Julie Winters y Elis Lovette están obligados a existir en la vida del otro desde nacimiento, pero se volvieron enemigos por mera elección.
El destino parece tener una obsesión retorcida con ellos, pues tras un accidente mortal, ambos terminan despertando dentro de la novela de fantasía que debían leer para un proyecto universitario.
Julie, ahora Odette Montgomery y Elis, ahora Oriel Langford, se ven obligados a contraer matrimonio bajo el papel de la pareja más envidiada del imperio, aunque las ganas de estrangularse continúan evidentes.
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Misión Cupido
Cuando las tres figuras se asomaron, el mundo en el jardín quedó en completo silencio. Las cabezas giraron hacia el mismo lado de un tirón y la azabache de ojos violetas acaparó la atención. Los murmullos se dispararon y los ojos examinaron con descaro, buscando los indicios claros de la famosa amnesia que había atacado a la prometida del heredero.
Julie miró a todos los invitados, analizando más de cerca los gestos llenos de hipocresía que descubrió desde el ventanal. Sonrió con lo más parecido a la gentileza y reverenció con la mano en el pecho, siguiendo el consejo que Lili le dejó antes de salir. Mantuvo la respiración y se abstuvo de reaccionar cuando se dio cuenta del rostro sorprendido de Oriel.
—Lamento mucho la tardanza, tuve un pequeño contratiempo. Por favor, continúen disfrutando del festín.
La voz de Odette sonó igual de aterciopelada que siempre. El tono medio y la seguridad de sus palabras llegaron a oídos de todos y cada uno de los invitados, haciéndolos confundirse sobre la enfermedad que supuestamente había afectado su actitud, según los rumores.
Por ese mínimo instante, aquellos que la vieron en esos días, creyeron que la vieja Odette había vuelto. No obstante, su teatro de sanidad cayó al segundo siguiente cuando se cruzó con su madre y no la reconoció.
Originalmente, la verdadera Odette habría sonreído con entusiasmo y se habría abalanzado a sus brazos para preguntarle sobre su salud. Pero aquello no ocurrió y, en su lugar, esta Odette se quedó parada en silencio, maravillada con la belleza de la mujer madura que estaba parada justo frente a ella.
Las reacciones fueron evidentes. Asombro y temor explotaron en el jardín. Elis, por un lado, esperaba a que Julie se humillara a sí misma antes de interferir, pero, por el otro lado, Sky no pudo mantenerse de brazos cruzados, atestiguando la manera en la que el corazón de la señora Montgomery empezaba a romperse por la indiferencia de su hija.
Caminó confianzudo, abriéndose paso por la multitud. Tomó el brazo de Odette y se acercó a su oído con cuidado cuando las doncellas se colocaron atrás de su señorita.
—Ella es tu madre, Rose Montgomery —susurró.
Julie parpadeó y miró una vez más a la belleza de cabellos de bronce y ojos de miel. Sus arrugas apenas visibles le suponían un largo arrastre del tiempo y, finalmente, pudo darle razón al origen de aquel cosquilleo que le removió el estómago cuando la vio. Elis, por su parte, bufó con fastidio y se acercó por pura conveniencia, mordiéndose la lengua con fuerza cuando intentó tomar la mano de Odette, pero siendo ignorado porque ella prefirió lanzarse a los brazos de su madre bajo un espectáculo de drama digno de la clase de actuación.
—¡Mamá!
—¡Hija mía! —lloriqueó la mujer—. Me lastima verte de esta manera.
Julie puchereó con tristeza. La incomodidad se desbordó por todos sus poros, pero continuó aferrándose a su papel de mojigata. Se abrazó de su madre una vez más, lastimándose los ojos con los bordes del vestido de su madre para que estos se le enrojecieran al menos un poco.
El escenario melancólico hizo que algunos se conmovieran y que otros pocos rodaran los ojos. El comandante se acercó de igual forma, acomodándose al costado de su esposa, sonriente al ver a sus dos joyas reunidas luego de la mudanza prematrimonial.
—Entiendo que esta es una reunión emotiva; sin embargo, no dejan de estar en un nivel más bajo que las máximas autoridades del reino —habló uno de los invitados.
Julie se apartó, buscando el origen de aquella voz que le provocó escalofríos. Un hombre de coleta baja y nariz enorme se presentó cerca de ella. Su brazo se movió a un costado y las presencias del emperador y la emperatriz se mostraron detrás de él, provocando que todo el mundo bajara la cabeza.
—Sus Majestades —saludó, reverenciando con la mano en el pecho.
—Lord Sky nos ha contado la situación, Odette —habló la emperatriz—. Como futura esposa de mi hijo, nuestro deber es cuidar de ti.
La azabache asintió con la sonrisa tranquila, a pesar del miedo que le estaba provocando ese nuevo sujeto en el lugar. Buscó evadir la tensión de su mirada juzgadora y, finalmente, dio con la belleza americana que estuvo tratando de encontrar.
—¡Oh! —se acercó, iniciando con el murmullo colectivo—. ¿Es usted Margaret Windsor?
La belleza americana peló los ojos ante la mención de su nombre. Esta buscó a su padre; sin embargo, los intentos quedaron al aire cuando Julie le tomó de las manos con una enorme sonrisa que desconcertó a los presentes.
—No creí que usted supiera de mí, Milady —murmuró con las mejillas tan rojas como un par de jitomates frescos.
—Necesito consejos de floristería y escuché que eres una experta —explicó.
—Oh —sonrió, con los labios temblorosos—. Me siento honrada, Milady.
—¿Quisieras compartir una taza de té conmigo?
La pregunta salió con una naturaleza desconcertada. Por primera vez, todos los invitados se miraron a los rostros con gestos genuinos. Ninguno se atrevió a hablar y Julie mantuvo la sonrisa alta cuando notó el tic en el párpado de Oriel. Si se molestaba o no, ella estaba dispuesta a acelerar el proceso de enamoramiento entre esos dos.
Entrelazó su brazo con el ajeno de Margaret y la arrastró hasta la mesa que compartiría con los integrantes de la familia real. Cada uno tomó su respectivo lugar y Julie no perdió tiempo en dejar que la rubia tomara el asiento que le pertenecía a ella, justo al lado de Oriel.
—¿Sabes? Me gustaría que mi boda me recuerde la razón por la que amo tanto a Oriel —comenzó.
La mención de aquello llegó de sorpresa, provocando que Oriel comenzara a atragantarse con su té. Las doncellas cercanas dieron suaves palmadas y tendieron una toalla para que se limpiara.
Lo estaba molestando, y lo confirmó cuando lo vio golpearse la nariz con el pulgar, aquella manía de su Elis que había presenciado desde que tuvo memoria en su antigua vida.
—Mira los ojos de Oriel, ¿no son hermosos? Necesito flores que vayan a la par de sus ojos, ¿es posible?
—Mi amor —interrumpió Oriel, evadiendo la mirada de la que estaba a su lado—. ¿Me das un momento, por favor?
Las comisuras de Odette temblaron. Miró a la gente en su mesa, pero ninguno protestó, ni siquiera su padre. Julie asintió y se levantó de su asiento, regalando una reverencia a la belleza americana que continuaba en un trance por lo que acababa de suceder.
La mano de Oriel sostuvo a la de Odette con firmeza y la sacó de ahí con una tranquilidad que terminó con un jaloneo brusco apenas se perdieron de vista con el jardín. Elis la estrelló contra la pared y estampó su puño justo al costado de su rostro, haciéndola respingar apenas, antes de que soltara una risa.
—¿Qué pretendes, idiota?
—Te dije que no quiero casarme contigo, así que te estoy haciendo el favor de ahorrarte el drama del divorcio.
—¿Vas a seguir con esa mierda? —bufó—. Entiéndelo de una vez, ¡Margaret Windsor es tu jodido verdugo!