Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 15
Narrado por: Alexander
El olor del mar salado se mezcla con el hedor a gasóleo y óxido, una fragancia que siempre ha precedido a mis peores pecados. Estoy agachado tras un contenedor de acero frío, con el fusil de asalto pegado al pecho y el auricular vibrando en mi oído izquierdo. El puerto de la ciudad es un laberinto de sombras industriales, un lugar donde la ley termina y empieza mi jurisdicción de sombras.
—Posición de ataque en treinta segundos —susurro por el radio.
—Copiado, señor. El equipo B está en las grúas. Esperamos su señal —la voz de Miller suena tensa.
Pero no es la voz de Miller la que necesito escuchar. Cierro los ojos un segundo, ignorando el frío que cala mis huesos. Puedo sentir todavía el rastro de Isabella en mi piel, el calor de su cuerpo en la sala de mapas y la forma en que sus uñas marcaron mi espalda. Ella está en la mansión, frente a los monitores, siendo mis ojos donde yo no puedo ver. Es una locura haberla dejado entrar en la frecuencia de seguridad, pero la alternativa —dejarla a ciegas mientras yo me juego la vida— era una tortura que no estaba dispuesto a soportar.
—Isabella, ¿me recibes? —cambio al canal privado.
—Te recibo, Alexander —su voz llega clara, sin un ápice de miedo. Hay una vibración de adrenalina en su tono que me excita y me aterra al mismo tiempo—. Tienes tres hombres de Varga moviéndose hacia el almacén C por el flanco derecho. Van armados con subfusiles. Si sigues diez metros más, te verán.
—Entendido, alegría. Vigila el muelle 4. Si el barco arranca antes de que lleguemos, todo esto habrá sido en vano.
—No va a arrancar. Confía en mí. Y Alexander... regresa.
Esa última palabra me golpea con más fuerza que una bala de punta hueca. Me obligo a concentrarme. Salgo de mi escondite y me muevo con la rapidez de un espectro entre las grúas de carga. El almacén C se alza ante mí como un gigante de hormigón. Gracias a la información de Isabella sobre la entrada de las alcantarillas, hemos evitado la trampa principal de Varga en la puerta norte.
El primer disparo rasga el silencio de la noche. Un destello de fuego desde la azotea del almacén.
—¡FUEGO LIBRE! —rujo por el canal general.
El puerto estalla en un caos de trazadoras y gritos. Me lanzo al suelo mientras una ráfaga de balas impacta contra el contenedor que acabo de dejar. Devuelvo el fuego con precisión quirúrgica, viendo cómo uno de los hombres de Varga cae desde la pasarela superior. No siento remordimiento; solo una fría necesidad de limpieza. Cada hombre que cae es un obstáculo menos entre Isabella y su seguridad.
Entro en el almacén C por la escotilla de servicio. El aire aquí dentro es denso, cargado de polvo y el olor dulce de los productos químicos que Varga usa para su mercancía. Me muevo pegado a las cajas, con el corazón martilleando un ritmo de guerra.
—Alexander, detente —la voz de Isabella suena urgente—. Hay algo mal. Los sensores térmicos muestran una firma de calor excesiva en los cimientos del almacén. No es gente. Es...
—Cargas explosivas —completo la frase, sintiendo un sudor frío recorrerme la nuca—. Varga sabía que vendría. Está dispuesto a hundir el muelle conmigo dentro.
—¡Sal de ahí ahora! Tienes noventa segundos según el temporizador que acabo de hackear en su red local.
—No puedo irme sin los documentos, Isabella. Si no demuestro su conexión con el asesinato de tu padre, nunca estaremos a salvo. La ley no nos protegerá, pero el chantaje sí.
Corro hacia la oficina central, situada en una plataforma elevada. Los disparos continúan fuera, mis hombres están conteniendo a los refuerzos de Varga, pero el verdadero enemigo es el reloj digital que parpadea en rojo bajo mis pies. Llego a la oficina, rompo el cristal de la puerta y me lanzo sobre el ordenador principal.
—Sesenta segundos, Alexander. ¡Maldita sea, muévete! —la voz de Isabella se quiebra ligeramente.
—¡Dime la contraseña de encriptación! —grito, conectando la unidad de extracción—. ¡Sé que estás dentro de su sistema!
—Es... es una fecha. El 14 de mayo. La fecha del relicario, Alexander. Él lo sabía. Quería humillarte hasta el final.
Mis dedos se congelan un milisegundo sobre el teclado. Ese bastardo usó la fecha en que perdí a mi familia como clave de seguridad. La furia que siento es algo puramente animal. Tecleo los números con una fuerza que casi rompe las teclas. La barra de descarga empieza a correr.
10%... 30%... 50%...
—Treinta segundos. Alexander, por favor. No me dejes aquí sola. No después de anoche.
La imagen de ella en la cama, envuelta en las sábanas blancas, con los ojos nublados por el placer, cruza mi mente como un relámpago de luz en medio del infierno. Ella es mi ancla. Mi razón para no dejar que el fuego me consuma.
90%... 100%.
Arranco la unidad y salto por la ventana de la oficina justo cuando el primer estallido sacude los cimientos del almacén. El suelo desaparece bajo mis pies. El aire se llena de escombros, fuego y el rugido ensordecedor de la destrucción. Siento una presión inmensa en los pulmones mientras salgo despedido hacia el canal del puerto.
El agua fría me recibe con un impacto que me roba el conocimiento durante unos segundos. Me hundo en la oscuridad del río, sintiendo el peso de mi equipo arrastrándome hacia el fondo. Mis pulmones arden. Mi costado, todavía herido, late con una agonía roja.
"Alexander... regresa".
Su voz es lo único que escucho en el silencio del agua. Lucho contra la corriente, soltando el fusil pero aferrando la unidad de memoria como si fuera mi propio corazón. Salgo a la superficie jadeando, tragando aire y humo. El almacén C es una pira funeraria de metal retorcido.
—¿Alexander? ¿Alexander, responda! —Miller grita por la radio.
—Estoy aquí —toso, arrastrándome hacia la orilla de hormigón—. Estoy vivo.
Me quedo tumbado boca arriba, mirando el cielo teñido de naranja por las llamas. Estoy exhausto, cubierto de hollín y sangre, pero tengo lo que vine a buscar. Me llevo la mano al oído, buscando el canal privado.
—Isabella...
—Oh, Dios... estás vivo. Estás vivo —escucho sus sollozos al otro lado, un sonido que me desgarra más que cualquier explosión—. Te vi caer en las cámaras. Pensé que...
—Te dije que regresaría —mi voz es apenas un susurro roto—. Prepara la ducha, alegría. Y prepárate tú. Porque cuando llegue, voy a necesitar recordarte por qué valió la pena salir de ese fuego.
El trayecto de regreso a la mansión es un borrón de luces de sirena y adrenalina en descenso. Miller me mira de reojo, viendo al hombre que acaba de sobrevivir a lo imposible. Al llegar a la escalinata, no espero a que nadie me ayude. Entro en la casa con paso firme, dejando un rastro de agua y ceniza sobre el mármol.
Subo al ala este. No voy a mi despacho. Voy a su habitación.
Abro la puerta y ella está allí, esperándome. Sigue llevando la bata de seda negra, pero su rostro está pálido y sus ojos rojos de llorar. Al verme, suelta el dispositivo de comunicaciones y corre hacia mí. Se lanza a mis brazos con tal fuerza que casi me hace retroceder. Sus manos recorren mi rostro, mis hombros, asegurándose de que soy real, de que no soy un fantasma hecho de humo.
—Estás aquí —solloza contra mi cuello—. Estás aquí.
—Estoy aquí —la aprieto contra mí, ignorando el dolor de mis costillas. La cargo y la llevo hacia el baño, donde el vapor ya ha empezado a llenar el aire.
Nos metemos en la ducha así, vestidos. El agua caliente empieza a lavar la sangre y el hollín de mi piel, mientras ella se aferra a mí bajo el chorro. La seda de su bata se vuelve transparente, pegándose a sus curvas de una manera que me incendia la sangre de nuevo. La sensualidad de este momento es desesperada, una celebración de la vida después de haber rozado la muerte.
Le quito la bata con manos temblorosas, revelando su cuerpo perfecto bajo el agua. Ella me ayuda a despojarme de mi ropa empapada, sus dedos acariciando cada nueva marca, cada raspadura del hormigón. Sus labios buscan los míos con una urgencia que no admite esperas. El beso sabe a sal y a victoria.
La pego contra los azulejos húmedos, mis manos apretando sus nalgas mientras ella enreda sus piernas alrededor de mi cintura. El vapor nos envuelve, creando un santuario privado donde solo existimos nosotros dos. Me hundo en ella con un gemido de puro alivio, sintiendo cómo su calor me envuelve, sanando las grietas de mi alma que la explosión no pudo romper.
Nos movemos bajo el agua en un ritmo salvaje y primitivo. Cada embestida es un grito de supervivencia, cada caricia un pacto de lealtad. En este momento, no soy la Bestia y ella no es la alegría; somos dos seres humanos que han desafiado al destino y han ganado. Alcanzamos el clímax juntos, con el sonido del agua cayendo sobre nosotros ocultando nuestros gritos de placer.
Minutos después, la saco de la ducha y la envuelvo en una toalla blanca, sentándola en la cama mientras yo me pongo un pantalón de chándal limpio. La adrenalina se ha ido por completo, dejando una paz exhausta.
Me siento a su lado y le entrego la unidad de memoria.
—Aquí está —digo—. La prueba de que Varga dio la orden. Tu padre será vengado legalmente, y nosotros... nosotros podremos dejar de escondernos algún día.
Isabella toma la unidad, pero no la mira. Me mira a mí, con una profundidad en sus ojos azules que me desarma.
—No me importa la venganza, Alexander —dice, acariciando mi cicatriz con una delicadeza que me hace cerrar los ojos—. Me importa que hoy, por primera vez, luchaste por algo más que por una promesa. Luchaste por nosotros.
La abrazo, dejando que su cabeza descanse en mi hombro. La guerra por el puerto ha terminado, pero sé que esto es solo el principio. Varga ha perdido una batalla, pero su odio será ahora más personal que nunca. Sin embargo, mientras siento la respiración de Isabella contra mi pecho, no siento miedo.
La Bestia tiene algo por lo que vivir. Y eso la hace la criatura más peligrosa de la creación.
y mientras el cansancio me vence, sé que mañana el mundo será diferente. Porque mañana, Alexander Thorne ya no será un hombre que vive en las sombras. Será un hombre que lucha por la luz.