Cataleya Dunner es una joven que ha aprendido a ocultar las cicatrices de un pasado que la marcó profundamente. Decidida a no volver a amar, ha construido muros alrededor de su corazón para protegerse del dolor.
Sin embargo, la llegada de alguien que no esperaba amenaza con derribar esas barreras.
Él representa todo lo que Cataleya no busca, pero también todo lo que necesita para volver a sentirse viva. A medida que sus caminos se entrelazan, Cataleya se enfrenta a la difícil decisión de abrir su corazón nuevamente o mantenerse en la seguridad de su mundo cerrado. ¿Podrá el amor sanar las heridas más profundas o el pasado doloroso será un obstáculo insuperable?
NovelToon tiene autorización de Genesis Argentina Martínez Ramírez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sombras del Ayer, Deseos del Presente
Deaclan Müller
Es pasada la medianoche y aún no puedo pegar un ojo. Me debato internamente entre mandar o no el mensaje que tengo en la bandeja de borradores desde hace rato.
Nunca he sido un hombre que se encandile con una mujer, mucho menos al punto de no poder dormir. Pero no sé qué diablos tiene esa mujer.
Su figura está grabada en mi retina, y su maldito cabello largo cayendo por su espalda... me tiene babeando, y no lo voy a negar, al menos no aquí.
Me levanto de la cama y camino hasta el ventanal. Si me preguntan cómo conseguí su número, la verdad es que fue... en modo chantaje.
Después del incidente con Adriam Müller, en el piso de Zev, nos centramos en terminar las cuentas de los bares y hacer un par de llamadas con la constructora encargada del nuevo antro que estoy montando.
Estábamos tomándonos un descanso, cerveza en mano, cuando veo a ese capullo de mi mejor amigo sonriéndole a la pantalla de su móvil.
¿Pueden creerlo?
¡Sonriéndole a una jodida pantalla!
Aunque siendo sincero, no sé por qué me sorprendo. A diferencia de mí, él siempre ha sido de los que se enamoran en serio. Aunque llevaba tiempo soltero, no le conocía a nadie desde su última relación, que, honestamente, acabó de forma bastante caótica.
En un impulso, le quité el móvil y comenzó una persecución por todo el departamento como si fuéramos críos.
Lo escuchaba maldecir mientras yo no podía dejar de reír. Lo que me sorprendió fue que estaba texteando con la amiga de la pelinegra que me tiene como un idiota.
Aunque claro, eso es algo que jamás admitiré en voz alta.
Y además... aún tengo un pequeño "asunto" pendiente con respecto a eso.
Un maldito asunto con curvas, pero sin gracia, del que ya me estoy hartando.
Cuando vi con quién hablaba, comencé a picarlo hasta que soltó la sopa.
—¡Vaya! Así que mis labios son tan apetecibles como la cereza —dije encerrado en su baño, leyendo el chat.
—¡Deja de leer mis putos mensajes, cabrón! —replicó él desde el otro lado de la puerta.
—Me ofendes, cariño. ¿Qué, acaso ya no soy tu princesita?
—Pues no, fíjate. Justo ahora eres más como un grano en el culo.
La carcajada que salió de mí fue gloriosa. Era raro ver al alegre pelirrojo hecho una maldita cereza por lo rojo que estaba... ¿vergüenza, tal vez?
Nah, imposible.
Eso solo lo hacía aún más divertido.
—Vale, vale, Romeo. Haremos un trato.
—Si vas a pedirme lo que creo que vas a pedirme, olvídalo. No lo haré por ser tan capullo.
—Bueno, pues como quieras, Sweetie —lo piqué usando ese apodo ridículo que él solía usar conmigo. —Tendré que mandarle un mensaje a tu querida cerecita.
Justo como si el universo me ayudara, el móvil sonó en mis manos. Un nuevo mensaje. Él lo escuchó, claro, porque estaba pegado a la puerta como una lapa.
—Una lástima que no puedas aceptar la invitación de ir a su casa esta noche...
—¡Jodida mierda, Deaclan! ¡Devuélveme el puto móvil! —Su tono desesperado me hizo reír aún más. Por una vez, el idiota estaba en mis manos, y no al revés.
—Cariño, ¿qué hemos hablado de las palabrotas? Vamos, repite conmigo: “No debo decir palabrotas delante de los mayores.”
—¡Eres un imbécil! —empezó a golpear la puerta, mientras yo me carcajeaba.
—Vamos, repítelo para Papi...
—¡Vale pesado! Como quieras. Conseguiré lo que quieres, pero sal ya y devuélveme mi teléfono o no respondo, cabrón —bufó, ya sin fuerzas. Me lo imaginé apretando los labios de rabia, con el ceño fruncido.
—¿Conseguirás su número para mí?
—¡Que sí, joder! —Abrí la puerta y salí triunfante, todavía riendo. En cuanto me vio con el móvil en la mano, me lo arrebató como si temiera que me arrepintiera. Me soltó un codazo en el abdomen que me dejó sin aire.
Me quejé, y lo escuché reír por fin.
—Ahora sí te ríes, maldito, ¿eh?
—Eso es para que no seas imbécil. Y recuerda: las princesitas no dicen palabrotas.
—¡Que no se te olviden los condones! —le grité mientras él se cambiaba rápidamente.
Más tarde, mi celular sonó. Sonreí como un idiota. Lo había conseguido. Aunque el codazo fue fuerte, sentía que había valido la pena.
Joder… presiento que ella vale eso y más.
Después de tantas vueltas... decidí enviarle el mensaje.
Y, como lo imaginé, su respuesta nunca llegó.
---
Cataleya Dunner
Había llegado el día.
El calor infernal del inicio del verano me obligó a elegir ropa cómoda para el viaje.
El día anterior hablé largo rato con Chad y fue una grata sorpresa enterarme de que también estaba invitado al cumpleaños de mis mellos. Decidimos viajar juntos. Compramos boletos en primera clase y aquí estamos: rumbo al pequeño y hermoso pueblo que nos vio crecer… y que también fue testigo de cosas que quisiéramos olvidar.
Mis hermanos se van a caer de culo cuando me vean llegar con Chad, y más aún cuando se enteren de que soy amiga de Ivonne. Ella no quiso venir. Según sus palabras: "Fui una completa hija de puta contigo y tus hermanos."
Y sí, en ese entonces no la toleraba, pero ahora... ella cambió.
Ella estuvo cuando más sola me sentí. No me traicionó, no me dio la espalda. No como lo hizo ella.
—¿En qué tanto piensas? Sé que no estás durmiendo. Si lo estuvieras, tendrías ese divertido fruncido en los labios —susurró Chad.
Abrí los ojos, sorprendida. Aún recuerda eso.
Maldita sea, qué vergüenza.
Sentí el calor subir por mis mejillas. Lo escuché reír bajito.
Es increíble cómo, a pesar de los años, me siento en casa cuando estoy con él.
—Es adorable, sobre todo esa cara de confusión que tienes ahora mismo —se giró en su asiento y quedó de frente a mí —Leya, nada ha cambiado, ¿sí? Soy yo. El rubio revoltoso que te hacía rabiar de niña, ¿lo recuerdas?
—Lo recuerdo. Sobre todo cuando te metías con mis pecas y decías que parecían un mapa para tus clases de historia.
Se rió bajito. Por su mirada, supe que lo recordaba perfectamente.
—Deberías darme crédito, mi imaginación es genial.
—Oh claro… lo que diga el súper Chaddie.
—No ha cambiado nada, Leya. Przyjaciele do końca czasu. Zapamiętaj?
—Do końca czasu —susurré. Hasta el final de los tiempos.
---
Llegar a mi pueblo fue más difícil de lo que esperaba. Todo seguía igual, salvo por el color de algunas casas. Pero aún podía sentir los demonios que me perseguían.
Pasar por la casa azul vecina me estremeció. Chad me apretó la mano y volví a la realidad. Seguimos caminando hasta la casa de dos pisos donde viví mi infancia.
Mi madre abrió la puerta y me abrazó con una emoción contagiosa.
—¡Por Dios, ya estás aquí!
—Mamá, que la estás asfixiando —escuché una voz desde las escaleras. Al verlo, corrí y me lancé a sus brazos.
—¡Joder, mocosa! ¡Que nos caemos!
—Yo también te extrañé, hermanito —reímos.
—Sí, muy emotivo todo… ¿pero yo qué? ¿Estoy pintado? —dijo Chad, aún en la puerta.
—¿Pero qué haces ahí, hijo? ¡Venga entra y dame un abrazo!
Chad no dudó en abrazarla. Luego saludó a Craig, quien se alegró de nuestro reencuentro.
Pero toda esa emoción se esfumó cuando vi a mi padre bajar por las escaleras, sin rastro de Brett. Hablaba por teléfono, me ignoró por completo y siguió hacia su estudio.
Mi madre me abrazó de inmediato.
—Está algo atareado con lo de la fiesta…
Intentó justificarlo, pero ambas sabíamos que no era solo eso.
Le pregunté por Brett y me dijo que estaba en el viñedo. Subimos a la segunda planta. Pero algo no cuadraba. Intentó desviarme del pasillo hacia mi habitación. Me detuve. La miré. Vi en sus ojos... resignación.
Me adelanté y abrí la puerta. Lo que vi me llenó de rabia.
Mi cuarto... convertido en una sala de cine.
La sala que Brett siempre quiso.
Nada quedaba de mí allí.
Nada.
—Morenita, espera… —mi madre intentó detenerme. Dejé mi maleta y bajé directo al despacho de mi padre.
—¿Cómo se te ocurre irrumpir así? ¿Acaso olvidaste los modales que te enseñé?
—¡Convertiste mi cuarto en una maldita sala de cine! ¿Cómo pudiste?
—¿Y tú con qué derecho me reclamas lo que hago en mi casa?
—¡Esta también es mi casa!
Se acercó, el rostro severo.
—Dejó de serlo cuando te convertiste en la decepción de esta familia. Mejor cierra la boca, Cataleya Watson. Bastante permití al dejarte volver aquí durante tu estadía.
El aire se escapó de mis pulmones. Un nudo en la garganta. Pero no lloré. No le daría el gusto.
Ese no era mi padre.
Salí del despacho, me encerré en uno de los cuartos vacíos. Cerré con pestillo y me dejé caer al suelo. Esta vez, las lágrimas salieron sin control.
Y lo más jodido de todo…
me descubrí deseando unos malditos brazos azules rodeándome.
¡Maldita sea!
---
Polonia, Cracovia
Anónimo
Camino por el pueblo que por un tiempo fue mi hogar.
La ansiedad recorre mi cuerpo.
Llego a la casa azul y me detengo.
Miro la casa de al lado.
Falta poco.
Abro la puerta, me quito la gorra y los lentes de sol.
Me dirijo a la cocina, luego al patio trasero.
Desde allí, solía ver su ventana.
La recuerdo escapándose de casa...
Sonrío.
—Al fin te encontré, mi Bonita.
Esta vez...
no te irás de mi lado nunca.
Te lo juro.
---