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CENIZAS DEL PECADO

CENIZAS DEL PECADO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Diferencia de edad / Mujer despreciada / Venganza de la protagonista / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

En el abismo

...04...

...NATHANIEL DEVERAUX ...

Estacioné el auto de un golpe y bajé sin siquiera apagar las luces del todo. Tres días. Tres malditos días en los que Anne no ponía un pie en la academia.

No me tragué el cuento del resfriado desde el primer segundo. Anne es la persona más transparente del mundo para mí; su voz por teléfono sonaba opaca, sin vida, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo. Y con Cassian fuera por negocios, Eleonora y Dominik metidos en la empresa hasta el cuello, sabía que nadie estaba vigilando de verdad lo que pasaba en esas cuatro paredes.

Al entrar, la casa se sentía como un mausoleo. El silencio solo fue interrumpido por el sonido de unas bolsas de marca golpeando el suelo de mármol.

—Vaya, el primo favorito ha decidido aparecer —soltó una voz cargada de ironía.

Gianna. Mi prima estaba allí, de pie en el vestíbulo, rodeada de bolsas del centro comercial. Ella y Anne estaban en la misma clase, pero Gianna siempre había sido experta en mirar hacia otro lado cuando las cosas se ponían feas para mi hermana. Su reputación era su religión, y no iba a ensuciar su imagen defendiendo a la "hija del psicopata".

—Ahorrate los comentarios, Gianna —le solté, pasando por su lado sin detenerme—. ¿Dónde está Anne?

—En su habitación, ¿dónde más? —dijo ella, encogiéndose de hombros con una indiferencia que me daban ganas de gritar—. Supuestamente vine a ver cómo seguía después de las compras, pero es inútil. No ha querido abrir esa puerta desde hace tres días. Ni siquiera para que las empleadas le dejen la comida; se limita a sacarla cuando cree que no hay nadie.

Me detuve en seco en el primer escalón de la escalera y la miré por encima del hombro.

—¿Y a ti te parece normal que tu prima no salga de su habitación en setenta y dos horas?

Gianna puso los ojos en blanco, examinándose una uña perfectamente pintada.

—Anne siempre ha sido... así, Nate. Quizás solo está en uno de sus trances dramáticos. No es asunto mío si quiere morir de hambre ahí dentro.

Apreté los puños hasta que los nudillos me dolieron. Si Gianna no fuera de mi sangre, ya le habría dicho exactamente lo que pensaba de su maldita falta de empatía. Subí las escaleras de dos en dos, con el presentimiento de que algo se estaba pudriendo en el corazón de esta casa.

Llegué frente a la puerta de Anne. Había una bandeja con un sándwich seco y un vaso de agua intacto en el suelo. El corazón me dio un vuelco.

—¡Anne! —golpeé la madera con firmeza, pero sin violencia—. Anne, soy yo. Abre la puerta ahora mismo.

No hubo respuesta. Ni un sollozo, ni el roce de una sábana, nada.

—Anne, te juro por Dios que si no abres en tres segundos, voy a echar esta puerta abajo —mi voz bajó a ese tono peligroso que solo usaba cuando estaba dispuesto a todo—. No me vengas con el cuento del resfriado. Sé que algo pasó.

Escuché un movimiento muy leve del otro lado, como si alguien se estuviera arrastrando por el suelo.

—Vete, Nate... —la voz de mi hermana sonó tan rota, tan carente de esperanza, que sentí un frío glacial recorrerme la espalda—. Por favor, vete. No quiero que me veas.

—Ábreme, Anne. No me obligues a romper la madera. Sabes que lo haré.

Me quedé allí, esperando, con la mano apoyada en el marco, sintiendo el vacío que emanaba desde dentro de esa habitación. Gianna me observaba desde el final del pasillo con los brazos cruzados, curiosa pero distante. En ese momento supe que, fuera lo que fuera lo que había pasado hace tres días, tenia a mi hermana destruida.

Escuché el clic de la cerradura. La puerta se abrió apenas unos centímetros, lo suficiente para que la penumbra del cuarto me escupiera el olor a encierro.

Cuando Anne se asomó, sentí un golpe en la boca del estómago. Estaba demacrada. El cabello, que siempre llevaba impecable, era un nido de enredos, y su piel tenía una palidez ceniza, casi traslúcida. Pero lo que me hizo hervir la sangre fueron las marcas. Tenía sombras púrpuras en las muñecas y un hematoma amarillento que asomaba por el cuello de su camiseta.

—No me obligues, Nate —soltó antes de que yo pudiera abrir la boca. Su voz era un hilo de seda desgarrado—. No me obligues a decir quién fue, porque nadie me hizo nada. Son... son de la vez pasada, de la caída. Esto es mío, es una travesía personal. Solo déjame vivir, ¿quieres? Realmente estoy resfriada, vete.

—¿Me ves cara de imbécil, Anne? —di un paso hacia adelante, invadiendo su espacio. La furia me vibraba en la mandíbula—. Esas marcas no son de hace una semana. ¡Mírame a los ojos y dime quién te puso las manos encima!

Ella apretó los labios, negando con la cabeza, huyendo de mi mirada. Estaba a punto de perder los estribos y exigirle la verdad a gritos cuando un vibrido seco rompió la tensión.

El teléfono de Anne, que estaba sobre la mesita de noche, se iluminó.

Fue como si le hubieran inyectado una descarga eléctrica. Se lanzó sobre el aparato con una desesperación que me dejó helado; lo agarró como si fuera el aire que le faltaba para respirar. Vi cómo su expresión cambiaba en un segundo: el miedo se disipó y una sonrisa torcida, casi alucinada, se dibujó en su rostro. Empezó a teclear con una rapidez frenética, ignorándome por completo.

—¿Anne? ¿Me vas a decir qué demonios está pasando? —pregunté, tratando de mantener la calma, aunque por dentro quería arrancarle el celular y estamparlo contra la pared.

Ella bloqueó la pantalla y me clavó una mirada cargada de un veneno que nunca le había visto.

—¡Que no te metas en mi vida! —me gritó, y su tono grosero me dio una bofetada—. Ya estoy mejor, ¿no lo ves? Solo estoy viviendo al máximo, Nate. ¡Deja de tratarme como a una maldita niña porque no lo soy! ¡Estoy harta de que estés siempre encima de mí, asfixiándome! ¡Vete de mi habitación!

Me quedé estático. Aquella no era mi hermana pequeña. Sus pupilas estaban extrañas y esa agresividad no era propia de ella. Se interpuso entre la puerta y yo, desafiándome con una seguridad artificial que olía a manipulación.

—Lárgate —repitió, señalando el pasillo—. No necesito tu protección ni tus sermones. Ya no.

Di un paso atrás, procesando el impacto. Gianna, que seguía al final del pasillo, soltó una risita seca mientras se alejaba. Me quedé mirando la madera de la puerta cuando Anne me la cerró en la cara, dejándome solo con el silencio y la certeza de que el mensaje que acababa de recibir no era de una amiga, sino del dueño de su voluntad.

Salí de la finca Moretti con la sangre hirviendo. Manejé de vuelta a la mansión D’Amato como si estuviera en una pista de carreras, apretando el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos. No podía sacarme de la cabeza la mirada de Anne; esa mezcla de agresividad y desesperación por un simple mensaje de texto. Algo estaba muy mal, y el hecho de que ella me hubiera echado de su vida de esa forma me quemaba por dentro.

Crucé el umbral de la mansión con pasos pesados que resonaron en el vestíbulo. En la estancia principal, la figura impecable de mi tío Hiroshi dominaba el sofá de cuero.

Hiroshi se había graduado de la universidad hacía dos años y, desde entonces, se había convertido en la mano derecha de mi abuelo adoptivo, el Nonno Enzo D’Amato. Estaba allí, concentrado en su iPad, moviendo cifras o revisando rutas logísticas del negocio familiar con esa disciplina casi militar que lo caracterizaba. A pesar de ser joven, ya tenía ese aire de autoridad que solo se consigue en el mundo de los D'Amato.

Al escuchar mi entrada, levantó la vista y dejó la tableta sobre sus piernas.

—Nate —me saludó con un asentimiento breve, pero observador—. Pensé que te quedarías entrenando en el club hasta más tarde. ¿Cómo va todo por allá?

—Bien, Tío Hiro. Lo de siempre —respondí cortante, tratando de pasar de largo hacia las escaleras para no tener que dar explicaciones.

Pero Hiroshi no es de los que se dejan engañar por una respuesta de una sola palabra. Sus ojos se entrecerraron, analizando mi postura rígida y el gesto de furia que no había podido borrar de mi cara.

—¿Estás bien? —me preguntó con un tono más bajo, dejando de lado el iPad por completo—Tienes la misma cara que ponías de niño cuando algo te sacaba de quicio.

Me detuve en seco, con el pie en el primer escalón. No podía contarle a Hiroshi todo el lío de los Moretti sin involucrar a Anne en un problema mayor con el abuelo Manuelle, pero mi frustración estaba a punto de desbordarse.

—Es Anne —solté, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Fui a verla y... no es ella, Hiro. Está actuando de forma errática, grosera, y tiene marcas que intenta ocultar. Me cerró la puerta en la cara por un maldito mensaje.

Hiroshi se mantuvo en silencio un momento, procesando mis palabras con la frialdad que requiere el negocio familiar.

—Los Moretti siempre han sido un terreno pantanoso, Nate —dijo él, cruzándose de brazos—Pero si alguien le puso una mano encima a tu hermana, sabes que eso no se queda así. ¿Tienes algún nombre? ¿O vas a seguir dejando que el hígado te maneje la cabeza?

Hiroshi dejó el iPad sobre la mesa ratona y me miró con esa calma analítica que siempre me ponía de los nervios, pero que ahora era exactamente lo que necesitaba.

—Si quieres saber qué la tiene así, no vas a sacar nada a golpes, Nate. Al menos no todavía —dijo Hiroshi con voz firme—. Dame su número. Si está tan pegada a ese teléfono, la respuesta está ahí dentro.

Le dicté el número de Anne y Hiroshi se puso a trabajar. No le tomó más de diez minutos saltarse las barreras de seguridad. Yo caminaba de un lado a otro en el despacho, sintiendo que las paredes se me echaban encima, hasta que un pitido indicó que el acceso estaba completo.

—Ya está—murmuró Hiroshi, abriendo una ventana de chat en la pantalla—. El contacto no tiene nombre, pero el número está registrado a nombre de Tristán Holmes.

Sentí un escalofrío. ¿Tristán? ¿El capitán del equipo de fútbol y novio de Maxine? No tenía sentido que Anne estuviera hablando con él. Me acerqué a la pantalla, leyendo los mensajes que aparecían en orden cronológico.

...*Tristán: **Lo siento por todo lo de la otra noche, nena. De verdad. Pero la pasé sensacional contigo... ¿Me vas a decir que tú no sentiste lo mismo?*...

...*Tristán: **Somos el uno para el otro, ratoncita. No puedo dejar de pensar en ti. Te quiero mucho, ¿sabes?*...

Mis manos se cerraron en puños. ¿La otra noche? ¿De qué demonios estaba hablando? Seguí leyendo, sintiendo que el estómago se me revolvía con cada palabra de mi hermana.

...*Anne: **¿Vas a dejar a Maxine? Me dijiste que lo harías...*...

...*Tristán: **Tengo que pensar unas cositas todavía, es complicado, pero te prometo que la voy a dejar, muero por estar contigo. Además, ¿no quieres que nos veamos más tarde? Te prometo que con el encuentro de hoy te voy a hacer olvidar de Maxine... y cualquier otra cosa que te preocupe.*...

Me aparté de la pantalla de un tirón, incapaz de seguir leyendo. El tono condescendiente, los apodos despectivos disfrazados de cariño ("ratoncita"), la forma en que la manipulaba con la promesa de dejar a su novia... Todo encajaba. Anne no estaba resfriada; estaba atrapada en la red de un tipo que Nate sabía perfectamente que era un depredador.

Hiroshi cerró la ventana del chat con un movimiento seco del pulgar y se giró en la silla, cruzándose de brazos. Su rostro no mostraba la furia que a mí me estaba quemando las entrañas; al contrario, su expresión era de una frialdad casi desesperante.

—Cálmate, Nate —dijo con voz pausada—. Entiendo que te preocupes, pero estas son cosas de tu hermana. Son sus decisiones. Si ella quiere creerle a un tipo como Holmes, lo que deberías hacer es insistir en hablar con ella, no salir a cazar a ese muchacho.

—¡Pero es que no la viste, Hiro! —exclamé, golpeando el borde del escritorio—. Estaba horrible. Demacrada, agresiva... no era ella. ¡Ese infeliz le hizo algo!

Hiroshi arqueó una ceja, impasible.

—No puedes suponer que fue él quien la puso así solo por un par de mensajes melosos. Además, tú mismo me has dicho mil veces que en la academia la molestan todo el tiempo. ¿Por qué culpas a este chico ahora? —Hiroshi soltó un suspiro y se puso de pie, caminando hacia mí—. Escúchame bien: en lugar de estar de su niñero todo el día, lo que deberías hacer es enseñarle a defenderse sola. Si ella no aprende a ver quién la manipula, no vas a poder salvarla siempre.

Me quedé callado, apretando los dientes. Sus palabras me golpearon porque, en parte, sabía que tenía razón, pero la imagen de Anne temblando por un mensaje me impedía razonar.

—Y ni pienses en aparecerte en esa cita —sentenció Hiroshi, señalándome con un dedo inquisidor—. Si vas, solo confirmarás lo que ella piensa: que eres un controlador que no la deja vivir. Respira, cálmate y mañana, cuando el alcohol o lo que sea que tenga en la cabeza se le pase, hablas con ella como una persona normal.

Me hundí en el sofá, pasando las manos por mi cabello con frustración. La lógica de Hiroshi era la de un estratega, la de alguien que ya manejaba las situaciones con la cabeza fría, pero yo sentía el pulso en los oídos.

—Está bien —gruñí, aunque por dentro cada fibra de mi ser quería ir a ese encuentro—. Me calmaré. Pero si mañana ella sigue igual, no me voy a quedar de brazos cruzados, Hiro.

—Mañana será otro día —respondió él, volviendo a su iPad—. Ahora ve a descansar. Mañana en la academia tendrás tiempo de observar el panorama.

Me fui a mi habitación, pero el sueño no llegó. Me quedé mirando el techo, pensando en ese "encuentro" que estaba ocurriendo en alguna parte de la ciudad, preguntándome si Anne estaba realmente a salvo o si estaba cayendo en una trampa de la que yo, por escuchar a Hiroshi, no la estaba sacando.

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Rocio Raymundo
me encantó de principio a fin la novela , muchos éxitos escritora.
Rocio Raymundo
me encantó me encantó la novela cual sería la primera de la saga me dise mi querida autora
Rocio Raymundo: gracias iré a su perfil 😃
total 2 replies
Patricia Enríquez
esta muy bien la historia pero no hay mas capitulos o segunda parte
Yazz: Falta el capítulo final que lo estaré subiendo ahora. (Porque está novela es como una historia alterna de la secuencia original de la saga) La segunda parte después del capítulo de “la reina de la pirámide” es la novela “Dinastía de la serpiente” que está en mi perfil, ahí continúan los acontecimientos.
total 1 replies
Teresa Guardoni
pero fue bárbara l a historia de estos mafiosos tambien eran adicto al sexso👏
Teresa Guardoni
Muy buena la reina
Teresa Guardoni
👏🥰
Teresa Guardoni
Que brava la chiquilla los paso por arriba a todos los hombre
Teresa Guardoni
Que buena histora👏
Teresa Guardoni
me registra muy buena
Rocio Raymundo
que fuerte en verdad
Rocio Raymundo
cuál es la novela de eyos cuando por lo que entendí hay una dag de eyos me da el orden de las novelas
Yazz: Hola, la historia de ellos es “dinastía de la serpiente” la puedes encontrar en mi perfil. También están los libros anteriores y el primero de toda la saga es “Rivales de oficina” 🤗
total 1 replies
Rocio Raymundo
ese bebé no tiene la culpa an si no lo quieres puedes darlo en adopción irte lejos y darlo en adopción es un ser indefenso a Tristán destruyelo Pero a ese bebé no 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭lo déjalo nacer y dalo en adopción pero no lo mates 😭😭😭😭😭😭
Rocio Raymundo
tu hermana se está perdiendo an , que manipulador salió Tristán en verdad
Rocio Raymundo
algo malo le pasará si va
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