Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
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CAPÍTULO #9: EL DESORDEN DE ADÁN.
El lunes por la mañana, Adán llegó al instituto con el pelo más revuelto de lo normal y una expresión que no lograba disimular del todo.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Kael en cuanto lo vio.
—Nada.
—Mientes.
—Igual que tú.
Kael levantó una ceja, pero no dijo nada. Los dos caminaron hacia clase en silencio, algo poco habitual en ellos. Adán iba con la mirada perdida, los auriculares puestos aunque sin música, y Kael lo observaba de reojo tratando de adivinar qué pasaba por su cabeza.
En el aula, Dorius ya estaba en su sitio. La última fila, junto a la ventana. Tenía un libro abierto, pero no lo estaba leyendo. Cuando Kael entró, sus ojos se encontraron un segundo. Luego Dorius desvió la mirada.
Adán lo notó.
—¿Qué fue eso? —preguntó en voz baja.
—¿Qué cosa?
—Esa mirada. Entre tú y Dorius.
Kael se encogió de hombros.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no.
Adán se sentó en su sitio, tres filas más atrás de lo habitual. Más cerca de Dorius. Kael lo miró, extrañado, pero no dijo nada.
La mañana pasó lenta. En el recreo, Kael se fue a entrenar. Adán se quedó en el patio, sentado en un banco, viendo a la gente pasar. Y entonces, sin saber muy bien cómo, Dorius apareció a su lado.
—¿Puedo? —preguntó, señalando el espacio libre.
Adán lo miró con sorpresa.
—Claro.
Dorius se sentó. No muy cerca. A una distancia prudente. Los dos miraron al frente, hacia la cancha donde Kael corría con sus compañeros.
—Hace días que quiero hablar contigo —dijo Dorius.
—¿De qué?
—De Kael.
Adán apretó la mandíbula.
—¿Qué pasa con Kael?
—Nada. Solo que... sé que eres su mejor amigo. Y sé que lo quieres.
Adán lo miró de reojo.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Tú lo quieres?
La pregunta flotó en el aire. Dorius tardó en responder.
—Sí —dijo al final—. Pero no como tú.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo he visto mirarte. Y no me mira a mí así.
Adán se quedó callado. Algo en su expresión se suavizó.
—Llevo años queriéndolo —dijo, en voz baja—. Años esperando que un día se dé cuenta. Pero no pasa. No pasa nunca.
—¿Y se lo has dicho?
—No. No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si se lo digo y no es correspondido, lo pierdo. Y prefiero tenerlo como amigo que no tenerlo.
Dorius asintió. Entendía ese miedo mejor que nadie.
—Pero te duele —dijo.
—Como si me arrancaran algo todos los días.
Se hizo un silencio. La cancha estaba llena de ruido, de gritos, de balones botando. Pero en ese banco solo existía la confesión de Adán y el peso que llevaba años cargando.
—No sé por qué te cuento esto —dijo Adán—. Apenas te conozco.
—A veces es más fácil hablar con desconocidos.
—¿Tú crees?
—Sí. Porque no tienen poder para hacerte daño.
Adán lo miró. Larga y profundo.
—Tú eres raro, Dorius.
—Me lo dicen seguido.
—Pero en el buen sentido.
Dorius sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida.
—Gracias.
—De nada.
Siguieron mirando el entrenamiento. Kael anotó una canasta y levantó el puño, celebrando. Adán sonrió con tristeza.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo—. Que soy su mejor amigo. Sé todo de él. Sé cuándo está triste aunque sonría. Sé cuándo necesita que lo dejen solo. Sé cuándo necesita que lo abracen. Pero no puedo abrazarlo como quiero. Siempre tiene que ser como amigo.
—Duele.
—Como una puñalada.
Otro silencio. Más largo.
—Adán —dijo Dorius—. ¿Crees que él podría querer a alguien más? Aparte de ti, digo.
Adán lo miró con atención.
—¿Por qué lo preguntas?
—Curiosidad.
—No lo sé. Kael es complicado. Quiere a la gente, pero no se deja querer. Bueno, solo a mí. Y ahora... —se detuvo.
—¿Ahora qué?
—Nada. Olvídalo.
Pero Dorius no olvidó. Algo en la forma en que Adán había mirado hacia la cancha, hacia Kael, hacia nada, le dijo que había más. Algo que Adán no quería decir.
El timbre sonó. El recreo terminó.
—Dorius —dijo Adán, levantándose—. Ten cuidado.
—¿De qué?
—De Kael. De ti. De lo que sea que esté pasando.
Y se fue, dejando a Dorius solo en el banco, con más preguntas que respuestas.
Esa noche, en la casa de acogida, todo era ruido y desorden.
Lucas había perdido a Pipo otra vez. Martina y Tomás discutían por el control de la tele. Sofía intentaba hacer los deberes en medio del caos. Sonia iba de un lado a otro, apagando incendios.
Dorius entró y, sin decir nada, se puso a ayudar.
Encontró a Pipo debajo del sofá. Lo limpió un poco y se lo dio a Lucas, que lo abrazó como si fuera lo más valioso del mundo.
—Gracias, Dorius —dijo el niño, con los ojos brillantes.
—Siempre.
Luego ayudó a Sofía con un problema de matemáticas que no entendía. Ella lo miró con admiración.
—Eres muy inteligente.
—No tanto. Solo práctico.
—¿Vas a estudiar algo grande cuando salgas de aquí?
Dorius se lo pensó.
—No sé. Tal vez.
—Deberías. Eres bueno explicando.
Él sonrió.
—Gracias, Sofi.
Después de cenar, cuando los niños se fueron a dormir, Sonia se sentó con él en la cocina. Dos tazas de chocolate caliente, como siempre.
—Hoy llegaste distinto —dijo Sonia.
—¿Sí?
—Menos pesado. Más... no sé. Más aquí.
Dorius bebió un poco de chocolate.
—Hablé con alguien hoy. En el instituto.
—¿Alguien importante?
—El mejor amigo de... de Kael.
Sonia asintió.
—¿Y de qué hablaron?
—De él. De Kael. De lo que siente por él.
—¿Y eso te puso contento?
—No. Me puso triste. Porque entendí lo que duele querer a alguien que no te ve igual.
Sonia lo miró con suavidad.
—Pero también te hizo sentir menos solo, ¿verdad?
Dorius pensó en Adán. En sus ojos tristes. En su voz rota.
—Sí —admitió—. Menos solo.
—A veces el dolor compartido pesa menos.
—O a veces duele más, porque ves que no eres el único y eso significa que hay más dolor en el mundo.
Sonia sonrió.
—Eres demasiado profundo para tu edad, Dorius Isolde.
—Me lo dicen seguido.
—Pero te gusta, ¿no? Pensar así. Sentir así.
—No sé si me gusta. Es lo único que sé hacer.
Sonia le revolvió el pelo.
—Pues está bien. El mundo necesita gente que sienta hondo.
Se quedaron en silencio un rato, escuchando los ruidos de la noche, los pasos de los niños en los sueños, el motor lejano de algún coche.
—Sonia —dijo Dorius.
—Dime.
—¿Tú crees que la gente puede cambiar lo que siente?
—No. Creo que lo que sentimos es lo que sentimos. Lo que podemos cambiar es lo que hacemos con eso.
—¿Y si lo que sientes te duele?
—Entonces aprendes a vivir con el dolor. O aprendes a ponerlo en un lugar donde no te lastime tanto. O buscas a alguien que te ayude a cargarlo.
Dorius asintió lentamente.
—Creo que encontré a alguien que me ayuda a cargarlo.
—¿Kael?
—No. Adán.
Sonia levantó una ceja, sorprendida.
—¿El chico que quiere a Kael?
—Sí. Él también está cargando algo muy pesado. Y hoy, sin querer, compartimos un poco.
—Eso es bonito.
—Es raro.
—También.
Dorius sonrió.
—Eres buena en esto, Sonia.
—En ¿qué?
—En hacer que las cosas parezcan menos difíciles.
Ella se rió.
—Es mi trabajo. Bueno, y mi vocación.
Terminaron el chocolate. Sonia recogió las tazas y le dio un beso en la frente.
—Duerme bien, Dorius.
—Tú también.
Subió a su habitación. Miró la foto de su abuela en la pared. Sacó el teléfono y vio la imagen de la piedra azul que Kael le había mandado.
Pensó en Adán. En su confesión. En su dolor.
Pensó en Kael. En su sonrisa. En su cercanía.
Pensó en sí mismo. En todo lo que sentía y no podía decir.
Y supo que, pase lo que pase, ya no estaba tan solo como antes.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻