Cuando lo vio, sonrió con esa ternura que siempre desarmaba a León.
—¿A dónde vamos? —preguntó Clara, acomodándose el cabello detrás de la oreja.
—Al río, en la costanera. Quiero caminar por la playa contigo, ver a unos gansos gruñones y comprar algo bonito. —respondió León con una sonrisa.
Momentos después
El aire fresco del río acariciaba sus rostros mientras caminaban hacia la playa. León, sintiéndose liberado, se quitó los zapatos y se hundió en la arena.
Se sentía bien, probablemente solo era cansancio esa melancolía que sintió días atrás, nada más.
—¿Ves? Es bueno liberarse de la opresión del calzado —dijo con una risa contagiosa mientras invitaba a Clara a hacer lo mismo.
—¡Qué personaje sos, León! —contestó ella, riendo mientras dejaba sus zapatillas a un lado y sentía la textura de la arena bajo sus pies descalzos.
Se detuvieron frente a un puesto improvisado lleno de bijouterie y pequeños recuerdos. León vio un capibara tomando mate, con la inscripción te amo y no lo pensó dos veces.
—Este es mi primer obsequio para ti —dijo con la voz un poco temblorosa, conteniendo las lágrimas.
Clara, emocionada, se lanzó a sus brazos y lo abrazó con fuerza.
—Eres muy tierno, León. Perdón por no haberte dado nada antes. Ya sabes, tanto estrés con la facultad, los problemas familiares...
—No te preocupes —dijo él, mostrando una sonrisa sincera—. Sé por lo que has pasado.
Clara le tomó la mano, sus dedos entrelazándose con los de él de forma natural. Caminaron hacia una zona más tranquila de la playa, donde solo había arena y el sonido rítmico del agua. Se turnaban para empujar la arena con los pies descalzos, jugando como niños pequeños.
Pasaron las horas en un abrir y cerrar de ojos
Y mientras el sol comenzaba a descender, bañando la playa con tonos cálidos, León la miró de reojo y, rompiendo el silencio, preguntó:
—¿Cómo te fijaste en mí?
Clara sonrió, mirando el horizonte como si estuviera reviviendo ese momento.
—¿Cómo te conté? Tenía una mejor amiga que a mamá no le gustaba, así que me cambiaron de colegio. Estaba super nerviosa, no conocía a nadie. Mi estómago ardía de los nervios, y ni siquiera entendía cómo numeraban las aulas aquí. Hasta que encontré nuestra aula. Abrí la puerta y ahí estabas tú, con esa campera de cuero, mirando por los ventanales de vidrio hacia el infinito. El sol te daba en la cara, y tu pelo rubio brillaba. Ya sabes, tenías ese aspecto de chico rudo, de no me importa lo que pienses de mi.
León rio al recordar ese momento.
—Cuando entraste, lo primero que pensé fue: “qué lindo pelo negro tiene”. —dijo en tono travieso.
Clara lo miró con fingido enfado.
—¡Vamos! Yo te hice una poesía y lo único que puedes decir es eso.
Ambos rieron. León se rascó la nuca, ligeramente avergonzado.
—Es que los hombres no somos muy expresivos. Pero algo que me atrapó de ti fue el dibujo que estabas haciendo de Dimitrescu en tu cuaderno. Ahí sentí el flechazo.
Clara se ruborizó, recordando ese momento.
—Es difícil encontrar a alguien que aprecie el arte, para muchos es una tontería, una perdida de tiempo. Algunos ni siquiera quieren aceptar que se aman y pierden años de su vida.
—Sí, mi papá, por ejemplo, estuvo enamorado de su mejor amigo y ni él lo sabía —dijo León con naturalidad, mirando sus pies descalzos en la arena.
Clara lo miró sorprendida. Esa honestidad de León siempre la desarmaba.
—¿En serio? Eso explica muchas cosas… —dijo con una sonrisa suave, apretando su mano.
— No funcionó, pero por lo menos lo intentaron, pero ya sabes, tal vez, al ser mejores amigos de la infancia, se idealizaron y no vieron que en la realidad no funcionarían.
Se quedaron en silencio un momento, viendo cómo el sol desaparecía en el horizonte. A pesar de las adversidades, en ese instante ambos sentían que nada podía salir mal. Estaban juntos, y eso era lo único que importaba.
El día avanzaba suavemente, y cuando el sol finalmente se ocultó en el horizonte, la noche comenzó a envolver la playa en un manto cálido. La brisa marina jugaba con sus cabellos, mientras León y Clara caminaban hacia la casa de ella, en un silencio cómodo, solo interrumpido por las olas que llegaban a la orilla.
León miraba al frente, pero sus pensamientos se dispersaban entre las palabras no dichas, los sentimientos que, poco a poco, comenzaban a aflorar. El día había sido perfecto, pero algo dentro de él le decía que había algo más que necesitaba compartir. Algo que solo Clara, con su calma y comprensión, podría entender.
—Clara... —dijo finalmente, con voz suave, rompiendo el silencio que los envolvía.
Clara, que había estado mirando la luna reflejada en el agua, giró hacia él. Sus ojos brillaban con esa curiosidad que León tanto apreciaba.
—¿Qué pasa, León? —preguntó, dándole la atención que siempre le brindaba.
León se detuvo un momento antes de continuar, dudando por un segundo si debía abrirse de esa forma. Pero la cercanía con Clara, esa complicidad que sentía, le dio la fuerza para seguir.
—A veces siento que no soy suficiente para mi familia... —dijo, bajando la mirada, las palabras pesando sobre él como una carga antigua. —Mi papá siempre ha estado tan enfocado en su trabajo, y mi madre... bueno, ella ha hecho todo por mí, pero siento que nunca le he dado algo que la haga sentir que ha valido la pena. Siempre siento que estoy defraudándolos.
Clara, al escuchar esas palabras, se detuvo y lo miró fijamente. Le tomó la mano con suavidad y la apretó, dándole un consuelo que solo ella sabía dar.
—León, lo que hiciste hoy... lo que estás haciendo, eso es lo que importa. Estás luchando por lo que quieres, por tu futuro. Eso es lo que más valoran ellos, aunque no lo digan. No tienes que ser perfecto, solo ser tú mismo.
León levantó la cabeza y la miró a los ojos. Clara era su refugio, su calma. Ella le hablaba con esa sinceridad que hacía que sus temores parecieran menos grandes.
—Gracias, Clara —dijo, su voz entrecortada por la emoción. —Eres la única que me hace sentir que realmente puedo ser yo. Que puedo avanzar sin miedo.
Clara sonrió suavemente y lo abrazó, sus brazos rodeando su torso con una ternura que le dio fuerzas a León. Sin decir nada más, continuaron caminando hacia su casa, sabiendo que sus corazones compartían un mismo latido, que sus sentimientos se habían entrelazado con la misma intensidad.
Cuando llegaron a la casa de Clara, ella le agradeció por haberla acompañado en ese día tan especial. El aire fresco de la noche y la suavidad del ambiente le daban una sensación de tranquilidad que Clara había empezado a asociar con León. El momento estaba por terminar, pero antes de entrar a su casa, León se detuvo y la miró por última vez esa noche.
—Te amo —dijo con una sonrisa sincera, su voz suave y llena de sentimiento.
Clara lo miró, su rostro iluminado por la luz tenue de la calle. Su expresión se suavizó y, antes de entrar en su casa, le devolvió la sonrisa.
—Yo también, León —respondió con la misma calidez en su tono, su mirada reflejando el amor que ya sentía por él.
León, al entrar en su casa, se sintió como si tocara el cielo. Nunca antes había experimentado una sensación así. entía que podía tocar el cielo. Era su primer amor y lo estaba viviendo con intensidad.
Esa noche, antes de dormir, León escribió un mensaje en su celular, mirando la pantalla con una sonrisa tranquila. "Te amo, Clara. Gracias por estar conmigo". Con ese pensamiento en mente, cerró los ojos, sintiendo que finalmente todo estaba en su lugar.